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clarin.com · hace 1 hora · Clarin.com - Home

Malos perdedores

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Durante la ceremonia de toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de Perú, el 28 de julio, hubo protestas en el centro histórico de Lima, varias encabezadas por Roberto Sánchez, candidato perdedor en segunda vuelta. Algunos congresistas de Juntos por el Perú y Ahora Nación abandonaron el hemiciclo, mientras otros usaron crespones fúnebres o dieron la espalda durante el mensaje presidencial.

En Colombia, el presidente saliente Gustavo Petro se ha negado a reconocer el triunfo de Abelardo de la Espriella, alegando fraude sin presentar pruebas. Incluso Iván Cepeda, candidato perdedor de su partido, reconoció la victoria. La negativa de Petro ha afectado la legitimidad del presidente entrante. ¿Qué implican estos comportamientos y cuáles son sus efectos sobre la estabilidad democrática?

El consenso del perdedor es fundamental para el funcionamiento de las democracias. Cuando los candidatos derrotados reconocen el triunfo de los electos, refuerzan la legitimidad que estos obtienen mediante los votos. En Estados Unidos, por ejemplo, el discurso de concesión forma parte de la tradición democrática.

Rechazar los resultados es comprensible cuando existen evidencias claras de fraude, como ocurrió en Venezuela en 2024. Pero cuando no las hay, desconocer la derrota genera problemas de largo alcance y alimenta la polarización. En el siglo XXI, algunos episodios han pasado de ser anécdotas a convertirse en graves crisis institucionales: México en 2006, Estados Unidos en 2020-2021 y Brasil en 2022-2023.

En México, Andrés Manuel López Obrador perdió las elecciones de 2006 frente a Felipe Calderón por 0,56%. No aceptó el resultado y denunció fraude. Durante casi un mes y medio, su partido y seguidores ocuparon el Zócalo y una de las principales avenidas de Ciudad de México. El 20 de noviembre realizó una toma de protesta como “presidente legítimo”, con banda presidencial y gabinete.

Donald Trump tampoco reconoció el triunfo de Joe Biden en 2020. Su negativa culminó el 6 de enero de 2021, cuando sus seguidores asaltaron el Capitolio durante la certificación de los resultados. Hubo al menos cinco muertes, cientos de heridos y un aumento de la polarización política.

En Brasil, la negativa de Jair Bolsonaro a aceptar la victoria de Lula da Silva en 2022 desembocó en el asalto a la plaza de los Tres Poderes, en Brasilia, el 8 de enero de 2023. Hubo vandalismo y más de 1.500 detenidos.

Estos casos se resolvieron institucionalmente, pero sus efectos permanecen. Bolivia, en 2019, muestra también los riesgos de cuestionar o manipular los procesos electorales. Tras la polémica reelección de Evo Morales, la desconfianza y la polarización provocaron movilizaciones con muertos y cientos de heridos.

Aceptar la derrota favorece la cooperación y reduce la polarización. Cuando falta el consenso del perdedor, las instituciones pueden contener sus efectos, pero en contextos de debilidad institucional y alta polarización el rechazo electoral puede convertirse en un detonante de violencia. Estos casos muestran el peso de liderazgos personalistas y movimientos políticos poco institucionalizados. Los partidos pueden ser incapaces de frenar esta dinámica y terminar subordinándose al líder.

El consenso del perdedor es una condición necesaria no solo para legitimar a los nuevos gobernantes, sino para preservar la estabilidad política y la continuidad democrática. Por ello, debe ser una preocupación de toda la ciudadanía, no únicamente de las élites políticas.

Fernando Barrientos

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