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perfil.com · hace 3 horas · Selva Almada

Camelias

Selva Almada

Una vecina de mi pueblo, a las camelias les dice “cameyas” como muchos les dicen “utensiyos” a los utensilios. De chica me daba gracia porque pensaba en un ramo de camellos hembras cuando la escuchaba. Siempre hubo camelias en el jardín de mi abuela, en el de mi tío José Bertoni también. En alguna época seguro las hubo en el jardín de mi madre, en ese tráfico de esquejes que va y viene entre las mujeres de mano verde.

El año pasado, no me acuerdo a cuento de qué, Marina me habló de la isla de las camelias, en el Delta, herencia de su suegro que plantó muchísimas hace 40 o 50 años, y tuvo allí un vivero y viajó por muchos países trayendo ejemplares de esta planta cuyo origen es China, como el del té que, oh sorpresa, también es una camelia (camellia sinensis), de flor pequeñita, menos vistosa en un jardín pero de hojas deliciosas para la infusión. En esa charla ya había pasado el tiempo de floración, pero Marina, además editora de un sello precioso que se llama Salta el pez, me dijo que este año, cuando fuera la época, tendría que ir a ver ese despliegue hermoso de colores y formas desde arrepolladas hasta simples y sutiles.

Un año después llegó el día. Nos embarcamos una mañana gris y fría con Cristian y Julia y unas veinte personas más con destino a la isla de las camelias. Imposible no pensar en el título de la novela de Dumas y en su protagonista, la joven cortesana que usaba un ramito de camelias como santo y seña: blancas, si estaba disponible; rojas, si no lo estaba.

Cuando salimos del puerto, el río parecía un reflejo del cielo y viceversa. Fuimos dejando atrás las casitas de la costa, los muelles desvencijados, la vegetación espesa y salvaje en los lugares deshabitados, hasta llegar al imponente Paraná de Las Palmas y atravesarlo (o dejándonos atravesar por el más bello del mundo) hasta llegar, casi dos horas después de nuestra salida. Ahí nos esperaban el sol repentinamente aparecido; Marina y Hernán, su compañero y el hijo del hombre que plantó las viejas camelias que ya son árboles, y la Negrita, una perra que comparten con una vecina y que tiene tatuada en el pelaje la “línea de flotación”: el lomo más oscuro y más claro el pelo allí donde se sumerge a diario, varias veces al día, cruzando el río a nado de una orilla a otra.

Los días anteriores había llovido y también hubo tormenta, así que el suelo debajo de las plantas estaba lleno de pétalos sueltos. Manchones rojos, fucsias, blancos, rosa claro en el pasto y las pinochas porque el terreno también tiene pinos añosos.

En una cabañita de madera, con un fogón encendido y café y té y mate y tortas riquísimas preparadas por Marina y la mamá de Hernán, él nos contó la historia del lugar, de las camelias, las distintas clases que encontraríamos en la isla. Después nos perdimos entre los árboles, cada quien a su aire, las pisadas flotando en el colchón de resaca de los pinos. Más tarde nos reunimos alrededor de una fogata, comimos queso, tomamos vino, conversamos.

El sol de la siesta resplandecía sobre nosotros mientras probamos distintos tipos de té, guiados por Marina, y escuchamos poemas sobre camelias.

Al rato volvimos a la lancha. Algunos dormitaron en los asientos. Algunos siguieron conversando bajito, las lenguas aterciopeladas como pétalos. Otros nos hipnotizamos con el brillo de la tarde sobre el río. Hermoso así lleno de brillos. Hermoso siempre mi novio el Paraná.

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