Tener hijos necesita un futuro que dé ganas
Entre 2013 y 2023 los nacimientos en Argentina cayeron alrededor de un 40%: de unos 770.000 a 460.000 por año. La tasa de fecundidad ronda hoy 1,4 hijos por mujer, bien por debajo de los 2,1 necesarios para que una generación reemplace a la anterior. No es un dato de esta gestión ni de la anterior: la caída se viene acelerando desde 2014, atraviesa gobiernos de distinto signo y buena parte del mundo. Discutir sus causas con seriedad es imprescindible para entender mejor qué se puede hacer.
Por eso es necesario entender que no toda baja de nacimientos es igual de preocupante. El hecho de que los embarazos en la adolescencia hayan caído cerca de un 65% en la última década es una buena noticia, no un problema a resolver. El verdadero desafío aparece cuando alguien que quiere tener un hijo no puede, por plata, por tiempo o por falta de red. Ahí está el problema real: no en que la gente decida distinto, sino en que a veces no tenga la libertad de decidir.
Las razones detrás de la caída son muchas. Algunas son signo de progreso: más acceso a anticoncepción, más autonomía de las mujeres, más años de estudio. Pero hay otras que no deberían dejarnos tranquilos.
La primera es material: criar cuesta caro y cada vez más. Trabajo precario, salarios que no alcanzan y un mercado de la vivienda que expulsa a las parejas jóvenes de la posibilidad de una casa propia. Tener un hijo hoy exige una estabilidad que a muchos se les volvió esquiva.
De la segunda razón se habla menos, aunque pesa tanto como la económica: la incertidumbre sobre el futuro. Tener un hijo es una apuesta a diez, veinte, treinta años. Es difícil hacer esa apuesta cuando el horizonte se percibe incierto o directamente negro. Ninguna transferencia ni licencia, por bien diseñada que esté, alcanza sola: hace falta también poder imaginar que vamos a querer traer a personas a este mundo porque dentro de 30 o 50 años van a tener una linda vida.
Esto no es solo una cuestión privada. Una sociedad que envejece más rápido de lo que reemplaza a su población activa tensiona el sistema previsional, el mercado laboral y su capacidad de sostenerse en el largo plazo. Los mayores de 65 años ya son el 12,5% de la población argentina, cuando en 1869 eran apenas el 2%. Si vamos a poder pagar las jubilaciones dentro de veinte años depende, en buena medida, de esto.
Por eso la respuesta tiene que incluir un foco en cómo remover los obstáculos materiales que hoy les impiden a muchos formar la familia que desean, y empezar a construir y a contar futuros que den ganas de vivir: ciudades pensadas para criar, trabajos que no devoren el tiempo de cuidar, comunidades donde no haya que hacerlo en soledad. Nadie debería sentirse presionado a tener hijos que no quiere. Pero a quien sí los quiere, hoy le estamos poniendo delante una realidad sin plata y sin horizonte para imaginarlos creciendo. Sacar esos dos obstáculos, el material y el de la imaginación, es la tarea pendiente.