De quejido en quejido
Es un recurso definitorio de los géneros literarios del futuro el de proyectar, sobre ese futuro, ciertos rasgos significativos del presente, elementos intensificados en la longitud de la línea de tiempo, pero que no hacen más que cifrar lo que es en lo que vendrá. Así lo hace Rodolfo Serio en ¡Ay, mi Argentina!, dejando a la vez que en el título resuene el quejido fundacional de lo argentino (el “¡Ay, Patria mía!” de Manuel Belgrano en su lecho de muerte).
Vueltas a la vida, visitan la galería de Federico Klemm y el local de Elsa Serrano
La Argentina ya casi no existe en ¡Ay, mi Argentina!, desconfigurada por el Partido de la Eficiencia y por Amazon, que domina el mundo; por el deshielo de la Antártida y por un “zarpazo chileno”; por el gobierno de algoritmos desde ciudades amuralladas. La disolución por degradación de la Argentina, hoy en curso, encuentra en el futuro de la narración de Serio una versión que la exageración deforma, pero no falsea. La idea de componer el texto exclusivamente con diálogos le debe menos a Ivy Compton-Burnett que al vértigo desopilante de Copi en su Eva Perón.
Y es que Rodolfo Serio resuelve su proyección al futuro con un recurso fabuloso: las dos que despiertan en 2056, tras ser “pasmadas” a lo Walt Disney, no son sino Amalita y Ernestina, dos mujeres del poder, dos viudas del poder, emparentadas en tanto que tales en un mismo halo de riqueza y distinción, pero trabando también sus reflejos de competencia en cositas de importancia (porque una fue “gente común” alguna vez, y la otra nunca; porque una parece haberle copiado el peinado a la otra; porque a una la llevaron al Colón desde chica y a la otra no, porque una tiene museo y la otra no).
Vueltas a la vida, visitan la galería de Federico Klemm y el local de Elsa Serrano, reactivando ese imaginario de equívoco glamour que signó toda una época. El quejido de ¡Ay, mi Argentina! lo es por este tan patético presente, y cobra un espesor mayor por medio de su proyección al futuro. Pero cuenta con un pasado relativamente reciente, que fue también esperpéntico y fue también devastador, y que indica, si se lo recuerda, que en todo esto tan nuevo hay cosas que no son nada nuevas.