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clarin.com · hace 20 horas · Clarin.com - Home

Por qué mi generación ha decidido no tener hijos

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Al pasar los cuarenta, una pregunta se repite entre quienes no hemos sido padres:

Durante años he preguntado a muchos padres si se imaginan su vida sin hijos. Nunca nadie me ha dicho que no. Todos aseguran que sí, que podrían no haberlos tenido sin problema alguno y ser felices igual.

Hay hombres que tienen hijos porque quieren compartir amor. Otros, porque no soportan la idea de envejecer solos. Y algunos, simplemente, porque era lo que tocaba.

Yo pensé que algún día me pasaría lo mismo. Que el deseo de ser padre llegaría con la edad, como una llamada biológica. Pero no ha llegado. Y cuanto más amo mi vida, cuanto más sentido encuentro en otras cosas, menos lo espero.

A veces me pregunto si me arrepentiré. Pero enseguida se me pasa. A veces me pregunto si me dolerá no tener a quién contarle mis historias, así que espero que al menos sigan ahí para poder contárselas a ustedes.

Sé que en esta columna falta el punto de vista de las mujeres. Y es verdad. Pero estos textos no pretenden hablar de ellas, sino entre nosotros.

Porque muchos hombres aún necesitamos entender -sin miedo ni culpa- cuál es nuestro lugar en un mundo que ya no gira a nuestro favor.

Quizá vivir una vida llena de opciones ha hecho que muchos hombres entendamos que podemos ser muchas cosas además de padres.

Hasta hace poco, ser padre era fácil. El hombre traía dinero a casa, y los cuidados, la carga mental y la logística recaían en la mujer. Eso permitía ser “buen padre” sin renunciar a casi nada. Pero eso cambió. Y cuando los hombres empezamos a implicarnos de verdad en la crianza, muchos descubrimos lo que habíamos evitado: que ser padre también significa renunciar, reorganizar la vida y perder control.

No es casualidad que el discurso de la conciliación aparezca justo ahora, cuando los hombres ya no podemos delegar.

Tampoco que hayamos convertido a las madres y abuelas en heroínas del sacrificio. Era necesario hacerlo para justificar su encierro. Si las íbamos a tener atrapadas en la crianza, al menos debíamos hacerlas sentir especiales por ello.

Los hombres, en nuestra obsesión de vivir una vida de trascendencia, tenemos pánico a no dejar huella. Un hijo parece resolver eso: te sobrevive, te justifica (aunque en tres generaciones nadie se acuerde de que exististe).

Pero también hay otras formas de dejar legado: ser una buena persona con el resto, construir algo que inspire o, simplemente, escribir algo que haga pensar a alguien.

Tener hijos, a veces, es una manera de fabricarse propósito. De no enfrentarse al miedo a la soledad o al vacío al envejecer.

Cuando ese miedo desaparece, cuando uno encuentra sentido en otras cosas, la idea de tener descendencia deja de parecer urgente.

Porque seguramente el verdadero legado no son los hijos que dejas, sino aquello que haces sentir a la gente que quieres.

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