Las fuerzas del infierno
Muchos años antes de que Javier Milei invocara el nombre del diablo, de Satanás, frente a un grupo de adolescentes, cayó en mis manos un hermoso libro, llamado El Juego del Ángel, cuyo autor es el catalán Carlos Ruiz Zafón. El protagonista del texto era, justamente, el diablo, oculto tras un editor de libros, que le ofrecía una fortuna a un autor para que escribiera un libro fundante de una nueva religión. La primera sugerencia del diablo, una vez firmado el contrato, fue que el escritor creara un enemigo horroroso, un diablo, porque eso era un motivador muy potente de la fe.
“Cuando nos sentimos víctimas –explicaba– todas nuestras acciones y creencias quedan legitimadas, por cuestionables que sean. Nuestros oponentes, o simplemente nuestros vecinos, dejan de estar a nuestro nivel y se convierten en enemigos. Dejamos de ser agresores para convertirnos en defensores. La envidia, la codicia o el resentimiento que nos mueven terminan santificados, porque nos decimos que actuamos en defensa propia. El primer paso para creer apasionadamente es el miedo”.
El jueves pasado, en la escuela ORT, Milei apeló a la imagen del diablo en un discurso donde mezclaba religión y política, como si fueran la misma cosa. El texto que leyó es el epílogo de su próximo libro Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso. “Hay textos que se escriben porque no escribirlos sería una traición. Este es uno de esos. No lo elegí. Me eligió”, dijo el Presidente. Por momentos, parecían las palabras de un hombre poseído. “La vida y el bien de un lado, la muerte y el mal del otro. No hay tercer camino. No se dejen engañar. O eligen el bien o eligen el mal.” Entre las fuerzas del mal, señaló a marxistas y periodistas: no son personas que proponen una alternativa a su mirada sino aliados del mal, del demonio.
Hay otro libro de ficción magnífico donde el diablo aparece con una cara distinta a la del editor de El Juego del Ángel. Se trata de El nombre de la Rosa, del italiano Umberto Eco. Tal vez el lector recuerde esa novela policial que transcurre en un convento medieval. La conclusión de la novela es muy bella: el diablo es un hombre que no ríe. Se lee allí: “Huye de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque antes suelen provocar la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia y muchas veces en lugar de la propia…Quizá la tarea de quienes aman a los hombres consista en lograr que estos se rían de la verdad porque la única verdad consiste en librarnos de la insana pasión por la verdad”.
Existen muchos otros trabajos que indagan, describen, exponen el mecanismo que el presidente argentino desplegó el jueves, porque Milei no es el primero que considera como personajes satánicos a sus cuestionadores. Se trata, en realidad, de un clásico del pensamiento autoritario. En una democracia, el diálogo es el componente central entre personas que piensan distinto y se respetan a pesar de eso. En una teocracia, como por ejemplo la iraní, no funciona de esa manera: quien piensa distinto merece ser lapidado porque responde a intereses tenebrosos. “Cuando nos sentimos víctimas todas nuestras acciones y creencias quedan legitimadas, por cuestionables que sean”.
Uno de esos tantos trabajos se llama justamente El Diablo. Fue escrito por Arturo Graf, un poeta italiano de la segunda mitad del siglo XIX. Su tesis central es que el diablo fue creado por la Iglesia como un instrumento eficaz para provocar la sumisión de los fieles. Es la misma idea de El juego del Ángel: si creás un enemigo, tendrás una religión. Hay algo de ironía en esa dinámica: Dios necesita del diablo para existir y ser fuerte, sin él pierde gran parte de su sentido. Las dos figuras se confunden.
-“La creencia tenía profundas raíces y la iglesia no dejó de favorecerla, de fortalecerla, hizo de Satanás un eficacísimo instrumento de política y aumentó su prestigio cuanto pudo, ya que lo que los hombres no hacían por amor a Dios o por espíritu de obediencia, lo hacía por miedo al diablo”.
-“Satanás fue presentado bajo todos los aspectos, pintado y esculpido, a la asustada contemplación de los fieles. Muchas visiones del medioevo muestran la aplicación que se sabía hacer del demonio a la política en general: sin duda el diablo servía mucho más a la política eclesiástica que la inquisición y las hogueras, aunque esta y aquella le hayan servido bastante. Ya en el 811 Carlomagno acusaba a los clérigos de abusar del diablo para robar dinero y arrebatar posesiones”.
-“Satanás es hijo de la tristeza. En una religión como la griega, serena, plena de luz y color no hubiera podido introducirse. Para que crezca son necesarias las sombras, son necesarios los misterios de pecado y de dolor. Satanás es hijo del terror y el medioevo es la edad del terror”.
Algunos de sus partidarios sostienen que Milei es el presidente más reformista de la historia argentina. Es temprano para saberlo. Lo que es indiscutible es su incansable ambición reformista. En las últimas semanas ha dado cabales muestras de eso. Lo que ocurrió el jueves en la ORT es una muestra de ello. Hace dieciséis años, la sociedad se estremeció cuando, durante un acto oficialista, un grupo de militantes colocó fotos de periodistas para que fueran escupidas por niños. Ese debate parecía terminado. Estaba mal. Ahora, el Presidente reflotó la discusión, cuando arengó a un grupo de niños para que abuchearan a los periodistas. Ahora, sus partidarios explicarán que abuchear no es lo mismo que escupir. Aquello no estaba bien: estaba “casi” bien.
Durante los últimos diez días, el Presidente ha adquirido el hábito de referirse a la materia fecal para denigrar a periodistas o críticos. Son, según él, “mierda humana”, “soretes mal cagados”, y así. Esa conducta recibiría una sanción social o una sanción efectiva en cualquier ámbito donde los seres humanos intenten convivir entre sí: una empresa, una escuela, una cena familiar. Pero Milei quiere modificar también esos límites. Se puede insultar a repetición si el que insulta ha sido víctima de agresiones. “Cuando nos sentimos víctimas todas nuestras acciones y creencias quedan legitimadas, por cuestionables que sean”.
Unas semanas atrás, el Presidente propuso a la sociedad otra reforma. Cuando contestaba preguntas de un periodista deportivo, en un móvil radial en la sociedad rural, vio a través del vidrio a José de Mendiguren, un dirigente industrialista. Inmediatamente empezó a insultarlo y pidió a su audiencia que lo agrediera cada vez que lo vea pasear por la calle. Hasta su llegada al poder, eso era considerado una persecución por parte de la maquinaria estatal contra un ciudadano indefenso. Pero el Presidente también cree que esa idea debe ser modificada. Un hereje merece recibir castigo en la vía pública.
Es toda una escala de valores la que está en disputa. Para tratar de imponerla cuenta con el apoyo de un heterogéneo sostén que, paulatinamente, se empieza a mimetizar: allí se encolumnan desde la diputada Lilia Lemoine, libertaria de la primera hora, su colega Sabrina Ajmechet que se autopercibe liberal, o –con su estilo esquivo de siempre– el ex presidente Mauricio Macri. El Gobierno está plagado de gente prolija, sofisticada, que se siente educada y tolerante pero que convive, día a día, cada vez más cómoda con las ideas reformistas del Presidente.
Por fuera de eso, el discurso de Milei ante los niños de la ORT contiene algunas curiosidades. El Presidente ha dicho: “Marx era satanista. Sus propios textos de juventud lo revelan, el drama Oulanem, anagrama de Manuel, nombre bíblico de Cristo, es un himno a la destrucción y el odio contra el Creador. Cito textual: ‘pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad’, escribe Marx en ese texto. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. Los textos existen, están publicados, están disponibles para quien quiera leerlos”. En realidad, el textual existe pero está extraído de una obra de teatro escrita por un muy joven Marx. No es algo que Marx haya dicho: lo dijo uno de los personajes de esa obra. Es como atribuirle a William Shakespeare el discurso de Hamlet o de El mercader de Venecia. ¿Lo sabrá Milei?
Otro elemento curioso del discurso es su interpretación del antiguo testamento. Cualquiera que conozca la tradición judía sabe que parte de ella incluye discusiones milenarias e interminables entre sabios rabínicos que intentan extraer las conclusiones de aquel texto que atribuyen a Dios. Esos intercambios están compilados en un texto sagrado llamado Talmud. Para convertirse en rabinos, hay jóvenes que estudian durante años los textos originales y las discusiones. El Presidente no es rabino, ni siquiera es judío. En ese contexto, el revoleo de las sagradas escrituras constituye una audacia. ¿Cómo se aplicaría en este caso el segundo mandamiento que dice “no invocarás en vano el nombre de Dios”? ¿O cómo se incluyen las innumerables condenas que contienen esos textos a quienes cobran intereses a sus “hermanos” por prestar dinero?
Finalmente, el odio al marxismo, ¿no es el odio a algo que ya no existe? ¿Qué país, qué fuerza política, qué corriente intelectual poderosa, propone hoy instaurar un régimen marxista? Salvo que se trate de una entelequia para definir al diablo de tal manera que incluya a los centenares de personas insultadas por el Presidente, desde Sol Pérez hasta Paolo Rocca, desde María Becerra hasta Fernán Saguier. A lo largo de la historia reciente el diablo han sido los neoliberales, los kirchneristas, los periodistas, los inmigrantes, los subversivos apátridas, los sionistas, los musulmanes. Es una trampa de la que no hemos logrado salir.
Tal vez sea porque la Argentina ha sido elegida como la tierra donde se dirimirá finalmente la lucha entre Dios y el Diablo.