Crisis migratorias: otro tipo de ingeniería del caos
Durante buena parte de las últimas décadas, Europa entendió la migración como un problema esencialmente humanitario. El debate giraba en torno a la integración, el multiculturalismo, los derechos de los refugiados y la capacidad de los Estados para absorber nuevos flujos de población. Era una discusión compleja, pero todavía situada en los márgenes de la gran política. Con el tiempo, esa percepción ha cambiado de manera radical.
Las primeras señales aparecieron incluso antes de la gran crisis migratoria de 2015. En 2010, Angela Merkel afirmó en un mitin de la Democracia Cristiana alemana que el modelo multicultural había fracasado. Aquella declaración sintetizaba un malestar creciente en buena parte de las sociedades europeas, atravesadas por los atentados terroristas en Madrid y Londres, las dificultades de integración de algunas comunidades inmigrantes y las secuelas de la crisis financiera de 2008.
Poco tiempo después, la Primavera Árabe modificó el equilibrio estratégico del Mediterráneo. La caída de los regímenes de Túnez, Egipto y Libia desmanteló los mecanismos que durante años habían contenido los desplazamientos desde África hacia Europa. La fragmentación del Estado libio, sobre todo, convirtió parte de su costa en una plataforma para las redes de tráfico de personas y el Mediterráneo pasó a ser frontera y cementerio acuático al mismo tiempo.
Ese cuadro se integró con las consecuencias de la guerra en Siria, los desplazamientos masivos desde Afganistán e Irak y la creciente presión sobre Turquía, Líbano y Grecia. Erdogan comprendió rápidamente el valor estratégico de la posición geográfica turca e hizo del control de los flujos migratorios una pieza central de su vínculo con la Unión Europea.
Lo que hasta esos años parecía un desafío humanitario, luego administrativo, pasó a influir sobre elecciones, coaliciones de gobierno, negociaciones diplomáticas y decisiones estratégicas de Estados. La migración dejó de ocupar un lugar periférico en la agenda internacional y la gestión de fronteras y los grandes desplazamientos de población pasaron a ser variables centrales de la seguridad, la estabilidad política y las relaciones internacionales contemporáneas.
Los acontecimientos recientes en Ceuta parecen confirmar que aquella discusión está lejos de haber sido clausurada. Los desplazamientos masivos continúan siendo capaces de desbordar las capacidades institucionales, generar crisis humanitarias y producir efectos políticos inmediatos. Ceuta muestra hasta qué punto las redes sociales, la desinformación y la percepción de que una frontera puede abrirse o cerrarse repentinamente pueden acelerar movimientos de población de una escala difícil de administrar.
Cuando Giorgia Meloni llegó al gobierno italiano hizo de la inmigración, la seguridad y la defensa de las fronteras los pilares de su identidad política. Sin embargo, la derecha italiana enfrenta hoy una dinámica de radicalización. El ex general Roberto Vannacci, la nueva sensación política, que abandonó la Liga de Matteo Salvini (aliado de Meloni) y creó Futuro Nazionale, ha construido un espacio todavía más más duro que Hermanos de Italia, alcanzando el 7% de adhesiones en mediciones recientes.
El fenómeno es significativo porque muestra que, una vez que la inmigración se convierte en un eje central de la competencia política, los partidos de derecha se ven empujados a disputar por quién ofrece la respuesta más inflexible.
Por su parte, Nigel Farage y Reform UK, en el Reino Unido, han demostrado en las recientes elecciones en Clacton, que la cuestión migratoria continúa teniendo capacidad para estructurar el debate político británico incluso después del Brexit. Farage ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de la promesa de recuperar el control de las fronteras y limitar la inmigración, y su regreso a la primera línea electoral mantiene esa agenda en el centro de la disputa política. 2026 demuestra que, incluso después de que Reform perdiera parte de su ventaja en algunos sondeos frente al Laborismo, Farage continúa siendo un actor central de la competencia política británica.
En este aspecto, Italia y Reino Unido tienen algo que conviene mirar más allá de las particularidades de cada sistema político. La migración no necesita producir permanentemente nuevas crisis para ser políticamente eficaz, alcanza con que permanezca como un problema irresuelto.
Allí pareciera residir parte de la ventaja competitiva de estos liderazgos que no necesitan resolver el problema migratorio para beneficiarse políticamente de él. Demostrar que existe un problema y que los partidos tradicionales no tienen una respuesta convincente es suficiente.
Por eso, Ceuta debería ser leído como un aviso sobre el futuro de la política europea. Mientras tanto, liderazgos como los de Meloni y Farage —y fuerzas más radicales como la de Vannacci— encuentran en esa tensión un terreno fértil para la competitividad electoral de estos tiempos.
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