La edad de la experiencia
Son excéntricos, a veces, los pasadizos que conectan ciertos libros entre sí. O mejor, las resonancias que enciende su lectura, multiplicando sentidos. Todavía paladeo unos versos de Rosario Bléfari (“…cada uno sabe lo que quiso decir con estremecer…”; “…lo vi como si fuera un recuerdo nuevo”), hallados en “La música equivocada”, cuando encuentro esto en Proust: “... y sentí estremecerse algo en mí, algo que se desplazaba, quería elevarse, algo que había perdido ancla a gran profundidad; no sabía qué era, pero la cosa subía lentamente; experimenté la resistencia y oí el rumor de las distancias atravesadas”.
Ambos textos se han puesto a conversar en mi interior. ¿Sobreinterpreto o Bléfari (1965-2020) tuvo presente cuando escribió ese poema aquellas páginas del autor francés que ponen la memoria en el cuerpo? Un sorbo de té que embebe una magdalena y nos regresa a la infancia.
Leí muy joven “Por el camino de Swan”, primer volumen de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, en la traducción que hizo Pedro Salinas para Alianza en 1920. En esa época no tenía ningún tiempo por recobrar sino todo por vivir y tal vez por eso no me impactó ese monumento literario, que quedaba tan lejos en mi bitácora existencial. El libro, comprado en los 80 en Córdoba, se mudó conmigo a Buenos Aires.
Lo reencuentro en la biblioteca al regalarme y empezar a leer los siete tomos proustianos en la edición de Losada, brillantemente traducida por Estela Canto, la mujer a la que Borges dedicó “El Aleph”, su cuento emblemático.
El eco es distinto. La experiencia, otra. Esta lectora ha crecido: conoce la ilusión y la derrota y en cada retorno interpreta de qué hablaba Proust, conmovido por ese algo propio y feliz que convoca un sabor familiar, inesperadamente capaz de recrear y estremecer.
Cada uno sabe (Bléfari dixit) y ahora entiendo un poco más qué nos eclipsa de perder, cómo se extraña lo extrañado y cuán raros nos sentimos cuando el pasado y el presente se dan cita en un aroma, en un lugar o una canción, que interpelan nuestra humanidad.
Es la edad, por supuesto, lo que ayuda a poner en valor. Pero también, esta versión que genera intimidad: la traducción de Canto (que culminó Graciela Isnardi al morir Canto en 1994) es fluida y cercana. Logra que Proust nos hable como lo haría un amigo en confidencia. Así lo recibo, mientras leo y celebro cada página como un recuerdo nuevo.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín