← Volver
infobae.com · hace 3 horas · Diego Bossio

Sin fiebre, sin pulso

Infobae

¿Funcionó el plan de Milei? Depende de qué le estés preguntando. Si la pregunta es si la Argentina domó la emisión y dejó atrás una inflación que, en su primer mes de gobierno, corría al 25% mensual, la respuesta es sí, sin matices. Si la pregunta es si, treinta y dos meses después, la economía volvió a crecer y la inflación bajó lo suficiente como para dejar de ser un problema cotidiano, la respuesta es no. Y esa segunda pregunta es la que importa: es la que todo plan de estabilización tiene que responder tarde o temprano.

Lo que le pasó a la Argentina no es un fracaso ni un éxito a medias. Es algo más preciso: quedó en punto muerto. El motor prendió, dejó de fallar, ya no traquetea como en diciembre de 2023. Pero el auto no avanza. En julio el IPC subió a 2,1% mensual —el primer repunte en cuatro meses— y la inflación interanual llegó a 33,8%. Mientras tanto, la actividad tampoco arranca. No es un problema: son dos, y se retroalimentan.

Son dos fracasos, y no uno: ahí está la novedad. El relato oficial necesitaba que al menos uno de los dos frentes sea un éxito: si la inflación no cede del todo, que crezca la economía; si la economía no crece, que ceda la inflación. En 2026 no está pasando ninguna de las dos cosas. Es el problema de un ajuste por partida doble: no solo sus efectos recesivos, sino la confirmación de que parece no haber servido para nada.

Los números lo confirman. El EMAE viene en “serrucho” y el índice líder de la UTDT lleva desde marzo estancado entre 84% y 85% de probabilidad de recesión: un modelo hecho para detectar la salida del túnel que no la encuentra. La construcción cayó hasta 39% en el primer semestre de 2024 y, dos años después, apenas recuperó entre 9% y 11% de lo perdido; el empleo del sector cayó 15% y una de cada once empresas bajó la persiana. La Argentina tiene hoy 241 mil asalariados privados formales menos que al arrancar el plan. Y la comparación que más dice es otra: contando los mismos trimestres desde el arranque de cada uno, la industria de la Convertibilidad ya producía 25% más que en su punto de partida; la de Milei produce 11% menos.

Pero el número que mejor describe cómo llega la mayoría a la mesa de todos los días no está en el EMAE: está en la morosidad. Según el propio Banco Central, la mora del crédito a personas llegó a 16,3% en junio, más de cuatro veces el nivel de comienzos de 2024. En el crédito no bancario —el de las fintechs y las cuotas de los comercios, la puerta que les queda a las familias que ya no califican en un banco— trepa a 33%: una de cada tres cuotas está impaga. Entre los menores de 30 sube a 43%. Son casi 6 millones de personas en mora: no es una estadística, es la heladera que se compró en doce cuotas y dejó de pagarse en la sexta.

Lo llamativo es que ni siquiera hubo veranito. Hay un patrón que se repite en las estabilizaciones con ancla cambiaria: baja la inflación, se abarata el crédito, la gente consume financiada por ese crédito y recién después —a veces años después— llega el ajuste. Fue así en México en 1988, en la propia Convertibilidad y en 2016-2017. El programa de Milei se saltó esa etapa: vino con el “omitir intro” y nos condujo de un infierno al otro. Hubo desinflación y estancamiento, en simultáneo. Fracasar en las dos cosas a la vez no es mala suerte: es la marca de un plan que subestimó, desde el diseño, lo que iba a costar el segundo tramo.

Porque una cosa es lo fácil y otra lo difícil, y el Gobierno parece no haber advertido todavía la diferencia. Hay un nombre técnico para lo que le pasa hoy a la Argentina: inflación moderada. Un tercer estado, más estable de lo que parece, en el que un país puede quedar instalado durante años: una inflación que persiste sin ceder y sin desbordar, entre 15% y 30% anual. Incluso si la mensual se planchara en 2%, el anualizado rondaría el 27%. Bajar de tres dígitos a dos es un problema de expectativas: alcanza un ancla creíble para romper la inercia de golpe. Bajar de una inflación moderada a una baja es más terco: exige desarmar precios y contratos que ya se acomodaron a convivir con el 2% mensual. El Gobierno resolvió el primer problema; julio sugiere que ni siquiera entendió que el segundo es distinto.

El mes 32 no es una fecha elegida al azar: es el punto exacto en el que está hoy el plan y el que permite compararlo, mes contra mes, con el resto. La Convertibilidad, en su mes 32, tenía una inflación mensual de 0,1%; Milei todavía corre al 2,1%, veintiuna veces más. Pero el espejo verdadero es otro, menos citado y más incómodo: Israel, julio de 1985. Su inflación cayó de 445% en 1984 a 20% en 1986, un desplome casi calcado al argentino de 2023-2024. El problema es lo que vino después: se plantó entre 16% y 20% anual durante seis años, sin converger a un dígito hasta 1992. Y ese descenso no fue automático: le llevó gobiernos distintos y acuerdos que la Argentina de hoy ni siquiera intentó construir.

Es cierto que el mundo de 1985 no es el de hoy, pero la diferencia juega en contra: Israel estabilizó en una década en la que el capital iba, casi por inercia, hacia los emergentes que ordenaban su macro. La Argentina intenta la misma hazaña en un mundo que se cierra, y lo intenta abriéndose ella sola: más de un centenar de medidas de apertura comercial, aranceles que bajan hacia el 0%, permisos de importación eliminados. En julio, Estados Unidos —el socio político más cercano que tuvo un presidente argentino en mucho tiempo— le impuso a la Argentina un arancel general del 10%, y 50% en acero y aluminio. La alianza política existe. El arancel, también. Bajar el arancel parejo mientras el resto del planeta arma sus murallas no es apertura: es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, no leer el mapa.

Ahí conviene separar el título del subtítulo. El título: las reservas brutas del BCRA superaron a mediados de agosto los USD 50.000 millones, el nivel más alto en casi siete años. El subtítulo: las netas siguen en rojo, unos USD 4.400 millones negativos. Después de treinta y dos meses de plan, la Argentina sigue debiendo, no ahorrando. El salto exportador, liderado por la energía, es genuino, pero choca con un límite: el tipo de cambio real está hoy 20% por debajo del nivel que el propio FMI consideró de equilibrio. Cada punto que ayuda a mostrar más dólares en la city es, del otro lado del mostrador, una fábrica que exporta menos, una pyme que no puede cotizar afuera, un empleo industrial que no se crea. El dólar y el estancamiento no son dos noticias separadas: son la misma, contada dos veces.

De ahí que el Gobierno tenga hoy un solo dilema real: relanzar o resignarse. O relanza la estabilización, con un marco institucional que dure más que una gestión y acuerdos políticos que hoy no tiene, o administra —como si fuera un estado normal y no una transición— un tipo de cambio apreciado y una actividad exhausta. Cualquiera de los dos caminos exige un volumen político que el Gobierno no tiene. La confianza no se decreta, se construye: con método, con acuerdos, con margen para pedir sacrificios sin haber gastado ya el que tenía.

La pregunta, entonces, no es si Milei hizo arrancar el motor. Lo hizo, y con eso ya cobró. La pregunta es si puede todavía sacar el auto de punto muerto, o si el desgaste ya le puso fecha de vencimiento a esa promesa, mucho antes de que el Gobierno esté dispuesto a admitirlo.

El ancla cambiaria vuelve al centro de la estrategia de desinflación