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perfil.com · hace 19 horas · Fernando Ruiz

El periodista y las normas sociales

Fernando Ruiz

La forma que tenemos de pensar y de actuar en las distintas situaciones sociales que vivimos muchas veces es influida por el periodismo. Encontramos modelos y aprendemos actitudes, entre otras cosas, viendo lo que los medios periodísticos nos muestran.

Eso es lo que llamamos normas sociales, que son los comportamientos regulares de las personas. Los expertos distinguen entre normas sociales prescriptivas, que son las que percibimos que la sociedad cree que hay que hacer, y las normas sociales descriptivas, que son las que efectivamente la sociedad mayoritariamente hace.

El periodismo puede influir en los cambios de ambos tipos de normas sociales, porque sabemos que la información y opiniones que recibimos las estamos recibiendo junto con otros, no en forma individual. Es un consumo que sabemos compartido y podemos presumir que va a influenciar a los otros. Y suele ocurrir que cuando empezamos a revisar algunas actitudes u opiniones, ese mismo proceso en ese momento lo están haciendo muchas otras personas que estuvieron sometidas a esos mismos estímulos. Mientras vemos juntos lo que ocurre en las plataformas periodísticas, se da un flujo de ajustes mutuos entre los distintos sectores sociales. De alguna forma, estamos sincronizando con otras personas nuestros cambios individuales y eso es lo que puede ir consolidándose como un cambio social.

En la medida en que la prensa revela que una norma legal es colectivamente desobedecida (por ejemplo, pagar impuestos o blanqueos laborales) eso puede alentar a esa misma actitud. Sabemos que hay un daño colectivo pero no tememos las sanciones sociales porque “todos lo hacen”. Así, si nos convencemos que una conducta dañina es común, es posible que tendamos a naturalizarla. El académico y político colombiano Antanas Mockus dice que se consolida una triple impunidad: ni el Estado, ni la sociedad, ni uno mismo se sanciona.

El periodismo suele ser eficaz en convencernos de lo que efectivamente se hace. Gran parte de la labor profesional es señalar y descubrir tendencias sociales, es decir, nuevas normas sociales descriptivas. Si hay mucha frecuencia en esa cobertura se genera la idea de que es un comportamiento muy extendido. Eso altera nuestra métrica mental: es nuestro cálculo estimado de lo que “la mayoría hace”.

Si se publica que crece la cantidad de adolescentes que hacen apuestas online, puede ser que contribuyamos a difundir esa tendencia. Siempre ha ocurrido que el periodismo, que busca tendencias novedosas para revelar, a veces contribuye a su amplificación. Es inevitable. Pero el periodismo no puede dejar de hablar de esos temas para no propagar su contagio. Se necesita trabajar más su contexto, pero no sacarlos de la agenda.

El investigador bahiense Esteban Freidin, experto en economía del comportamiento y psicología social, dice que a partir de la información periodística siempre hay gente que puede percibir un problema como muy extendido, y eso la predispone a actitudes y medidas precautorias un poco exageradas. Dice que se necesitan “señales realistas” que orienten sobre “la probabilidad real de ocurrencia de ese tipo de comportamientos”.

En cualquier espacio periodístico se da una discusión sobre cuáles son las normas sociales reales y cuáles las debidas. Esos paneles de periodistas se convierten en tribunales donde se juzgan las normas, y esa deliberación pública contribuye a definir lo aceptable, lo discutible y lo rechazable en una sociedad. Esta ha sido la historia del periodismo, y también la de la conversación pública: el lugar donde también se definen los estándares morales de la comunidad.

Por ejemplo, tras el mundial de fútbol se discutió el racismo en Argentina. La norma social prescriptiva (lo que decimos) es que todos son iguales más allá del color de la piel, la norma social descriptiva (lo que hacemos) muestra que la sociedad tiende a segregarse por el color de la piel. Ya en una anterior columna, La prensa y sus públicos invisibles, decíamos que “el color de la piel es una señal de distinción en la Argentina. Si hay muchos morochos o mestizos, los boliches, los bares y restaurantes, las playas, etcétera, tienden a perder reputación”, y se va produciendo algún tipo de segregación social. Pero que nos acusen de racistas nos ofende porque contradice nuestra norma social prescriptiva. Refuta nuestra autopercepción de país socialmente integrado. Pero ese es uno de los momentos estelares del periodismo: cuando revela la diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Visibilizar esa disonancia incentiva la discusión sobre nuestro comportamiento, la que puede llevar tanto a una revisión de nuestras actitudes como, al revés, a una cierta legitimación de la conducta criticable.

En sociedad actuamos mirando a los otros, tratando de tener sintonía, incluso cuando queremos romper con esa sintonía. Es inevitable que miremos a los otros para ajustar nuestro comportamiento, por lo que monitoreamos las expectativas sociales de los otros, o lo que creemos percibir que son sus expectativas.

Por eso, así como los otros tienen una fuerza informativa sobre nosotros, también tienen fuerza normativa sobre nosotros, que puede ser más poderosa que una ley.

Muchas veces, los cambios en las normas sociales han surgido por movimientos colectivos –donde el periodismo incidió– que transformaron las creencias básicas, cambiaron los valores y, finalmente, las actitudes. En ese proceso, el periodismo a su vez se transformó a sí mismo: cambia su vocabulario, el encuadre y las fuentes a las que consulta.

Dos ejemplos son la transformación de la relación con el medio ambiente y las relaciones de género. En el último caso, el movimiento #NiUnaMenos desde el 2015, que estalló tras el crimen de Chiara Páez, de 14 años, asesinada por su novio en Rufino, Santa Fe, aceleró un cambio sísmico en creencias y valores –en sintonía global– relacionadas con los modelos de convivencia, los roles en el trabajo y en el hogar, entre muchas otras cosas.

Estas transformaciones de las normas sociales, impulsadas por gran parte del periodismo profesional, después empujan los cambios en las normas legales. Entonces la nueva legislación tiende a tener un alto acatamiento, porque suma la fuerza legal a la social.

Frente a eso, las zonas de baja cultura de la legalidad son donde las normas sociales contradicen a las normas legales. En aquellos temas donde no se dio el cambio de normas sociales, se resiste con la lógica de un personaje de la novela La silla del águila, del mexicano Carlos Fuentes: “Para conservar las costumbres, violemos las leyes”.

23_08_2026_maestra_cedoc_g