Argentina, la mejor en superávit, la peor en riesgo país
En los tableros de control de la economía regional, Argentina exhibe hoy un trofeo inusual: un superávit fiscal que lidera las métricas de la región. El Estado gasta menos de lo que recauda, una regla de oro que en los manuales de economía suele ser sinónimo de estabilidad inmediata. Sin embargo, las pantallas de Wall Street cuentan otra historia. El riesgo país argentino sigue siendo el más alto del vecindario, un termómetro implacable que demuestra que el equilibrio en las cuentas públicas es solo el primer capítulo de un libro mucho más complejo.
Para entender esta paradoja, hay que mirar la moneda en la que se guarda el ahorro. El superávit fiscal significa que el Tesoro nacional logra acumular pesos, pero los compromisos de deuda que definen la prima de riesgo se pagan en moneda dura. La escasez de reservas netas en dólares del Banco Central sigue siendo el principal cuello de botella. Los mercados no solo aplauden que el país no gaste de más puertas adentro, sino que exigen certezas matemáticas de que habrá divisas suficientes en las bóvedas para honrar los abultados vencimientos internacionales.
Hasta ahora, el gobierno de Javier Milei cumplió con todos los compromisos en tiempo y forma. Además del ajuste en el Estado y de lograr superávit fiscal, la Argentina cuenta con superávit comercial, producto entre otras cosas de las exportaciones del agro, Vaca Muerta y la minería. Por esos motivos, el ministro de Economía, Luis Caputo, se cansa de repetir que es “injusto" que la Argentina tenga el mayor riesgo país de la región.
Solo algunos ejemplos sobran de muestra. Uruguay y Chile tienen un riesgo país por debajo de los 100 puntos básicos y Paraguay y Perú tienen menos de 120. Mientras que economías más grandes como las de Brasil o México pagan la mitad de lo que debería pagar hoy la Argentina si se le ocurre salir a los mercados internacionales.
Los analistas dicen que es ineludible el peso de la historia. En el mundo financiero, la memoria se cobra directamente en tasas de interés. El historial de reestructuraciones y defaults de las últimas décadas obliga a la Argentina a pagar una suerte de “peaje de desconfianza” que países vecinos, con un pasado crediticio mucho más monótono y predecible, no tienen que afrontar. Reconstruir la reputación de un deudor lleva años, mientras que el superávit actual lleva apenas unos meses.
Las barreras operativas tampoco ayudan a seducir a los grandes fondos. La persistencia del cepo cambiario (si bien Milei lo levantó en gran parte) actúa como una traba para el flujo natural del capital internacional. Un mercado financiero con restricciones severas para la entrada y salida de divisas genera distorsiones que dificultan proyectar inversiones a largo plazo, limitando el entusiasmo que podría generar el orden fiscal.
“El mercado no solo audita balances, también proyecta escenarios sociales. La sostenibilidad política del ajuste es la gran pregunta que se hacen los acreedores”, dice una fuente de Wall Street que prefiere mantenerse en el anonimato.
Las calificadoras de riesgo necesitan convencerse de que este superávit no es rareza temporal lograda a fuerza de licuaciones excepcionales, sino un consenso institucional sólido capaz de sobrevivir a los inevitables vaivenes electorales. El orden fiscal logró plantar la semilla, pero para que el riesgo país finalmente ceda, esa confianza todavía necesita de raíces más profundas.
El sacerdote jesuita y director del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), Rodrígo Zarazaga, dijo en el evento "Repensar Argentina" realizado a principios de mes en el Malba una frase que repercutió en el oído de los empresarios y políticos que estaban en el auditorio: "El Conurbano no entra en Vaca Muerta. Si la élite no es capaz de proponer un futuro, no tenemos posibilidad de desarrollo. Ahí a veces noto que todas las élites argentinas estamos disociadas".
Por su parte, en Economía sostienen que “la macro es la sumatoria de la micro. Esto no quiere decir que a todas las empresas les tenga que ir bien. Hay un nuevo modelo, basado en la inversión y competencia, y el que no se adapta, corre el riesgo de quedar en el camino”. “Se terminó la Argentina donde los ciudadanos subsidian a las empresas ineficientes, debiendo pagar por un bien 3 o 4 veces lo que vale en cualquier otro país. La transición está siendo ordenada, por eso la economía crece. Si no fuera así, estaríamos en una megarecesión”, sostienen.
En Economía la confianza sobra para asegurar que el modelo llegó para quedarse. Milei también asegura que de ninguna forma emitirá ni pondrá en la calle un "plan platita" para las elecciones.
Ahí está la tensión de fondo. Ya se escribió repetidas veces que la Argentina ya aprendió que no alcanza con ordenar la macro por decreto ni con confiar en que los mercados harán el resto. También aprendió que sin cuentas públicas consistentes no hay estabilidad duradera. El desafío es evitar que el péndulo vuelva a moverse entre el facilismo fiscal y el ajuste sin horizonte. La deuda exige seriedad; las reservas, paciencia; la microeconomía, sensibilidad. Gobernar la economía es atender las tres cosas a la vez.
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