Perdidos en el oeste
Así como el western fue uno de los pilares del cine tal como lo conocemos, su versión escrita quedó confinada a las catacumbas de la pulp fiction. Hubo pocos intentos de escribir westerns respetables, reconocibles como parte de la gran tradición literaria norteamericana. Uno de ellos es Incidente en el Ox-Bow de Walter Van Tilburg Clark, que las editoras de Palmeras Salvajes han traducido en una colección que incluye a Sherwood Anderson, Gertrude Stein y Katherine Anne Porter. Este es un autor menos conocido y el libro se recuerda por la adaptación dirigida por William Wellman, protagonizada por Henry Fonda y editada en VHS en los 80, la época de oro de los videoclubes.
En principio, Incidente en el Ox-Bow se podría calificar como una novela progresista, teatral y filosófica o como una novela de ideas ambientada en el mundo del western. Transcurre en Nevada en 1985 y empieza cuando dos vaqueros, Art Croft y Gil Carter, llegan a un pueblo llamado Bridger’s Wells junto con la noticia de que hubo un robo de ganado y un asesinato. Art es el narrador los sucesos en los que él y su amigo se ven involucrados. En ausencia temporal del sheriff, los habitantes del lugar se organizan para capturar a los delincuentes y ahorcarlos, aunque entre ellos hay quienes se oponen a la idea y quieren que la partida se limite a llevar a los delincuentes a la justicia. Sobre la legalidad, la moralidad y la necesidad de ese acto, unos y otros discutirán durante trescientas páginas.
El planteo parece orientado hacia el maniqueísmo de izquierda porque el mal, diseminado en una colección de hombres resentidos y brutales (y mujeres que no se quedan atrás) tiene como ápice a un ex oficial confederado que quiere curar a su hijo afeminado haciéndolo participar del linchamiento. Sin embargo, a ese mal encarnado en su forma extrema se opone otro más sutil: la cobardía que se oculta detrás del sometimiento a la masa. El buen western cinematográfico requería que sus héroes fueran valientes de un modo profesional, que no se plantearan siquiera el problema del coraje. Dicho de otro modo, John Wayne no podría haber actuado nunca en una adaptación de Ox-Bow. Van Tilburg Clark lo sabe y por eso retira al sheriff de la escena y deja la ley en manos amateurs.
La impronta teatral de la novela se manifiesta en la constante tensión de cada escena. Al principio, una partida de póker que siempre está a punto de terminar a los tiros fija el grado de violencia ambiente. Luego hay una discusión en la calle, en la que los más pacíficos chocan previsiblemente contra la indolencia y los instintos homicidas de la mayoría. Sigue una cabalgata nocturna, en el medio de la nieve en la que el frío y el cansancio atraviesan la piel del lector. Y después se suceden varios desenlaces, incluyendo el de una novela oculta en la trama principal que tiene como protagonista a Gil y que Art escucha detrás de las paredes de su habitación en la taberna.
Incidente en el Ox-Bow está fuera de las tradiciones narrativas a las que estamos acostumbrados. Abigarrada, multifacética, la prosa de Van Tilburg Clark está llena de vaivenes que la vuelven no solo impredecible sino que ocultan su patrón genérico y hasta su enigmática construcción moral. Leerla se parece a recorrer un territorio sin mapas.