Milei vs. Milei
Milei promedió la semana tensando la polarización al extremo. “Si no ganamos es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”, dijo.
Lo hizo al contrastar su propuesta por “las ideas de la libertad” frente a lo que definió como el “modelo decadente” del otro lado. Ocurrió el miércoles, en el evento “Vientos de cambio”, organizado por la Fundación Libertad y Progreso. El “nosotros o ellos” a pleno.
Con un fuerte tono de confrontación preelectoral, el libertario volvió a desplegar su ferocidad discursiva redoblando sus ataques a periodistas y analistas a quienes acusa de mentir sistemáticamente, calificándolos como parte de un “conjunto de delincuentes” que la sociedad no debería “tragarse”. Buscó impacto y viralización. Nada nuevo.
En el mismo discurso sostuvo: “Si nosotros no mostramos resultados económicos se hace difícil acompañar”. Y se hizo cargo, paradójicamente, del clima de preocupación que los periodistas y analistas que él vapulea describen a diario.
Este miércoles fue un día difícil para el oficialismo. Los industriales, nucleados en la Unión Industrial Argentina (UIA), conmemoraron su día en soledad —el gobierno vació el encuentro de funcionarios— con fuertes críticas por las dificultades con las que los enfrenta el modelo, demandando medidas que frenen lo que muchos definen como un “industricidio”.
Reclamaron un “puente” entre la economía que se deja atrás y una economía competitiva.
Mientras Martín Rapallini, presidente de la entidad, pidió reducir la presión tributaria y tener en cuenta que “la microeconomía también construye la macro” el vice de la organización fue mucho más allá con sus declaraciones.
“Esta gente no conoce el país y segundo no conoce lo que es una industria. Estamos manejados por un endeudador, un trader que no sabe lo que es un torno”, sostuvo Guillermo Moretti.
Luis Caputo, a quien sin nombrarlo se refería Moretti, respondió con la crudeza que lo viene caracterizando: “Dentro de dos años seguirá habiendo gente que no llegue a fin de mes... Argentina no va a ser Suiza en un año... yo no puedo hacer magia”.
El ministro de Economía venía de un blooper discursivo cuando, interpelado sobre la situación de la micro, argumentó que se estaba “deslomando” para que el cambio continúe. Una palabra absolutamente inconveniente porque remite al tristemente célebre Manuel Adorni.
Con el debate público embretado en las penurias de la micro y las demandas de las empresas manufactureras, el jueves Milei pareció empeñado en pegar un brusco volantazo.
Salió a recuperar centralidad política al introducir en la agenda conversacional un tema de fuerte impacto emocional e identitario. La más sagrada de todas las causas: la cuestión Malvinas.
Probablemente inspirado por la repercusión que generaron las declaraciones de quien se define como un “socio confiable”, Donald Trump, Milei recondujo el debate hacia un tema tan sensible como transversal.
El lunes, en respuesta a un periodista acerca de si Estados Unidos está revisando su postura sobre la soberanía de las islas, Trump respondió: “Siempre reviso todas las posturas. Esa es solo una de muchas”.
La declaración de Trump se da en un contexto de fuerte tensión entre Washington y el Reino Unido ante la reticencia británica de cumplir con los compromisos de gasto militar para la OTAN, un escenario en el cual la cuestión Malvinas podría ser jugada como una ficha geopolítica para ejercer presión sobre el Reino Unido. Milei tomó rápidamente nota de que se le abría una ventana de oportunidad.
En la cadena nacional anunciada con dos días de anticipación, y en relación a la cual se generó una muy fuerte expectativa a escala internacional, Milei anunció una serie de medidas para proteger la soberanía económica de las islas.
El libertario emergió activando el nacionalismo malvinizador que el clima mundialista nos dejó, marcando un cambio fuerte en la estrategia comunicacional.
El Presidente convocó a la dirigencia “política, económica y social” de la Argentina a mostrar un “frente unido” en la causa por la soberanía de las Islas Malvinas. Llamó a poner en pausa la confrontación polarizadora para posicionarse en el centro de la escena.
“Este tema demanda una pausa, que hagamos nuestras armas a un lado y mostremos un frente unido ante el mundo como Nación y como sociedad. Hay causas que están por encima de cualquier diferencia política y Malvinas es una de ellas”, dijo.
Pidió dejar de lado las diferencias y alinearse tras una cuestión que, por su sacralidad y peso emocional, no admite objeciones.
De riguroso traje azul y en modo estadista, Milei plantó la cuestión Malvinas. Se hizo cargo de una reivindicación que hasta aquí no pareció movilizarlo, pero que hoy puede enmarcarse en la estrategia geopolítica que reivindica el trumpismo.
Los anuncios de Milei dejan a la oposición kirchnerista en una situación absolutamente incómoda. No solo porque el Presidente recupera para sí una bandera entrañable e identitaria, sino que recurre a una ley promulgada en 2011 —Ley 26.659— durante el gobierno cristinista, para imponer celeridad a las sanciones a las empresas que participen en iniciativas de explotación petrolera en Malvinas.
¿Quién podría oponerse u obstaculizar las medidas que se dispongan en protección de la soberanía económica de un territorio que se considera propio y que ha comenzado a ser explotado por los ocupantes ilegales?
Al ampliar los recursos del Ministerio de Defensa para la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego, el Gobierno hace lugar a una iniciativa en la que Estados Unidos ya mostró interés en 2024 y que hoy cierra perfectamente con la visión de Trump para el Atlántico Sur.
No es todavía posible determinar si estos anuncios, que mueven lo más emocional de nuestro nacionalismo, lograrán desplazar de la conversación pública la cuestión económica, pero está claro que, al menos por unos días, corren el eje de la confrontación político-electoral.
Tampoco es posible ponderar el alcance en la práctica de estos pronunciamientos. Las empresas petroleras integradas en el proyecto Sea Lion se pronunciaron inmediatamente, haciendo saber que la advertencia de Milei no cambia en absoluto sus planes.
Mediante un comunicado conjunto, las empresas Rockhopper y Navitas, cuyas acciones iniciaron la jornada del viernes con fuertes caídas, aseguraron que “los recientes acontecimientos no tendrán efectos materiales”.
El gobierno británico, por su parte, fue terminante al ratificar la soberanía británica y el respaldo al derecho de autodeterminación de los habitantes del archipiélago. Un vocero de Downing Street advirtió sin contemplaciones:
“Nuestras fuerzas armadas están en alerta las 24 horas del día, los 7 días de la semana, para proteger al Reino Unido y nuestros intereses”.
Queda claro que la recuperación territorial de las islas es todavía un desafío pendiente.
De acuerdo a los últimos estudios de opinión hechos por la consultora ARESCO SA, que dirige Federico Aurelio, en el mes de julio la cuestión Malvinas es un tema transversal a todos los espacios políticos.
El 84% de los consultados dijo estar alineado con la consigna “Las Malvinas son Argentinas” y solo el 10% se expresó a favor de la libre determinación de los isleños. De esa mayoría que acompaña, el 90% dice que hay que seguir reclamando y el 50% tiene expectativas de una resolución favorable del conflicto.
Pocos se arriesgaron a confrontar abiertamente con lo anunciado por el Gobierno. Los que lo hicieron señalaron que retoma políticas diseñadas por el kirchnerismo, calificaron la reivindicación del tema como oportunista y tardía y desde el Frente de Izquierda que lidera Myriam Bregman (Frente de Izquierda) se definió como “muy peligroso” el pedido de facultades especiales para la implementación de un Consejo de Seguridad Nacional.
El más ácido en sus declaraciones fue el ex canciller Jorge Taiana quien acusó a Milei de querer “galtierizar” su figura, en obvia alusión a Leopoldo Fortunato Galtieri que lideró la guerra para recuperar apoyo popular para su gobierno.
Con la oposición en estado de desconcierto y desarticulación, Milei no se deja perturbar por estas objeciones. Dispuesto a no moverse del rumbo trazado está convencido de que para renovar mandato solo deberá competir contra sí mismo.