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infobae.com · hace 6 horas · Damián Di Pace

Del consumo apalancado por la inflación al consumo que espera previsibilidad

Infobae

Durante años, el consumo en Argentina no fue el resultado de un ingreso real creciente ni de una inversión sostenida, sino de un mecanismo de defensa frente a la erosión del peso.

En el ciclo anterior, las familias adelantaban la compra de bienes durables y semidurables, porque el dinero perdía valor día a día. Las tasas de interés reguladas, los planes de financiamiento subsidiados (Ahora 12 y variantes) y las tarifas de servicios públicos artificialmente bajas completaban el esquema. La emisión monetaria, al alimentar la inflación, funcionaba como un subsidio implícito al consumo presente: se gastaba hoy lo que mañana valdría menos. Era un consumo apalancado por la distorsión, no por la capacidad de pago genuina.

Ese modelo se agotó. El nuevo ciclo arrancó con un proceso de estabilización que cambió las reglas. La inflación bajó de manera drástica, los precios de la economía y las tarifas de servicios se desregularon, y el estímulo público al consumo desapareció. Ya no hay emisión para financiar gasto ni tasas artificialmente bajas.

El consumo ahora depende de que el ahorro y el crédito se transformen en inversión privada, y de que esa inversión genere empleo e ingresos reales. Mientras tanto, se observa un cambio en los patrones: los servicios muestran un consumo marginal más dinámico que los bienes, y el comercio electrónico gana terreno frente al físico. Es una recomposición lógica en un entorno de precios relativos más transparentes, pero todavía incompleta.

Un carrito de compras miniatura con pequeñas cajas de cartón sobre el teclado de una computadora portátil que muestra el texto 7% en pantalla.

El problema es el desfase temporal. Los salarios aún no acompañan plenamente la desaceleración de precios. Las tasas de interés permanecen elevadas en relación con la inflación actual porque todavía arrastran la memoria de la inflación pasada y la necesidad de anclar expectativas. El consumo privado no encuentra el empujón del sector público y debe esperar a que la inversión privada se active. Esa inversión, a su vez, permanece a la expectativa de mayor previsibilidad institucional y jurídica.

La incertidumbre que generan las próximas elecciones presidenciales nacionales agrega una capa extra de cautela: los agentes económicos saben que un cambio de signo político podría revertir parte de las reglas actuales.

Los economistas internacionales han documentado reiteradamente estos costos de transición:

La literatura sobre planes de estabilización en América Latina muestra un patrón consistente: los programas exitosos logran bajar la inflación, pero el consumo y la inversión suelen demorar en recuperarse porque los agentes necesitan señales claras y creíbles de que las nuevas reglas se sostendrán.

Los agentes necesitan señales claras y creíbles de que las nuevas reglas se sostendrán (Foto: Reuters)

Mientras el ahorro no se convierta en inversión productiva y esta, a su vez, no se traduzca en empleo e ingresos reales, el consumo permanecerá contenido. No se trata de una falla del plan de estabilización en sí, sino de la naturaleza del proceso: primero se ordena la macro, luego se reconstruye el crédito y, finalmente, se recupera el gasto privado de manera sostenible.

Argentina se encuentra hoy en esa fase intermedia. La estabilización ha avanzado, los precios relativos se han corregido y el comercio electrónico y los servicios reflejan nuevas preferencias. Pero el salto al consumo genuino y sostenido aún depende de que la previsibilidad institucional convierta la cautela en decisión de invertir. Hasta que eso ocurra, el ciclo seguirá marcado por la espera.

El costo de haber vivido durante tanto tiempo de un consumo artificial es la demora en reconstruir uno real.

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