Humanizando el futuro de la robótica
Durante mi visita a la Convención Mundial de Manufactura 2024 en Hefei, provincia de Anhui, en el este de China, me sentí como si hubiera entrado en una escena de una película de ciencia ficción. Ante mí, un robot humanoide de 1,8 metros de altura y 60 kilogramos de peso utilizaba sus 38 grados de libertad —o 38 formas independientes de moverse o girar— para doblar ropa, abrir botellas, servir agua y lavar platos con una precisión asombrosa.
Desde entonces, la carrera por desarrollar robots más avanzados no ha hecho más que cobrar impulso.
Las mejoras en los actuadores y sensores permiten ahora que los robots humanoides caminen, corran y realicen tareas cada vez más complejas. Al mismo tiempo, los avances en inteligencia artificial están mejorando rápidamente su capacidad para interpretar el entorno, interactuar con las personas y adaptarse a situaciones cambiantes.
Actualmente, las aplicaciones van mucho más allá del entorno industrial. Los robots humanoides desempeñan funciones en la agricultura, el servicio al cliente y la atención médica, además de ayudar a personas mayores, pacientes y personas con discapacidad.
Sin embargo, los humanoides son solo una parte de una transformación mucho más amplia.
Los robots colaborativos, o cobots, trabajan junto a las personas, potenciando las capacidades humanas en fábricas, laboratorios y hospitales. La robótica de enjambre permite que varios robots se coordinen en tareas como la búsqueda y el rescate de supervivientes, la inspección de infraestructuras o la exploración de entornos peligrosos.
Esta nueva generación de robots está ampliando los límites de lo posible. Pero quizás la pregunta más importante no sea de qué serán capaces los robots en el futuro, sino qué queremos que hagan.
Como padre de un joven con discapacidad intelectual causada por una rara enfermedad genética, he sido testigo directo de las extraordinarias contribuciones de la robótica y las tecnologías inteligentes a la vida cotidiana. Estas pueden ayudar a organizar rutinas, facilitar la comunicación, mejorar la seguridad y potenciar la autonomía personal. Para muchas familias, estas no son posibilidades abstractas, sino mejoras tangibles en su día a día.
Esta experiencia también me ha enseñado una distinción importante que ningún avance tecnológico debería desdibujar: la asistencia y el cuidado no son lo mismo. Las máquinas pueden realizar tareas con una eficiencia cada vez mayor, pero el cuidado requiere reconocimiento, responsabilidad, paciencia, empatía y afecto. Estas cualidades surgen esencialmente de las relaciones humanas, no de los algoritmos.
Por lo tanto, el propósito de la robótica en el cuidado no debe ser reemplazar las relaciones humanas, sino aumentar las capacidades humanas, permitiendo que los cuidadores, las familias y los profesionales dediquen más tiempo a las dimensiones específicamente humanas del cuidado.
Como profesional del desarrollo, he aprendido que este principio va mucho más allá de la atención médica y el cuidado de personas. Lo mencioné recientemente en la Web Summit Rio: el mayor desafío que plantea una nueva tecnología no es simplemente desarrollarla, sino transformar el progreso tecnológico en desarrollo.
La experiencia internacional demuestra que los países no prosperan simplemente por adquirir tecnologías avanzadas. Progresan cuando desarrollan las instituciones, las capacidades humanas y las estructuras productivas necesarias para transformar la innovación en productividad, oportunidades y mayor bienestar.
Del mismo modo, la robótica se convierte en una herramienta para el desarrollo solo cuando se integra con la educación, el desarrollo de habilidades, el espíritu empresarial, las capacidades industriales, la infraestructura y las políticas públicas sólidas que acompañan al cambio tecnológico.
Esta es también una de las lecciones clave que se desprenden de los notables avances de China en robótica.
Lo que más me impresionó durante mi visita a Hefei no fue solo la sofisticación de las máquinas, sino también el ecosistema que las rodea: universidades, centros de investigación, fabricantes, infraestructura digital, cadenas de suministro y políticas industriales que evolucionan conjuntamente. La robótica no se presentó como un logro tecnológico aislado, sino como parte de una estrategia más amplia para la modernización de la productividad.
El objetivo no debería ser simplemente comprar robots o imitar a quienes lideran la carrera tecnológica. En cambio, debería ser desarrollar las capacidades necesarias para que la robótica aumente la productividad, amplíe las oportunidades y promueva un desarrollo más inclusivo y sostenible.
El mismo principio se aplica tanto si los robots operan en fábricas, granjas, hospitales o hogares.
Un robot industrial no debe juzgarse simplemente por la cantidad de trabajadores que puede reemplazar, sino por su capacidad para hacer la producción más segura, productiva y competitiva. Un robot agrícola no debe valorarse únicamente por automatizar la cosecha, sino por permitirnos producir más alimentos con menos recursos y menor impacto ambiental. Y un robot de asistencia no debe considerarse exitoso porque imita la interacción humana, sino porque empodera a una persona con discapacidad para que gane autonomía, permite a una persona mayor vivir de forma más independiente o posibilita que un cuidador dedique más tiempo a una atención verdaderamente humana.
La robótica, quizás más que muchas otras tecnologías emergentes, nos recuerda que la innovación nunca debe ser un fin en sí misma. Su verdadero valor reside en las posibilidades humanas que crea.
En última instancia, la medida del progreso tecnológico no será lo que los robots puedan hacer, sino lo que los seres humanos puedan lograr gracias a ellos.
*Carlos Magariños es ex director general de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), ex secretario de Estado de Industria de Argentina y actualmente miembro del consejo de administración de varias empresas latinoamericanas.