La cultura troll como política de Estado
“Cuando nuestro odio es violento, nos hunde incluso por debajo de aquellos a quienes odiamos”, sostenía François de La Rochefoucauld. Ese apunte acerca de la naturaleza humana y del ejercicio del poder pertenece al siglo XVII, pero tiene la vigencia invencible de las grandes verdades universales. Quizá haya llegado la hora de que los “ingenieros del caos”, exitosos para una primera etapa de conquista y consolidación, revisen un poco la administración de su principal insumo básico -el rencor-, puesto que su uso y abuso sostenidos en el tiempo están resultando un boomerang que promueve la fatiga popular, despierta antipatías y a veces produce espanto. La irrupción de la figura de Fernando Cerimedo -acusado de contratar en Bolivia a dos sicarios para asesinar a su pareja- devolvió al primer plano las artimañas fundamentales de las que se sirvió Javier Milei para ganar y gobernar: la utilización de “milicias digitales” -plagadas de fanáticos, rentados e inescrupulosos- y de gigantescas “granjas de trolls” para desacreditar personas, amedrentar voces, instalar noticias falsas y defender lo indefendible.
Milei ha montado una máquina de barro con vida propia, y no duda en enlodar a todos los vecinos ideológicos y a todas las veredas políticas
Cerimedo, que había servido a Bolsonaro en Brasil y que era un energúmeno profesional, ofreció luego su tecnología repugnante al outsider argentino. Un encuentro decisivo: el hambre con las ganas de comer, el mercenario del odio con el odiador natural y orgánico. La palabra troll, que los identifica a los dos por igual, proviene de una técnica con anzuelo para pescar en el río revuelto de las redes y también de aquellos monstruos originales de la mitología vikinga, que según National Geographic eran “brutales y codiciosos”, y se dedicaban a “aterrorizar a comunidades indefensas”. Ya conocemos los éxitos pírricos y los estragos que este marketing político cargado de bullying, divisionismo, demonización y mentiras direccionadas ha causado en el mundo entero, y también sabemos que ese fenómeno fue utilizado aquí como manual y estilo de gobernabilidad. Porque más allá del alejamiento del otrora asesor presidencial a raíz de la turbia causa Andis, lo cierto es que Milei continuó con sus métodos e instauró de hecho su cultura troll como política de Estado. Trolear, por lo tanto, se ha transformado en el gran verbo de su gestión. Ese vocablo, según el Diccionario de la Lengua Española, significa: “publicar en foros de internet mensajes provocativos, ofensivos o fuera de lugar con el fin de boicotear algo o a alguien, o entorpecer una conversación”. El libertario no se ha limitado al mundo digital, también ha utilizado tribunas del universo analógico y micrófonos al paso para trolear a mandatarios extranjeros, como lo hizo en España y en Brasil provocando graves conflictos diplomáticos. Troleó a economistas de nota y buena fe, a periodistas independientes, a artistas díscolos, a encuestadores rigurosos y a empresarios acobardados. Englobemos a todos en una sola palabra: meros discrepantes de su dogma y de su praxis. En las últimas apariciones públicas se ha permitido incluso trolear a la mismísima sociedad, desmintiendo las evidencias de sus penurias y cuestionando su creciente malestar, aunque cometiendo de paso una flagrante contradicción: “La foto sigue siendo horrible”, confesó en el Hotel Alvear y en una suerte de sincericidio, solo para a continuación asegurar, como supuesta compensación, que “la película es la mejor de la historia argentina”. Estamos mal pero vamos bien, dice el cineasta de nuestras vidas, pero resulta difícil creerle una promesa grandilocuente a alguien que ha mentido y errado tanto y de manera tan burda, y que utiliza la “contabilidad creativa” para seguir engañando giles: no sabemos a ciencia cierta qué sucederá en el futuro con la economía real, pero tomamos como cierto su diagnóstico del puro presente: “horrible”. No se sabe por qué niega entonces la actual caída de la actividad, del poder adquisitivo y del consumo masivo; el cierre de treinta mil empresas en solo dos años y medio, la explosión de casi cinco millones de morosos, la licuación de las jubilaciones para forzar el equilibrio fiscal y el malestar generalizado que se detecta en todos los sondeos del país. Es también asombroso descubrir que, consciente o inconscientemente, Milei no plantea una mera polarización con el kirchnerismo, sino contra todos y cada uno de sus “enemigos”, incluidos a los liberales dialoguistas con quienes sus ministros políticos intentar tejer una alianza electoral. Milei ha montado una máquina de barro con vida propia, y no duda en enlodar a todos los vecinos ideológicos y a todas las veredas políticas. Disociado de su propio gabinete, encapsulado en Olivos, habilita que sus “muchachos” profieran agravios racistas y homofóbicos y él mismo patrulla la zona con insultos cada vez más dislocados y abyectos; cristalizado en una extraña fijación escatológica, durante las últimas horas llamó “mierda humana” a dos periodistas que lo cuestionaban. Avaló también, esta misma semana y en el mismo reino de los trolls, que una diputada de su entorno se riera públicamente de la expareja de Cerimedo: según el parte médico, la víctima estaba embarazada y recibió “heridas múltiples por proyectiles de arma con compromiso de mama derecha, brazo derecho y cuello y hombro izquierdo; una fractura expuesta conminuta de húmero derecho y una herida supraclavicular izquierda”. Trolear a los que sufren, alentar a los energúmenos profesionales y fomentar y reconducir el resentimiento anónimo es la nueva normalidad libertaria.
Trolear a los que sufren, alentar a los energúmenos profesionales y fomentar y reconducir el resentimiento anónimo es la nueva normalidad libertaria
Se sabe: el troleo es el deporte de los cobardes que necesitan ver sangrar a otros para sentir que están vivos. Y es además un caldo de cultivo para los vivillos que por plata le brindan estas prestaciones al populismo de derecha, facción ultramontana que le copia la gestualidad a los trolls y la transforma en formato de gobernanza. “Internet le dio voz a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad -pensaba Umberto Eco-. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Seamos justos: también le dio voz a personas de gran inteligencia y valía, pero es cierto que Steve Bannon y su grupo de reaccionarios han aprendido más que nadie a industrializar esa clase de idiotez y a convertirla en armamento pesado de sus propósitos.
Una gestión política debe valorarse por su efectividad y transparencia, aunque es innegable que la gente -el pueblo- también evalúa y registra algo mucho más subjetivo y emocional: la calidad humana de sus representantes. Y ese índice está bajísimo en nuestros lares y debería preocupar mucho a quienes trabajan para una reelección: el espectáculo de un hater que utiliza sistemática y escabrosamente los atributos y la inmunidad presidenciales para insultar a cualquiera provoca primero risas, luego estupor y más tarde horror y hartazgo. Pronto podría ocurrir lo peor: que esa patología sea piantavotos. Es además muy decepcionante constatar cómo para algunos puntillosos demócratas y republicanos de otros tiempos -ciudadanos sumamente educados- la grosería institucionalizada no tenga la menor relevancia: una vez más el fin justifica los medios. Olvidan algo que el pensamiento de T. S. Eliot prueba: no se puede hacer el bien con métodos malos. La cultura troll alcanza a varios leones herbívoros que para congraciarse con el líder mesiánico impostan sus mismas dentelladas: Séneca enseña que a quien realmente daña la maldad es a quien la practica.
Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.
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