El Mercosur debe abrir el futuro
La Argentina y Brasil atraviesan un período de importantes diferencias políticas. Las posiciones de ambos gobiernos son públicas y, en algunos casos, las diferencias son profundas. Existe, sin embargo, una paradoja que merece atención: precisamente en este contexto, el Mercosur comienza a recuperar una vocación que había perdido —la de servir como plataforma de apertura económica hacia el resto del mundo.
Desde su origen, el Mercosur estuvo atravesado por dos impulsos: integrarse para competir mejor en el mundo o integrarse para protegerse de él. El acercamiento iniciado por Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985, con el retorno de la democracia, significó además un cambio profundo en materia de seguridad: la Argentina y Brasil dejaron atrás una lógica de rivalidad y comenzaron a construir una relación basada en la confianza y la cooperación. El Tratado de Asunción de 1991 consolidó esa transformación y la apuesta por ampliar mercados, ganar escala y preparar a las economías de la región para competir internacionalmente.
Con el tiempo, sin embargo, cobró fuerza otra orientación. Se multiplicaron las excepciones, las barreras no arancelarias y las medidas ad hoc de administración del comercio.
El arancel externo común, originalmente parte de un proyecto de integración, también sirvió para proteger sectores de la competencia internacional. El resultado fue una ambigüedad persistente: el Mercosur podía funcionar tanto como un camino hacia el mundo como una barrera frente a él.
Hoy existen señales de que esa balanza comienza a inclinarse nuevamente hacia la apertura. Después de un cuarto de siglo de negociaciones, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea avanzó hacia su implementación. El bloque también concluyó acuerdos con la EFTA y Singapur, mientras progresan o se exploran negociaciones con Canadá, Corea del Sur, los Emiratos Árabes Unidos, Japón y otros mercados.
Estos avances adquieren particular importancia en un mundo cada vez más fragmentado. Pertenecer a un bloque regional capaz de negociar mejores condiciones de acceso a los grandes mercados puede convertirse en un activo estratégico para sus miembros.
La vocación de apertura que hoy impulsa la Argentina puede encontrar en el Mercosur, si el bloque profundiza esta orientación, un instrumento para ampliar mercados, atraer inversiones e integrar a sus empresas en cadenas globales de valor.
Esto interesa especialmente a la Argentina y Brasil. Ambas economías continúan profundamente interrelacionadas, con cadenas productivas compartidas, inversiones cruzadas y miles de empresas y empleos vinculados a esa relación.
Pero el principal activo del Mercosur quizás ya no resida únicamente en el comercio que ocurre dentro de sus fronteras, sino en su capacidad para transformar un gran mercado regional en una plataforma de inserción internacional.
Precisamente por eso, las diferencias políticas entre Buenos Aires y Brasilia no deberían impedir que ambos países continúen avanzando allí donde existen intereses permanentes compartidos. Esa cooperación debe extenderse también a áreas concretas que benefician a sus ciudadanos —desde la infraestructura hasta la educación y el medio ambiente— y fortalecer la capacidad de la región para actuar en un escenario internacional cada vez más fragmentado.
Esto no exige coincidencias ideológicas ni limita la libertad de cada gobierno para definir su política exterior. Las instituciones maduras demuestran su verdadero valor cuando permiten sostener la cooperación aun cuando los gobiernos piensan distinto.
De hecho, una de las mejores pruebas de madurez del Mercosur consiste precisamente en su capacidad para producir resultados en momentos de divergencia política. Los acuerdos externos actualmente en marcha muestran que es posible preservar una lógica de Estado incluso cuando existen diferencias entre sus principales socios.
El desafío, entonces, no consiste solamente en preservar el Mercosur, sino en definir para qué debe servir. Si se limita a administrar el comercio existente y proteger sectores frente a la competencia, perderá relevancia. Si utiliza la escala regional para abrir mercados, atraer inversiones y mejorar la inserción internacional de sus miembros, puede recuperar buena parte de la razón que justificó su creación.
El Mercosur no necesita proteger el pasado. Necesita abrir el futuro. Y la Argentina y Brasil tienen más para ganar si lo hacen juntos.
Francisco de Santibañes es presidente del CARI, Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales CARI.
José Pio Borges es presidente del Conselho Curador do CEBRI, Centro Brasileño de Relaciones Internacionales.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín