El problema no es Milei: son quienes lo aplauden
El descubrimiento de América dio origen a cambios esenciales. Al abrir un mercado tan amplio y nuevo a todas las mercaderías de Europa, promovió en las artes una ulterior división del trabajo y posibilitó adelantos que de otra manera nunca hubieran podido tener lugar en Europa, y creció con él el ingreso y la riqueza real de todos sus habitantes… La plata del nuevo continente parece, de esta manera, ser uno de los productos principales por el cual se hace el comercio entre las dos extremidades del viejo continente, y es por intermedio de este comercio, en gran medida, que estas partes distantes del mundo son ligadas entre sí (…) Sin embargo, para los indígenas de las Indias Orientales y Occidentales, todos los beneficios comerciales que podrían haber resultado de estos acontecimientos se han hundido y perdido en las desgracias espantosas que han ocasionado.”
1. A todos nos pasó alguna vez: presenciar una pelea entre dos personas en la que uno de los dos pierde la calma. Uno que le dice cosas como “mierda humana” o “sorete mal cagado”. ¿Qué hacemos? Según las distintas personalidades, intentamos interceder para que el que entró en exabrupto (algunos lo llaman brote) se calme. Una vez que lo conseguimos, si lo logramos, lo menos que se le puede pedir a aquel que insultó es que pida disculpas. Si no lo hace –sabemos que estamos narrando algo elemental entre personas civilizadas–, le pedimos que se retire del lugar para que se recompongan, ni más ni menos, las formas de convivencia.
2. ¿Qué pasa si ese insulto se multiplica por seis millones de personas? ¿Si lo que se le dijo a Marcelo Bonelli por X se replicase en la Bolsa de Comercio de Rosario a cada uno de los morosos de la Argentina? No estamos hablando de ideologías, de rumbos, de ideas. Estamos hablando de algo que, incluso, está antes: se trata de lo elemental que permite el diálogo, el avanzar, la comunicación. Si el insulto intolerable se multiplica de esta manera, la reacción humana obvia es frenar lo que pasa.
3. Hay consenso en que los aplausos, tanto en el Council de las Américas como en la Bolsa de Comercio de Rosario, hacia el Presidente fueron menos. Pero existieron, siguen existiendo, pese a que las formas se extreman. Milei avanza sobre algo que es diferente, incluso, de la grieta: a la manera del populismo más clásico, exacerba un “nosotros” y “ellos” que solo puede terminar con enfrentamientos más intensos. Peores.
4. La pregunta por la salud mental es lícita. Hay actitudes, cuanto menos, llamativas en las tres últimas apariciones públicas del Presidente. Pero la suma de insulto al supuesto (repetimos: supuesto) enemigo y la displicencia en el manejo de la cosa pública también encierra algo metodológico, político, estratégico.
5. La lumpenburguesía es un concepto acuñado en los años 20 y popularizado en 1972 por André Gunder Frank, uno de los principales exponentes de la teoría de la dependencia, para describir a las élites económicas y políticas de países periféricos –sobre todo latinoamericanos– que carecen de la capacidad o la voluntad de formular un proyecto nacional autónomo. A diferencia de una burguesía clásica que construye instituciones, infraestructura productiva y un horizonte político propio, la lumpenburguesía actúa como intermediaria local de intereses externos: administra recursos y poder para maximizar ganancia y permanencia en el cargo, no para desarrollar un proyecto de país, funcionando de hecho como “sirvienta” de potencias o intereses dominantes antes que como clase dirigente en sentido pleno.
6. El matiz entre una clase dirigente activa y una cohorte de aplaudidores es clave en el debate sobre el desarrollo. Es aquí donde se impone la necesidad de detener un camino que puede terminar en un problema institucional aún más serio.