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perfil.com · hace 6 horas · Felipe Pigna *

La casta está de fiesta

Milei junto a Luis Caputo

A los mil días del gobierno de Javier Milei, la Argentina parece un laboratorio donde las promesas de redención libertaria chocaron con la materialidad áspera de un país exhausto. El experimento, anunciado como una revolución moral y económica, terminó revelando sus zonas más oscuras: una corrupción escandalosa en las más altas esferas del poder, el desgaste social, la fractura institucional y una vida cotidiana que se volvió más estrecha, más incierta, más solitaria.

El primer tramo estuvo marcado por la velocidad. Milei gobernó como quien intenta imponer un shock antes de que la realidad responda. Decretos, cadenas nacionales, peleas públicas y un programa económico que apostó todo a la recesión como purga. Luego de una brutal devaluación, la cifra bajó, sí, pero al costo de un derrumbe del consumo, salarios pulverizados y un Estado que dejó de amortiguar la caída. En los barrios, la épica del ajuste se sintió como una intemperie: comedores sin recursos, medicamentos inaccesibles, tarifas que devoraron sueldos enteros.

La política se volvió un ring. El presidente convirtió cada disputa en un combate personal, y el Congreso en un obstáculo a destruir. La retórica de “casta” terminó erosionando la confianza en las instituciones, mientras el poder real se desplazaba hacia un círculo reducido de funcionarios y asesores sin contrapesos. La confrontación permanente, lejos de ordenar, paralizó. Proyectos frenados, gobernadores enfrentados, organismos desmantelados sin reemplazo. La máquina del Estado quedó paralizada y solo funcionó cuando los negocios de los funcionarios lo requerían.

En el plano social, los mil días dejaron una marca profunda. Contradiciendo a las estadísticas amañadas, la desigualdad se ensanchó y la movilidad social –ese viejo orgullo argentino– se volvió un recuerdo. La educación sufrió recortes que vaciaron programas, becas y estructuras básicas. La ciencia fue atacada en todas sus expresiones. La cultura, en resistencia. El clima general fue de desprotección: cada familia resolviendo como podía, cada trabajador negociando su supervivencia.

La política se volvió un ring. El presidente convirtió cada disputa en un combate personal.

La política exterior osciló entre gestos excéntricos y alineamientos rígidos. Hubo peleas con países vecinos, tensiones innecesarias y una diplomacia que pareció más guiada por afinidades ideológicas que por intereses nacionales. La Argentina perdió peso en la región justo cuando más necesitaba aliados.

A los mil días, el experimento libertario ya no se presenta como revolución sino como desgaste. El único gobierno de toda la historia argentina que no inauguró una escuela, un hospital, ni siquiera un kilómetro de ruta mientras mantiene una gigantesca presión impositiva sobre los sectores medios y bajos y multiplica las exenciones y subsidios a las grandes fortunas nacionales y extranjeras. La promesa de un renacimiento económico se diluyó en una vida cotidiana más dura, un Estado debilitado y una sociedad que aprendió a sobrevivir sin esperar demasiado del poder. El país sigue en pie, pero con la sensación de haber atravesado un período donde la política dejó de ser herramienta y se volvió espectáculo, donde el ajuste se transformó en identidad y donde la esperanza quedó en suspenso.

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