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clarin.com · hace 10 horas · Clarin.com - Home

Las peripecias del ser argentino

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Las asociaciones siempre tienen algo de fortuito. Al visitar la excelente exposición de Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973), en el Grand Palais de Paris, además de los conceptos importantes vertidos por el artista sobre el espacio, el tiempo, la identidad, me encontré con su respuesta en una entrevista de sentirse “profundamente argentino”. Por su gran proyección internacional, Erlich vive tanto en el extranjero como en Argentina.

¿Pero qué es ser profundamente argentino? ¿Una elección, “un destino sudamericano”, al decir de Borges? Esto me condujo a dos interrogantes complementarios. El primero concierne a la cuestión de nuestra identidad y de la identidad en general. En su novela Cartas persas (1721), Montesquieu hace exclamar a un francés que se dirige a un personaje: “¿El señor es persa? ¡Pero qué cosa extraordinaria! ¿Y cómo se puede ser persa?” Por supuesto, estaba implícito “¿Cómo se puede ser francés?”

Montesquieu satiriza a la sociedad francesa de su época, pero al mismo tiempo, en esta ironía, se encuentra el reflejo del ya sólido eurocentrismo, como si pertenecer a una sociedad milenaria no tuviera ninguna importancia. La primera globalización a partir de la apropiación de América, en 1492, había comenzado su marcha.

Hacia 1970, para toda una corriente popular, nacionalista, básicamente peronista, pero también la franja que abarcaba el realismo socialista con todas sus variantes y matices era frecuente tratar al mayor escritor que diera nuestro país (y todo el siglo XX en nuestra lengua), Jorge Luis Borges, como un “anti argentino”, “universalista”, etc. Era el tiempo de “Rosas, Gardel y Perón”.

Las ironías del destino y de su propia genialidad lo terminaron convirtiendo en el escritor argentino por antonomasia, caracterización que seguramente Borges rechazaría con alguna ironía. Recuerdo también su respuesta mordaz: “¿Y qué? ¿Por el hecho de ser argentino no tengo derecho a pensar en el universo?” Debo confesar que, para mí, esa frase se convirtió en una de mis divisas estéticas. La conformación de una “cultura nacional” es incierta desde sus comienzos.

A las “ciencias” sociales e históricas no les vendría mal un poco de imaginación para dar respuestas más afiladas sobre el inaprehensible “ser argentino”. La intervención de factores culturales muy diversos, en un mundo cruzado por profundas irrupciones tecnológicas, vuelve inútil plantear en abstracto esta cuestión. Con frecuencia faltó el aporte de las historias regionales, subsumido todo el país en la sinécdoque de “la Capital”.

Durante años me intrigó la razón por la cual Sarmiento escribió en el lejano 1845: “Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia”.

En el momento que Sarmiento dice esto en su Facundo. Civilización o barbarie el país contaba, en este inmenso territorio, donde “el desierto se le hunde en las entrañas”, con apenas un millón y medio de personas.

El ser humano, por su escasez, es muy valorado en los territorios desiertos. La presión para controlar y disciplinar a la población es uno de los elementos esenciales de las sociedades donde el ser humano es un bien escaso. El Martín Fierro nos habló de este proceso. Este rasgo de carácter, “díscolo” diría el Cónsul británico en la época de Rosas, ha precedido al flujo migratorio que rápidamente incorporó, a su modo, este sello cultural.

El chiste de que “el mayor negocio del mundo es comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice valer” es la réplica de un proverbio latino, pero es incuestionable que en nuestra sociedad esta marca se encuentra a flor de piel.

La expresión “¿Yo? Argentino” fue utilizada contra la Ley de Residencia primero y, luego, durante la Primera Guerra por la neutralidad del país, para inmediatamente después pasar a designar una de las formas de no meterse o de no ser responsable de un hecho determinado.

Una de nuestras persistentes características es nunca asumir la responsabilidad de nada: ni los militares, ni los políticos, ni los sindicalistas, ni los empresarios, ni los banqueros, ni todos los delincuentes, de diverso origen, que se han dedicado de manera sistemática a saquear los recursos públicos, tienen responsabilidad en que la pobreza haya crecido de tal manera en el último medio siglo: una fatalidad de origen desconocido.

Sospecho que la guerra de Malvinas no sólo significó una enorme derrota geopolítica, sino también una herida narcisista. La manera de desentendernos, como sociedad, de los ex soldados fue una muestra cruel de esto.

Pero también es un país que ha dado personalidades de primera magnitud en casi todos los terrenos. A partir de la dictadura de Onganía, casi todos ellos, incluido el premio Nobel César Milstein (o Messi), vivieron la mayor parte de su vida fuera del país, como mucho antes Juan Bautista Alberdi. Tal vez sea necesaria cierta distancia y nostalgia para sentirse “profundamente argentino”.

Miguel Espejo

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