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clarin.com · hace 20 horas · Clarin.com - Home

El inquietante enigma de las clínicas

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De vez en cuando la vida, obedeciendo a variadas causas y en base a diferentes circunstancias, puede sacarnos de nuestra cotidianeidad y ubicarnos durante un tiempo, en la habitación de un sanatorio.

Los diferentes efectos -tanto físicos como emocionales y psíquicos- que ese aislamiento genera son también variados, y están en directa relación con el cuadro clínico que se padezca, o que requiera atención.

Sin embargo, si de estar unos días internado se trata el asunto, hay algunas cuestiones que permanecen, por lo general, invariables: por un período de tiempo, no dispondremos del uso de nuestro tiempo, en muchos casos tampoco de nuestro cuerpo. Ni de nuestro sueño. Y ahí es donde quiero detenerme (el mayor, menor o nulo trauma que genere entregarse a la sabiduría de los médicos y practicar un desdoblamiento según el cual nuestro cuerpo sufre pero con el fin de curarnos, quedarán para otra ocasión). Lo que ocurre es que hasta ahora no encuentro una explicación racional a una cuestión: por qué en las clínicas es imposible dormir de noche.

Sabrá nadie por qué, la puerta se abre a las cuatro de la mañana, dejando entrar la luz blanca proveniente de los pasillos que por lo general impacta de lleno en la retina. Podrá uno divisar una presencia, una suerte de sombra que entra y se dirige hacia el baño, sale, y se va, muchas veces sin obtener nada, ni tampoco cerrar la puerta.

Peor es cuando de golpe y provocando un sobresalto la puerta se abre, y la luz que entra no es la del pasillo, sino la central, que se enciende como si fueran las ocho de la noche. Sabrá alguien por qué en muchos casos los controles rutinarios de presión arterial, temperatura, oxígeno y ritmo cardíaco, los cuales requieren que el paciente permanezca despierto y dispuesto, son en horarios de madrugada, con suerte luego de las 6 am. Probablemente el suero o la medicación que se pasa por vía requiera de un recambio a las dos de la mañana. También es probable que, por protocolo, las enfermeras deban pasar en algún momento de la noche a chequear si todo está bien, y si el paciente, tras la puerta cerrada, respira.

Pero me pregunto si sabrá alguien por qué, en el caso de que luego de esas interrupciones uno tenga la suerte de volver a conciliar al menos por un rato el sueño, el desayuno deba servirse, como muy tarde, a las 7 de la mañana. O el trapo por el piso tenga que pasarse con los primeros rayos de sol.

Luego de reproches por no haber desayunado a tiempo, y seguramente haber alterado involuntariamente rutinas institucionales como entregar una taza usada para tomar un té un poco más tarde, una paciente tuvo la audacia de consultarle a una enfermera respecto al por qué de las reiteradas, sistemáticas y variadas incursiones nocturnas, muchas veces con la consecuente iluminación completa de la habitación, y el desalentador desvelo del pa(de)ciente.

Y la respuesta, claro, estuvo vinculada a procesos rutinarios propios de la organización interna. Algo así como “termino el turno a las seis, y a las cuatro empiezo la recorrida para dejar la planilla cerrada”.

Esa es una teoría válida, claro, pero yo tengo otra: si bien nadie que conozca desea permanecer más tiempo del debido en la cama de un sanatorio, lo cierto es que la privación sistemática del sueño termina actuando como la motivación central para, en caso de obtener el alta, huir rápidamente a casa, donde, además de un dulce hogar, encontramos en una nuestra cama la posibilidad de dormir una noche de corrido.

Ludmila Moscato

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