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infobae.com · hace 11 horas · Ricardo Israel

¿Es inteligente la Inteligencia Artificial?

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Si tuviera conciencia transformaría por completo no solo la ciencia, sino también la filosofía y el propio concepto de sociedad. Significaría intención y voluntad propia. Plantearía la posibilidad de adquirir un estatus moral al poder sentir o sufrir, y, por lo tanto, adquiriría derechos legales. En laboratorios se busca, pero todavía no se encuentra, por lo que sigue siendo ciencia ficción. Por ello limitaremos nuestra indagatoria a la inteligencia y si corresponde que figure en el nombre mismo de la IA.

Los seres humanos somos hijos de la época histórica que nos ha tocado vivir, y todo indica que hemos ingresado a la de la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, ¿qué se quiere decir cuando se utiliza la palabra inteligencia? Visto de otra forma, si una máquina nos dijera que está pensando por sí sola, ¿le creeríamos o no? Con el advenimiento y despliegue a todo nivel de la IA, hay una pregunta clave que no puede ser eludida: ¿existe -o puede existir-una máquina inteligente?

¿Puede realmente pensar una máquina o debemos esforzarnos para buscar una nueva palabra o un nuevo concepto que describa adecuadamente lo que la IA hace?

Para responder esa pregunta, es necesario reflexionar antes acerca de lo que constituye la “inteligencia” y cómo se la mide. Las definiciones que se encuentran aún en los mejores diccionarios son circulares, y a veces se contradicen unas con otras. Por su parte, su medición ha sido objeto de grandes controversias desde el año 1904, cuando el Ministerio de Instrucción Pública de Francia designó una comisión para que estudiara métodos que permitieran la separación de niños que entonces se consideraban deficientes, para su ubicación en escuelas especiales. Alfred Binet enfrentó el problema afirmando que el intelecto se componía de “juicio, sentido común, iniciativa y capacidad de adaptarse”, y buscando predecir el rendimiento escolar, sentó en definitiva las bases para el desarrollo de lo que sería conocido como test o pruebas de inteligencia. Desde entonces, la medición de la inteligencia ha evolucionado desde aquellas centradas en características que podían ser incluso físicas hasta evaluaciones contemporáneas que utilizan diversas tareas cognitivas.

Sin embargo, a pesar de lo anterior, todavía no contamos con una definición unánimemente aceptada de la inteligencia, ya que muchas han estado rodeadas de polémica. Se la ha definido de varias maneras, además que se enfatizan aspectos distintos tales como comprensión, aprendizaje, lógica, pensamiento crítico, razonamiento, creatividad, resolución de problemas, otras. También se habla de inteligencia animal, inteligencia emocional e inteligencias múltiples.

En definitiva, el coeficiente intelectual es una medida estandarizada, que se utiliza para evaluar la inteligencia humana en diversos ámbitos que incluyen la memoria, la habilidad espacial y el pensamiento abstracto, además de lo ya mencionado.

La falta de unanimidad y los problemas que plantea la medición, se agregan al hecho de la existencia de disputas académicas, donde algunos sostienen que la respuesta a que constituye la inteligencia debe buscarse en la estructura misma del cerebro, en su fisiología, en su química, además de factores hereditarios. Otros construyen sus respuestas a partir de las mediciones que se llevan a cabo. Sin embargo, para otros autores, las pruebas o test de inteligencia solo medirían habilidades que son producto de las posibilidades de aprendizaje y de los estímulos del medio ambiente, incluyendo el entorno familiar. Es decir, solo medirían las oportunidades que hemos tenido en la vida según nuestra ubicación social, por lo que no entregarían luces sobre las verdaderas potencialidades de cada sujeto. Por último, al interpretar estas pruebas, a veces quienes lo hacen incluyen sus propios prejuicios culturales, raciales e ideológicos, sin saber a ciencia cierta lo que estamos intentando interpretar.

A medida que avanzaba la ciencia y la tecnología, surgió la necesidad de entender los nuevos productos que los seres humanos iban creando. Fue así como en la segunda mitad del siglo XX, en su libro The Mighty Micro (Londres, 1979) Cristopher Evans enumeró varios factores que constituirían “la inteligencia” en “el animal, hombre o máquina”. ¿Qué podrían tener en común? Evans nos dice que una entidad es inteligente en la medida que pueda extraer información del universo que lo/la rodea, como que también logre almacenar la información que ha obtenido, además de mejorar su habilidad para ajustarse al medio, es decir, el proceso de aprendizaje. A lo anterior se debe agregar la capacidad de la entidad o persona, para ajustarse a hechos novedosos, que ocurran en su entorno. Y mientras más eficiente sea ese “software” o ese cerebro, mayor sería su inteligencia. Evans diseñó también una escala para medir la inteligencia, sea en humanos o en aparatos.

Ilustración de una persona escribiendo en un escritorio de biblioteca y un androide frente a pantallas con texto informático.

El objetivo de Evans era mostrar la inmensa brecha que en esa época todavía separaba a la inteligencia humana de la de los computadores, aquellos inmensos que ocupaban mucho espacio en lugares especialmente acondicionados hasta que apareció el computador personal para transformarlo en objeto cotidiano. Evans concluyó que tenían alguna medida de inteligencia, pero no podían pensar.

Eso no varió sustancialmente hasta ahora, con la aparición de la IA, que nos pone ante la posibilidad de la máquina pensante, aunque todavía es solo una posibilidad. Alguna medida de inteligencia puede tener un ingenio artificial, pero pensar, por ahora, sigue siendo una actividad que solo pueden realizar los seres humanos, debate que nos vuelve al punto de partida: ¿qué constituye la inteligencia y como se la mide?

La verdad es que no se tiene una respuesta precisa para la pregunta de ¿qué es la inteligencia?, ya que mejor sabemos medirla y lo máximo que se ha avanzado en unificar criterios, radica en la afirmación que existen distintos tipos de inteligencia, y que algunas pueden estar relacionada con la cultura. A veces pienso que se parece a lo que ocurre con el tiempo, ya que sabemos cómo medirlo, pero carecemos de una definición precisa que satisfaga a todos, tanto a filósofos como a físicos.

En los hechos se repite el debate acerca de que es la información, ya que no tenemos una respuesta por todos aceptada, por lo que incluso podemos manipularla, en tiempos como los actuales, donde con cierta probabilidad le vamos a pedir a la IA que nos ayude a procesarla, toda vez que no sabemos con precisión qué diferencia al conocimiento de la información y a esta del simple dato.

El hecho que tengamos más preguntas que respuestas no es malo, ya que comparto la afirmación de Einstein que la inteligencia se alimenta más con preguntas que con respuestas. Con la llegada, mejor dicho, con la irrupción de la IA, es deseable que no cometamos los mismos errores que cometimos con la masificación de la computación, donde muchas inquietudes no recibieron respuesta oportuna ante la velocidad con la que todo cambió, ya que casi nadie pudo resistirse a su uso. Algo parecido ocurrió cuando Steve Jobs nos mostró el teléfono Apple al que un exitoso marketing presentó como “inteligente”, y cuyo uso ha modificado en muchos lugares el funcionamiento de la sala de clases.

Cuando hablamos de no repetir situaciones del pasado donde todo cambió con rapidez, quizás ello se debió a que no fuimos capaces de hacernos las preguntas adecuadas en el momento en que era necesario, por lo que tampoco obtuvimos las respuestas oportunas. En la era de la IA debiéramos aprender de los errores cometidos con la computación, cuando se dijo equivocadamente que bastaría con disponer de más aparatos y equipos para mejorar el aprendizaje, lo que resultó ser una aproximación errónea, ya que nada de eso produjo una mejoría educativa.

Por lo tanto, quizás no debiéramos repetir el error que se cometió al presentar al computador como una especie de “cerebro”, que no lo era. Quizás, lo que debiéramos hacer es buscar una nueva palabra o concepto para aplicárselo a la IA, reservando la palabra “inteligencia” para lo que los humanos hacen. Para el futuro del homo sapiens sapiens, es decir, de ese producto evolutivo que somos los seres humanos, clave es defender lo que nos singulariza, representado por la capacidad de pensar, facultad tan humana que podría debilitarse como también el pensamiento crítico, ante la irrupción de la IA.

Es así como nos hemos convertido en testigos de una preocupante faceta que está teniendo lugar, ya que en forma creciente y hasta acelerada, cuando se produce una divergencia en un grupo, en vez de intercambiar argumentos, para cerrar el debate se le pide a la IA que resuelva instantáneamente cuál es “la verdad”, lo que también está teniendo lugar en las RRSS, lo cual es un evidente retroceso de la facultad humana de pensar, que siempre se dijo que nos separaba de otros animales. Hoy se retrocede, ya que se renuncia a su uso en favor de un ente artificial.

Ojalá no se repita lo que pasó con la disminución de la lectura de libros, o en la sala de clases, cuando en el siglo pasado apareció la calculadora de bolsillo, que produjo la virtual desaparición de la memorización de las cuatro operaciones, lo que ocurrió antes que los educadores se pusieran de acuerdo si ello era bueno o malo. Algo similar se repitió en el caso de las tablets o el computador personal. Quizás, todo pasó porque en el momento que correspondía las preguntas adecuadas no fueron hechas, razón por la cual tampoco tuvimos respuestas oportunas.

Mi primer libro (“Un mundo cercano: el Impacto Político y Económico de las Nuevas Tecnologías”, Santiago, 1984) se escribió por la aparición de la computación, su historia y los cambios globales que se anticipaban para el mundo. Releerlo después de 42 años, por un lado, parece prehistoria lejana en comparación a las promesas que hoy anuncia la IA, aunque por el otro lado, las páginas dedicadas al rol de la ciencia y la tecnología en nuestra cultura y sociedad podrían ser escritas hoy.

Sobre todo, la comparación entrega lecciones de errores que no se debieran volver a cometer, tales como no entender la velocidad con la que todo puede cambiar. Es decir, ya tenemos esas experiencias y, por lo tanto, es necesario prepararse para un proceso que va a ser mucho más profundo y rápido. Nada menos que Elon Musk una de las personas mejor informadas, en entrevista con The Economist nos alerta que “la IA puede superar a la inteligencia humana en 5 años”. Puede ser exageración o exceso de entusiasmo, pero no hay duda de que se trabaja, se invierte y se hace investigación en temas de frontera como que la IA adquiera inteligencia autónoma o también conciencia. Al respecto, útil es recordar que con la computación hubo exceso de optimismo en algunas predicciones como la oficina sin papeles, pero también anuncios que parecían de ciencia ficción se materializaron en breve lapso.

Corresponde entonces reforzar lo que parece propio del ser humano, como la capacidad de pensar o tener conciencia. También, que nada debilite al lenguaje, ya que gracias a él evolucionamos hasta ser la especie dominante, a pesar de nuestra debilidad física, ya que su aparición fortaleció la cooperación entre los cazadores como también permitió una mejor adaptación a la evolución, que otras especies, desde neandertales a dinosaurios no pudieron lograr. A defender entonces el pensamiento, a pesar de que es obvio que algunas habilidades van a ir desapareciendo, tal como disminuyó enormemente en el último siglo, tanto la necesidad como el uso de la memorización, gracias a la cual llegaron hasta nosotros obras clásicas de la antigüedad como La Odisea, por siglos transmitida oralmente antes de la escritura, hoy presentada a nuevas audiencias a través del cine.

La IA también debiera obligarnos a reforzar la ética, ya que en forma creciente vamos a entender que hay un uso ético de ella, pero también un uso que no lo es, por ejemplo, donde se ubicaría la utilización de la IA para vínculos afectivos con seres queridos. ¿Sería correcto o un engaño?

En un aspecto más general, estoy convencido que la IA va a obligar a los sistemas políticos a reforzar constitucionalmente la protección de nuestro cerebro para evitar controles externos, transformándolo en línea roja, en la última barrera que la IA no debiera penetrar, castigando todo intento de manipulación, y ojalá se actúe rápidamente en regular ese aspecto, para no repetir la experiencia de lo que no se hizo en la computación y RRSS, ya que hoy sabemos que se permitió que los algoritmos polarizaran el funcionamiento de la democracia y se posibilitó que las redes sociales crearan adicción en niños y adolescentes totalmente desprotegidos.

Elon Musk advirtió que en cinco años años la IA puede superar a la inteligencia humana (REUTERS/Gonzalo Fuentes)

Hablamos de neuroderechos que se agregan en este siglo XXI a los derechos humanos del siglo XX, como característica de esta era histórica que nos ha tocado vivir, la de convivir con la IA, a la que insisto debiéramos cambiarle la I de inteligencia por una nueva palabra o concepto, que describa más adecuadamente lo que van a hacer, y que respete el elemento clave de nuestra evolución, aquel que le permitió a Darwin enseñar que sobrevivían mejor no los más fuertes, sino aquellos que tenían mayor capacidad de adaptación. Ahora, se nos pide una nueva adaptación de signo distinto, pero integrando una evolución que nos permite ver en la IA no una confrontación sino una convivencia, toda vez que hasta ahora es otra creación del homo sapiens, un producto de creación tan humana como puede serlo una novela, una película o el invento hasta ahora más formidable del ser humano, cual lo es la rueda.

En todo caso seguimos sin poder definir lo que constituye la esencia de la inteligencia, solo sus indicadores, entre los cuales sobresale la capacidad de extraer información del entorno que nos rodea. Sin embargo, tampoco sabemos cómo jerarquizar automáticamente la calidad de la información que nos llega, con un agregado, la información es un recurso que a diferencia de otros crece al compartirse, es decir, al multiplicarse. No ocurre con otros recursos que, como los minerales o agrícolas al consumirlos, disminuyen o desaparecen. Por eso, el rol tan especial de la información que la hermana con el amor, que también crece al ser compartido.

Si aceptamos que se apliquen las mismas tablas a seres humanos, animales y entes o máquinas, todavía el ser humano inteligente puede diferenciarse de toda otra competencia o convivencia, por algo que va a conservar hasta el día que la IA nos diga que está pensando. Ese “algo” diferenciador es producto de su capacidad única para pensar, y consiste en la posibilidad de jerarquizar la abundancia informativa que estamos recibiendo, y a veces, sufriendo. Por lo tanto, no se debiera abandonar, y, por el contrario, se debiera buscar el perfeccionamiento de la capacidad de jerarquizar, porque no toda información es útil o necesaria.

El Premio Nobel Herbert Simon observó en 1971 que la abundancia de información podría generar escasez o déficit de atención. Todo indica que lo anterior va a aumentar con la IA. En este escenario, la acción de jerarquizar la enorme cantidad de información existente sirve para separar la paja del trigo, y puede jugar un rol clave, para evitar que aumente la actual sensación de sentirse abrumado por el volumen que recibimos a todo instante, jerarquización que los seres humanos van a tener que aprender a hacerla en forma casi automática, aprovechando que las máquinas todavía no piensan.

Para muchas personas, la IA resuelve el problema de tener información confiable en forma inmediata y con un costo insignificante, aunque no soluciona el problema central, ya que nada asegura que una buena información produzca una buena decisión. Por lo tanto, mientras la IA no piense, se mantiene una ventaja para el ser humano, ya que, aunque abunde el análisis, la verdadera ventaja la sigue dando la capacidad de jerarquizar, y esa puede seguir siendo la gran ventaja, siempre y cuando el humano haga el esfuerzo de mantener lo que lo ha conducido a su actual sitial. Ese sitial incluye la creación y aparición de la IA, para la cual, el ser humano, el mono desnudo del que hablaba el zoólogo Desmond Morris, desarrolló la capacidad de pensar, y ahora se le exige luchar para conservarla.

Exigencia vital mientras la IA no piense en forma autónoma, lo que puede ocurrir antes de 5 años según Elon Musk o idealmente, nunca, pienso yo.

Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)

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