← Volver
perfil.com · hace 4 horas · Rodrigo Lloret

De la clase a la calle: los “paisajes conmemorativos” y el merecido homenaje a Cabezas

Rodrigo Lloret

Mientras en Buenos Aires se estaba gestando la investigación periodística que a mediados de los noventa terminaría costándole la vida a José Luis Cabezas, Derek Alderman empezaba a elaborar en Estados Unidos una valiosa tesis académica, que ahora permite iluminar la decisión que tomó esta semana la Legislatura porteña, cuando le rindió homenaje al fotógrafo de la revista Noticias, asesinado hace tres décadas. Geógrafo urbano y docente de la Universidad de Tennessee, Alderman dedicó buena parte de su carrera a estudiar por qué el cambio de nombre de algunas calles permite recrear una memoria colectiva y socialmente compartida, antecede por el cual logró acuñar el concepto de “paisaje conmemorativo”: se trata de los espacios públicos en los que se disputa qué parte del pasado merece perdurar en el terreno de la cotidianidad y quién tiene derecho a decidirlo.

Autor de muy interesantes ensayos, como La vida política de los paisajes urbanos: nomenclatura, política y lugar o Monumentos de los derechos civiles y la geografía de la memoria, Alderman analizó el devenir por el cual el nombre de Martin Luther King se impulsó en las calles del sur de Estados Unidos, luego de su asesinato. Fueron procesos que demostraron que los renombramientos de calles más emotivos no suelen originarse en el poder, sino que surgen como una reivindicación desde abajo: la insistencia de familiares, colegas o de la propia comunidad, que durante años empujan una demanda simbólica, hasta que el Estado las recupera para convertirlas en ley. Ese patrón de la memoria que se abre paso desde la sociedad civil, no desde el aparato estatal, fue exactamente el que atravesó el proyecto para que una traza de la calle California pase a llamarse José Luis Cabezas.

Todo comenzó a principios de año, cuando estaba dictando clases en la Universidad del Sur de Buenos Aires (USBA), que funciona en la sede de Editorial Perfil. El calor del verano se empecinaba en permanecer en la ciudad y estábamos analizando —otra vez— los insultos de Javier Milei contra varios periodistas. Muchos estudiantes estaban enojados con el Presidente y, en mi rol de docente, compartía la gravedad de la situación y coincidía en que era algo que no podíamos naturalizar, pero me esforzaba en señalar que debíamos poner las cosas en su justa dimensión: era una situación compleja para ejercer el periodismo, claro, pero no era el peor momento de nuestra profesión. Ahí fue cuando recordé a Cabezas. Lo mencioné como al pasar, entendiendo que no necesitaba mayor explicación.

Pero descubrí algo que no esperaba. Algo que me sorprendió. Algunos de los estudiantes comentaron que no conocían a fondo la historia. Otros dijeron que sabían quién había sido el fotógrafo asesinado, pero no estaban seguros de las causas de su muerte. “Yo no sé quién fue Cabezas”, completó desde el fondo del aula una joven de 20 años. Ninguno había nacido cuando el 25 de enero de 1997 apareció el cuerpo de José Luis en una cava de Pinamar, con dos tiros en la nuca, esposado y en su auto carbonizado. Tuve que recuperar el aliento, detener la clase y explicar la historia completa. Desde el principio y con todos los detalles. Sentí estar hablando de un episodio muy remoto, en lugar de hacerlo sobre una herida reciente de la democracia argentina. Esa mañana entendí que si la memoria no se construye, la memoria se apaga. También comprendí que si en algún lugar debíamos rendir homenaje a Cabezas, ese lugar debía ser la sede de esta universidad, donde también funciona el diario Perfil y donde Jose Luis estaría ahora trabajando en la redacción de Noticias, si no lo hubieran asesinado.

La vinculación con el barrio de Barracas con Perfil no se detiene en esa coincidencia territorial. También es necesario reparar en los antecedentes que ayer recordó Jorge Fontevecchia en este diario: el edificio de Editorial Perfil, ubicado la calle California, fue atacado con bombas dos veces, en noviembre de 1992 y en diciembre de 1995. Fueron momentos en los que la revista Noticias empezaba a denunciar a Alfredo Yabrán, con artículos en los que se detallaban sus negocios oscuros, pero en los que no había fotos del empresario que permitieran ilustrar las investigaciones periodísticos. Hasta que el 5 de marzo de 1996 se publicó la tapa de Noticias con la imagen que Cabezas logró de Alfredo Yabrán, caminando por las playas de Pinamar. Esa revista se imprimió en este edificio y desde aquí se distribuyó hacia todos los kioscos del país. Y aquí también se imprimió y se distribuyó más tarde, el 26 de enero de 1997, la tapa negra de Noticias, en la que se anunció el horrendo crimen de José Luis.

Todo estos antecedentes fueron los me llevaron a impulsar, como rector de la USBA, el proyecto para que la calle California, donde funciona Editorial Perfil y su universidad, sea rebautizada José Luis Cabezas. “Cabezas fue secuestrado, torturado y asesinado luego de haber realizado una de las fotografías más emblemáticas del periodismo argentino: la imagen del empresario Alfredo Yabrán, quien hasta ese momento había logrado mantenerse en las sombras, evitando sistemáticamente la exposición pública. Aquella fotografía no fue solo un documento periodístico: fue un acto de revelación que permitió mostrar el rostro de quien operaba desde la impunidad que le permitía la invisibilidad. Esa foto representó, en términos políticos y simbólicos, un desafío directo a las estructuras del poder mafioso que caracterizaron los noventa”, decía el fundamento de la carta presentada desde la sociedad civil para tratamiento legislativo, tal y como lo indica la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires. “El asesinato de Cabezas no fue un hecho aislado ni un crimen común. Fue un mensaje mafioso. Un intento de disciplinamiento hacia el periodismo y hacia toda la sociedad. La violencia ejercida contra Cabezas buscó instalar el miedo, limitar la capacidad de denuncia y condicionar la circulación de la información en una democracia que entonces estaba aún en proceso de consolidación”, finalizaba la carta.

La presentamos formalmente ante la Legislatura porteña el 20 de abril, bajo el expediente 1404-D/2026, dirigido a la presidenta del cuerpo, Clara Muzzio. El vicepresidente del organismo, Matías López, del bloque Vamos por Más, retomó la iniciativa y la convirtió en proyecto de ley. Se sumaron como coautores los presidentes de bloque del macrismo, del peronismo, del radicalismo y del larretismo. La Libertad Avanza no lo firmó. El 14 de mayo se votó en primera lectura y salió aprobado por unanimidad: 58 presentes, 58 votos afirmativos. Es importante reparar en ese consenso político: desde el PRO a la izquierda, desde el radicalismo hasta el peronismo, incluso con el apoyo de los libertarios. El proyecto avanzaba con una unanimidad realmente impensada en medio de la extrema polarización política que se vive en Argentina. Pero en la votación definitiva, que se produjo el jueves pasado, el bloque de La Libertad Avanza optó por la abstención. El resultado obtenido, no obstante, fue de un amplio y plural apoyo: 44 votos afirmativos, cero negativos y 12 abstenciones libertarias. Había nacido la calle José Luis Cabezas: irá desde el 3400 hasta el 2100, donde continuará, a pedido de los vecinos de Barracas y La Boca, la denominación histórica de California.

Pero faltaba sumar una escena que no entra en ningún expediente legislativo. Aunque termina siendo el verdadero corazón de esta historia. Cuando salí de la Legislatura, llamé a Gladys Cabezas, hermana de José Luis, para contarle de primera mano tan importante noticia. Ya habíamos hablado al inicio del proyecto, cuando la consulté para saber si estaba de acuerdo y me confirmó que la familia de José Luis apoyaba la iniciativa. Ahora me agradeció, en nombre de ella, y en nombre de los hijos de José Luis. Le conté también que el 25 de enero de 2027, cuando se cumplan treinta años del crimen, la Legislatura inaugurará en la esquina de Editorial Perfil un monolito con el nombre de Cabezas. Emocionada, volvió a agradecer y me confesó: “El año que viene quiero que hagamos ahí el acto. No quiero ir más a Pinamar. Quiero cerrar un ciclo”. Lo que no me dijo Gladys, pero pude entender sin palabras, es que durante tres décadas, cada 25 de enero, la familia de Cabezas viajaba a Pinamar para recordar a José Luis en un ambiente inhóspito: era volver al lugar donde lo habían asesinado. Ahora será distinto. Porque la calle Cabezas habla de su legado, habla de su memoria.

Entonces le conté a Gladys algo más. Le dije que en Perfil veníamos elaborando una idea que queríamos compartir con la familia de Cabezas: el próximo 25 de enero de 2027 queremos organizar un recital gratuito (y ojalá masivo) para inaugurar el monolito y la calle en honor a José Luis. Rodeados por los hijos y por el nieto de José Luis, queremos reunir a bandas de rock y de música popular para celebrar junto a cientos de periodistas y vecinos de Barracas que nosotros no nos vamos a olvidar de Cabezas. Nunca.

06_09_2026_silaba_martatoledo_g