Alice Weidel: anatomía de la mujer que convirtió a la ultraderecha prorrusa en una opción de poder en Alemania
Berlín. Alice Elisabeth Weidel tiene 47 años, habla inglés y mandarín —la principal lengua estándar de China—, es doctora en Economía, trabajó en Goldman Sachs y vivió varios años en China. Formó una familia con Sarah Bossard, una productora cinematográfica suiza de origen asiático, y tienen dos hijos, ambos gestados por Bossard mediante donación de esperma. Su familia reside buena parte del tiempo en Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz, aunque Weidel sostiene que su residencia principal y el centro de su actividad política están en Alemania. Nada en esa descripción parece corresponder al retrato convencional de la dirigente de un partido ultraderechista, nacionalista, ferozmente restrictivo en inmigración y defensor de la familia tradicional. Sin embargo, esa mujer conduce hoy la Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania), AfD, primera fuerza en buena parte de las últimas encuestas nacionales y un partido que este domingo 6 de septiembre puede atravesar una frontera que hasta hace poco parecía imposible: dejar de ser una formidable máquina de protesta y demostrar que también puede gobernar.
La paradoja Weidel comienza allí. Cuanto más se examinan su biografía y su carrera, más contradicciones aparecen. Pero esas contradicciones, lejos de destruirla políticamente, parecen haberse convertido en una de sus principales fortalezas.
Weidel nació el 6 de febrero de 1979 en Gütersloh y creció en Harsewinkel, Renania del Norte-Westfalia, en la antigua Alemania Occidental. No pertenece, por lo tanto, sociológica ni biográficamente a aquella Alemania Oriental comunista, integrada durante cuatro décadas al bloque soviético, que hoy proporciona a AfD sus resultados electorales más espectaculares. No creció detrás del Muro de Berlín ni vivió personalmente el trauma económico y social que acompañó la reunificación.
Estudió Economía y Administración de Empresas en la Universidad de Bayreuth, obtuvo un doctorado en Economía y dedicó su investigación académica al sistema de pensiones de China. Trabajó en Goldman Sachs, desarrolló posteriormente actividades vinculadas con inversiones y consultoría, vivió varios años en China y aprendió mandarín.
Ese capítulo asiático sirve para entender bastante más de Weidel que una simple curiosidad curricular. China le permitió observar desde dentro una potencia donde capitalismo, nacionalismo, planificación estatal, comercio internacional y poder político conviven de una manera muy diferente de la tradición liberal europea.
No significa que pretenda importar a Alemania el modelo chino. Significa algo más interesante: Weidel tiende a observar las relaciones internacionales menos como un enfrentamiento moral entre democracias y autocracias y mucho más como un tablero de intereses nacionales, energía, comercio, fronteras, industria y relaciones de poder. Adhiere, en definitiva, a una suerte de Realpolitik (política exterior guiada primordialmente por intereses y relaciones de poder) llevada casi hasta sus últimas consecuencias.
Cuando habla de competitividad, Weidel posee una ventaja sobre buena parte de la dirigencia populista europea: comprende el lenguaje económico. Su diagnóstico es sencillo y políticamente eficaz. Alemania se convirtió durante décadas en una formidable potencia exportadora gracias a tecnología, productividad, disciplina industrial, acceso a los mercados mundiales y energía competitiva. Ese modelo, sostiene, comenzó a erosionarse bajo el peso de la burocracia, los impuestos, la regulación, una transición energética costosa y decisiones geopolíticas que terminaron encareciendo la producción alemana.
Incluso mientras la economía comienza en 2026 a recuperar algo de crecimiento, los elevados costes energéticos, la inversión insuficiente y la pérdida de competitividad continúan ocupando el centro de la discusión económica.
AfD nació hablando del euro. Creció hablando de inmigración. Ahora quiere conquistar Alemania hablando también de fábricas, inversiones y empleo industrial.
La inmigración moviliza al votante enfadado. La competitividad puede atraer al empresario mediano, al comerciante, al profesional independiente, al trabajador industrial y, especialmente, al tradicional votante conservador que durante décadas consideró a la CDU su casa política.
Éste probablemente sea su movimiento estratégico más importante: transformar una protesta cultural y nacionalista en una potencial coalición económica y social.
Weidel mantiene desde hace años una relación con Sarah Bossard, productora cinematográfica suiza nacida en Sri Lanka y adoptada durante su infancia por una familia helvética. Tienen dos hijos.
Una mujer lesbiana, casada con una mujer de origen asiático, cosmopolita, con extensa experiencia internacional y parte de su vida familiar desarrollada en Suiza dirige un partido profundamente nacionalista, restrictivo en inmigración y defensor de una concepción tradicional de la familia.
Weidel parece resolver esa tensión separando radicalmente dos planos: una cosa es la libertad privada de cada individuo; otra, aquello que considera conveniente que el Estado promueva.
Puede vivir personalmente de manera heterodoxa y defender simultáneamente una concepción social conservadora.
De allí surgen prácticamente tres Alice Weidel. La primera es la economista liberal: impuestos bajos, menos burocracia, disciplina fiscal, un Estado más pequeño y energía barata. La segunda es la nacionalista: fronteras, ciudadanía, inmigración restrictiva, identidad nacional y recuperación de competencias cedidas a Bruselas. La tercera es la realista geopolítica: Alemania debe relacionarse con Estados Unidos, Rusia y China según lo que cada vínculo aporte concretamente al interés alemán.
Las tres terminan confluyendo en dos ideas: SOBERANÍA y EXALTACIÓN PATRIÓTICA.
Esos conceptos conectan inmigración y Schengen (zona europea de libre circulación sin controles fronterizos internos); euro y Bruselas; energía y Rusia; Ucrania y la OTAN; industria y Estados Unidos.
AfD nació en 2013 fundamentalmente como reacción a la crisis del euro. Weidel ingresó ese mismo año. Desde entonces, el partido recorrió una enorme distancia desde aquella protesta monetaria hasta convertirse en una fuerza nacionalista que cuestiona cada vez más la transferencia de soberanía hacia las instituciones europeas.
Weidel reclama controles fronterizos mucho más estrictos, cuestiona elementos fundamentales de Schengen (zona europea de libre circulación sin controles fronterizos internos) y sostiene que, si la Unión Europea continúa acumulando competencias, Alemania debería estar dispuesta a reconsiderar profundamente su relación con Bruselas.
La decisión de Merkel de permitir la entrada de centenares de miles de refugiados durante la crisis migratoria de 2015 fue uno de los acontecimientos que transformaron definitivamente a AfD. Para Weidel simbolizó la renuncia del Estado alemán a una de sus funciones más elementales: decidir quién puede entrar en su territorio.
La ironía histórica es extraordinaria porque la misma Merkel cuyo legado migratorio Weidel quiere demoler ofrece también el antecedente económico más cercano a una pieza fundamental de su proyecto: la relación con Rusia.
Durante años Alemania combinó una poderosa industria exportadora con grandes cantidades de gas ruso relativamente barato transportado por gasoductos. Rusia suministraba energía y Alemania transformaba aquella energía en automóviles, productos químicos, maquinaria e ingeniería de alto valor agregado.
Merkel creyó que Alemania podía comprar gas barato a Moscú, comerciar intensamente con Rusia y permanecer simultáneamente firmemente integrada en la Unión Europea, la OTAN y la alianza estratégica con Estados Unidos.
Para ella, la energía rusa barata fue uno de los secretos del éxito del Made in Germany (Hecho en Alemania). La ruptura posterior a la invasión de Ucrania obligó al país a buscar suministros alternativos más caros, debilitó a numerosas industrias intensivas en energía y aumentó la dependencia del gas natural licuado importado, entre otros lugares, desde Estados Unidos.
Desde el punto de vista geopolítico aparece el gran agujero negro de Weidel: su punto ciego con Rusia.
Merkel comerciaba con Moscú sin cuestionar el anclaje occidental de Alemania. Weidel propone reconstruir aquella relación después de que el régimen de Vladimir Putin lanzara la mayor invasión terrestre de Europa desde 1945 y cuando Alemania considera a Rusia una amenaza estratégica para la seguridad europea.
La contradicción se hizo todavía más incómoda esta semana. El gobierno del canciller Friedrich Merz responsabilizó a Rusia de un ataque con drones contra el aeropuerto de Leipzig/Halle. Moscú lo niega.
Mientras el gobierno alemán acusa al Kremlin de desarrollar operaciones híbridas contra infraestructura alemana, la dirigente cuyo partido encabeza las encuestas nacionales propone volver a hacer negocios energéticos con Putin. Vaya ironía.
AfD pretende reducir o terminar el apoyo militar alemán a Kiev, revisar las sanciones contra Moscú y normalizar progresivamente las relaciones económicas con Rusia.
Putin difícilmente podría diseñar una combinación más favorable a sus intereses.
Alemania podría recuperar parte de la energía barata. Moscú recuperaría ingresos, influencia económica sobre la principal potencia industrial europea y, sobre todo, abriría una grieta gigantesca en la coalición occidental que sostiene a Ucrania.
Es aquí donde la Realpolitik (política basada en intereses y relaciones de poder) de Weidel corre el riesgo de convertirse en appeasement —apaciguamiento—: exigir al país invadido que asuma buena parte del coste de normalizar las relaciones con la potencia invasora.
Alemania conoce históricamente muy bien el precio de conceder a Moscú zonas de influencia. Después de 1945, la Unión Soviética mantuvo dividida Alemania durante más de cuatro décadas y Berlín fue el símbolo físico de aquella fractura, además de una experiencia emocional que dejó profundas huellas en varias generaciones.
Por eso existe algo especialmente incómodo en escuchar a una dirigente que reclama soberanía absoluta para Alemania pero muestra una notable tolerancia hacia la violación de la soberanía ucraniana.
Weidel quiere recuperar el gas de Merkel sin recuperar la inmigración de Merkel y sin necesariamente conservar intacta la arquitectura atlántica de Merkel.
Ése es probablemente el componente más audaz —y también el más peligroso— de su proyecto.
Y conduce, por un hilo casi invisible, hacia Francia y su próxima gran batalla presidencial de 2027.
Marine Le Pen realizó durante años una operación que Weidel observa con atención: transformar una fuerza políticamente tóxica en una organización normalizada capaz de disputar el poder nacional.
El Rassemblement National (Agrupación Nacional) francés y AfD no son partidos idénticos y han protagonizado incluso duros enfrentamientos. Pero comparten elementos importantes: soberanía nacional, resistencia a una mayor concentración de poder en Bruselas, inmigración restrictiva, fortalecimiento de las fronteras y una tradición históricamente bastante más comprensiva hacia Moscú que la dominante entre los gobiernos europeos.
No existe evidencia seria que permita afirmar que Putin dirige políticamente a Weidel o Le Pen. Pero tampoco hace falta ninguna conspiración para comprender los beneficios estratégicos que Moscú obtendría si fuerzas de este tipo gobernaran simultáneamente Alemania y Francia.
Una Francia y una Alemania partidarias de devolver poder desde Bruselas hacia los Estados, reducir sanciones contra Rusia y disminuir el respaldo militar a Ucrania alterarían el funcionamiento de la Unión desde su propio corazón.
Weidel también ha construido puentes con la nueva derecha estadounidense. JD Vance se reunió con ella. Elon Musk la entrevistó y respaldó públicamente a AfD. Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, es uno de los empresarios e intelectuales tecnológicos más influyentes del universo político que rodea a Vance. Actualmente mantiene además inversiones e intereses crecientes en Argentina y adquirió una residencia en Palermo Chico, Buenos Aires.
Y hay un dato todavía más sugestivo: la propia Weidel afirmó públicamente que podría imaginar en un eventual gobierno suyo a empresarios como Elon Musk, Peter Thiel o Theo Müller.
La aparente contradicción reaparece: Weidel puede acercarse a Vance, Musk y Thiel mientras busca simultáneamente una reconciliación con Putin.
Alemania debería negociar con todos y escoger aquello que considere conveniente: Realpolitik (política basada prioritariamente en intereses) ante todo.
Pero antes de llegar a la Cancillería Weidel necesita resolver algo mucho más concreto: demostrar que AfD puede gobernar.
Es uno de los 16 Länder (estados federados) alemanes, tiene poco más de dos millones de habitantes y su capital es Magdeburgo. Formó parte de la antigua Alemania Oriental y reúne muchas de las tensiones que alimentan a AfD: envejecimiento, despoblación, diferencias económicas respecto del Oeste y una fuerte sensación de abandono por parte de Berlín.
Tiene 36 años, estudió Psicología Económica y Administración de Empresas, domina las redes sociales, habla con tranquilidad y entiende perfectamente el poder político de una imagen amable.
Sonríe. Habla de familias, escuelas, seguridad, precios y sentido común. Evita buena parte de la estética agresiva históricamente asociada con sectores de la extrema derecha.
No porque oculte clandestinamente sus propuestas —muchas están escritas—, sino porque existe una enorme distancia entre el envoltorio moderado y la radicalidad de una parte sustancial de su programa.
Deportaciones más agresivas, restricciones adicionales para solicitantes de asilo, revisión del tratamiento de refugiados ucranianos, cambios profundos en educación y cultura, eliminación de determinadas políticas de género, restricciones a símbolos LGBT en instituciones públicas, menor financiamiento para organizaciones consideradas ideologizadas y una relación mucho más amistosa con Rusia.
Y este jueves 3 de septiembre la propia Weidel elevó la apuesta. Junto con Tino Chrupalla —copresidente federal de AfD, nacido en la antigua Alemania Oriental y proveniente originalmente del mundo artesanal; antes de profesionalizarse en política fue maestro pintor— sostuvo que en Sajonia-Anhalt está en juego “el futuro de Alemania” y afirmó que una mayoría absoluta de AfD es posible.
Ya no habla como una dirigente que espera obtener un buen resultado regional. Habla como alguien que intenta convertir el domingo en un plebiscito nacional.
Existe un verdadero cluster de encuestadores, tal como muestra el cuadro adjunto.
Civey coloca a AfD en 43% y CDU en 21%. Infratest dimap, 42% contra 22%. Forschungsgruppe Wahlen, 40% contra 23%. INSA, 43% contra 22%.
En 2021 AfD había obtenido 20,8%. Cinco años después puede duplicar su porcentaje.
Pero además existe un pequeño mecanismo matemático capaz de transformar una enorme victoria en algo todavía mayor.
La última medición de INSA antes del domingo coloca a AfD en 43%, CDU 22%, Die Linke (La Izquierda) 12%, SPD 7%, Die Grünen (Los Verdes) 5%, BSW 4%, FDP 3% y otras fuerzas alrededor de 4%.
Para ingresar normalmente al Landtag (Parlamento regional), un partido necesita superar la Sperrklausel (barrera electoral) del 5%, con las particularidades propias del sistema electoral alemán.
Si BSW, FDP y otras pequeñas fuerzas quedan debajo, aproximadamente 11% de los votos no participaría del reparto proporcional principal.
Entonces el 43% de AfD representaría alrededor del 48,3% del voto correspondiente a las fuerzas representadas.
Si terminaran apenas por debajo del umbral y tampoco ingresaran, aquel mismo 43% de AfD equivaldría aproximadamente al 51,2% del voto correspondiente a los partidos representados.
No significa automáticamente 51,2% de las bancas porque el sistema incorpora mandatos directos y mecanismos específicos de compensación.
AfD podría acercarse a una mayoría absoluta parlamentaria sin obtener 50% del voto popular.
Esas pequeñas minorías pueden determinar si Alemania despierta el lunes simplemente con una victoria espectacular de AfD o con algo mucho más grande: el primer gobierno regional controlado por el partido.
Y allí aparece el Brandmauer (cordón sanitario político; literalmente, muro cortafuegos).
Es la decisión de los principales partidos, especialmente CDU/CSU, de no gobernar con AfD.
Excluir al partido claramente más votado podría requerir acuerdos entre CDU, SPD, Verdes e incluso alguna forma de cooperación con Die Linke (La Izquierda), fuerzas cuya principal coincidencia terminaría siendo impedir que gobierne AfD.
El Brandmauer (cordón sanitario político) puede entonces sobrevivir institucionalmente mientras comienza a morir políticamente.
No necesita convencer hoy a la CDU para formar una coalición. Le alcanza con aumentar cada vez más el coste político de excluirla.
Y esa estrategia coincide con otro fenómeno devastador para el establishment: el derrumbe político del actual Bundeskanzler (canciller federal), Friedrich Merz.
Hoy las últimas mediciones nacionales muestran prácticamente la imagen invertida: AfD se mueve alrededor de 28%-29% y CDU/CSU apenas alrededor de 20%-21%.
La fuerza de Weidel ganó aproximadamente ocho puntos mientras el espacio del canciller perdió una magnitud semejante.
Hay algo todavía más revelador en Sajonia-Anhalt: mientras Weidel nacionaliza la elección y coloca su propio liderazgo detrás de Siegmund, la CDU local intenta presentar a Sven Schulze como candidato regional y despegarlo cuanto puede del desgaste del gobierno federal.
Y si las pequeñas fuerzas quedan atrapadas debajo del 5% y Siegmund consigue además una mayoría parlamentaria, la política alemana entrará en territorio desconocido.
Por primera vez AfD podría disponer de un Ministerpräsident (gobernador), presupuesto, administración regional, policía, educación y representación dentro del Bundesrat (cámara federal que representa a los gobiernos de los estados federados; no es exactamente un Senado, aunque cumple parte de esa función federal).
Y Alice Weidel tendría algo mucho más poderoso que una encuesta: un gobierno para exhibir.
Después vendrán Berlín y Mecklenburg-Vorpommern (Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Berlín mostrará los límites de AfD en una sociedad urbana, cosmopolita y considerablemente más inclinada hacia la izquierda. Mecklemburgo-Pomerania Occidental permitirá saber si el terremoto vuelve a reproducirse en otro territorio del antiguo Este.
Entonces aparecerá la pregunta nacional: si AfD continúa siendo fundamentalmente la rebelión del Este o si Alice Weidel está consiguiendo transformarla en una Volkspartei (gran partido popular de masas), categoría que durante décadas perteneció principalmente a CDU y SPD.
Y allí volvemos al aparente catálogo de contradicciones que representa Alice Weidel: economista occidental formada en Bayreuth, curtida en China, ex Goldman Sachs, lesbiana, casada con una mujer de origen asiático, madre de dos hijos, con parte de su vida familiar en Suiza, defensora política de la familia tradicional, profundamente nacionalista, anti-Bruselas, enemiga del legado migratorio de Angela Merkel y, simultáneamente, partidaria de recuperar uno de los grandes pilares económicos de aquella misma era Merkel: la energía rusa barata.
Quizás su éxito consista precisamente en haber ordenado todas esas contradicciones alrededor de una idea extremadamente sencilla: Alemania debe volver a decidir por sí misma quién entra en su territorio, qué energía compra, con quién comercia, a quién arma, qué guerras financia, qué competencias entrega a Bruselas y qué relación quiere mantener con Moscú.
El domingo esa doctrina dejará de ser teoría. Ulrich Siegmund será el piloto de pruebas, Sajonia-Anhalt el laboratorio y Alice Weidel estará mirando hacia Berlín mientras Friedrich Merz probablemente mire, con bastante menos entusiasmo, hacia Magdeburgo.
Porque si el cluster de encuestas no está gravemente equivocado, la pregunta del lunes 7 de septiembre no será solamente cuánto ganó AfD.
Será otra mucho más incómoda para el sistema político alemán: ¿qué partido representa hoy realmente a la derecha de Alemania?
Y si Siegmund consigue además gobernar, aparecerá inmediatamente una segunda: ¿cuánto tiempo puede mantenerse el Brandmauer (cordón sanitario político) cuando detrás de ese muro queda la fuerza más votada del país?
Si Weidel convierte el descontento alemán en poder, recupera la relación energética con Moscú y sacrifica en el camino parte del apoyo a Ucrania, Putin puede terminar consiguiendo a través de las urnas europeas algo que sus tanques no pudieron conseguir: fracturar desde dentro la unidad política que Alemania ayudó a construir contra él.
Por eso lo que puede ocurrir el domingo en Sajonia-Anhalt no termina en Magdeburgo.
O puede despertar descubriendo que el terremoto político que durante años intentó contener ya empezó.