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infobae.com · hace 18 horas · Jennifer Pérez Olivera

La salida del único portaaviones estadounidense en Asia y el poder de la percepción

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Un portaaviones no necesita lanzar sus aviones ni disparar sus armas para cumplir una función estratégica. Su mera presencia alcanza para advertirle al enemigo que cualquier acción tendrá una respuesta. Pero así como su presencia nos advierte de algo, su ausencia también lo hace.

En los últimos días, el USS George Washington, el único portaaviones estadounidense desplegado permanentemente en Asia, abandonó el Pacífico occidental y ya se encuentra en el mar Arábigo. Fue enviado hacia Oriente Medio para relevar al USS Abraham Lincoln, cuyo despliegue en apoyo a las operaciones contra Irán superó los 250 días en el mar.

Casi al mismo tiempo, Donald Trump ordenó reducir sustancialmente los ejercicios militares que Estados Unidos realiza con Corea del Sur.

La coincidencia entre ambas decisiones no significa que Washington haya abandonado Asia. Pero sí transmite un mensaje que puede ser interpretado de diferentes maneras. Porque la política internacional funciona mediante hechos, pero también mediante percepciones. No importa solamente lo que una potencia puede hacer. Importa, principalmente, lo que los demás creen que está dispuesta a hacer.

En mayo de 2025, durante el Shangri-La Dialogue celebrado en Singapur, el secretario de Defensa Pete Hegseth definió al Indo-Pacífico como el “teatro prioritario” de Estados Unidos. El mensaje era claro: Washington debía concentrar allí sus recursos para contener a China y evitar que las guerras prolongadas en otras regiones continuaran distrayéndolo de sus intereses principales.

Sin embargo, unos meses después, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 estableció un orden diferente. El hemisferio occidental pasó a ocupar el primer lugar (Venezuela y el Caribe), seguido por Asia, Europa y Oriente Medio. El documento también planteó la necesidad de reajustar la presencia militar global para responder a las amenazas más urgentes dentro del propio hemisferio.

No se trata de que Asia haya dejado de ser importante, sino de un cambio en la jerarquía de prioridades. Y ese cambio comenzó a verse en los despliegues. El USS Gerald R. Ford fue enviado al Caribe en el contexto de la presión sobre Venezuela; el USS Abraham Lincoln permaneció durante meses sosteniendo la campaña contra Irán y ahora el George Washington tuvo que abandonar el Pacífico para relevarlo.

La paradoja es evidente. Mientras Estados Unidos continúa describiendo al Indo-Pacífico como el escenario decisivo de su competencia con China, algunos de sus activos navales más importantes terminan respondiendo a crisis en el hemisferio occidental y Oriente Medio.

¿Significa esto que Estados Unidos ha renunciado a contener a China? No. ¿Significa que dejará de defender a Corea del Sur o Japón? Probablemente tampoco. Pero sí demuestra que Washington tiene enormes dificultades para concentrar sus recursos en una región sin desatender las crisis que se producen en otras partes del mundo.

El Pacífico no queda vacío de presencia estadounidense. Washington mantiene bases en Japón, despliegues aéreos rotativos, bombarderos que operan desde Guam, redes de vigilancia y submarinos de ataque. A eso se suma el peso militar de sus aliados regionales, especialmente Japón, Corea del Sur y Australia.

Sin embargo, el portaaviones tiene un valor distinto. El George Washington no es solo una plataforma de combate, es una herramienta de proyección inmediata de poder, capaz de moverse sin depender de infraestructura fija y de concentrar una gran cantidad de aeronaves en un solo punto. También funciona como un indicador político visible del nivel de compromiso estadounidense. Su presencia refuerza la idea de intervención posible; su ausencia, en cambio, abre interrogantes.

En ese punto entra en juego la disuasión. No se trata únicamente de capacidad militar, sino de percepción. Hacer creíble que el uso de la fuerza es una opción real. Para eso no alcanza con tener medios; también es necesario que el adversario crea que serán empleados si es necesario.

Como ya sugería Sun Tzu, la mejor victoria es la que no requiere combate. En términos modernos, eso sigue traduciéndose en lo mismo; la fuerza funciona cuando no necesita ser usada, pero se cree que puede serlo.

La salida del portaaviones coincidió con la reducción de Ulchi Freedom Shield, el ejercicio que Estados Unidos y Corea del Sur realizan para preparar una respuesta conjunta frente a un posible ataque norcoreano. Las maniobras comenzaron el 17 de agosto y debían finalizar el día 27, pero fueron reducidas de once a cinco días. Algunos entrenamientos sobre el terreno fueron cancelados o sustituidos por simulaciones, mientras que la segunda fase, destinada a practicar operaciones de contraataque, quedó sin efecto. El Pentágono aseguró que los objetivos esenciales de preparación militar serían preservados.

Pero el problema no se encuentra únicamente en la cantidad de días. La decisión sorprendió incluso a funcionarios de Corea del Sur y de los propios Estados Unidos.

El dato parece menor, pero no lo es. Una alianza militar no se sostiene únicamente mediante tratados y declaraciones de amistad. También necesita consultas, coordinación y previsibilidad. Si un aliado se entera de una decisión que afecta su seguridad cuando esta ya fue anunciada, comienza a preguntarse cuánto participa realmente en la alianza.

Y si esa decisión aparece relacionada con otros desacuerdos -como el costo de las maniobras, las negociaciones comerciales o la negativa surcoreana a involucrarse en la guerra contra Irán-, la duda se vuelve todavía mayor. Entonces, la seguridad comienza a parecer una negociación.

Este escenario podría impulsar a Corea del Sur a fortalecer sus propias capacidades militares, buscar una mayor autonomía o incluso, por qué no, reabrir el debate sobre la adquisición de armas nucleares. No porque sospeche que Estados Unidos ha dejado de ser su aliado, sino porque podría preguntarse si, en medio de otra crisis, la potencia encargada de protegerla tendrá la atención y los recursos necesarios para afrontar un nuevo frente.

Las decisiones también son observadas por los adversarios. Y si esto lo puedo ver una mera observadora externa, también pueden verlo los enemigos o competidores de Estados Unidos.

Corea del Norte puede interpretar la reducción de los ejercicios como una oportunidad para retomar el diálogo. China, por su parte, podría beneficiarse de una menor presencia estadounidense para aumentar sus patrullajes, intensificar los ejercicios militares cerca de Taiwán o poner a prueba la capacidad de respuesta de Japón y Filipinas.

Esto no significa que Beijing esté preparando una invasión. Las oportunidades estratégicas no siempre son utilizadas para iniciar una guerra. Muchas veces sirven para avanzar lentamente, modificar los límites y transformar en normal aquello que, poco tiempo atrás, habría sido considerado una provocación.

Y aunque el vaciamiento de un recurso estratégico sea inevitable -puesto que la omnipresencia se la dejamos a Dios-, en seguridad internacional cada pieza del ajedrez que se mueve puede abrir nuevas oportunidades al contrincante.

Por otro lado, la opinión pública también tiene algo que decir. Las sociedades no analizan la disuasión leyendo documentos militares. La analizan a través de las imágenes que reciben, las noticias que leen y las señales que perciben de sus líderes políticos. Observar un portaaviones que abandona la región, unos ejercicios que se acortan y un gobierno aliado que reconoce haber sido sorprendido puede debilitar el valor de las declaraciones sobre compromisos “inquebrantables”.

Estados Unidos posee una capacidad militar incomparable. Pero esa capacidad no es ilimitada. Un portaaviones enviado a Oriente Medio no puede permanecer simultáneamente frente a China. Una tripulación desplegada durante meses no puede sostener para siempre el mismo nivel de disponibilidad. Un sistema militar sometido a crisis permanentes, tarde o temprano, debe decidir dónde concentrar sus recursos.

Entonces, cabe preguntarse: ¿cuántas regiones pueden ser prioritarias al mismo tiempo? ¿Cuántas guerras puede sostener una potencia sin debilitar la disuasión en otros escenarios? ¿Y qué sucede cuando sus aliados comienzan a sospechar que, frente a una crisis, alguno tendrá que esperar?

Es posible que el George Washington regrese al Pacífico y que la presencia estadounidense sea restablecida rápidamente. Los buques pueden cambiar de rumbo, las tropas pueden ser movilizadas y los ejercicios pueden volver a ampliarse. La confianza, en cambio, no se desplaza con la misma facilidad. Porque la disuasión no comienza a fallar cuando una potencia pierde todas sus armas; comienza a fallar cuando el otro deja de creer que llegarán a tiempo.

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