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clarin.com · hace 5 horas · Clarin.com - Home

Cuando los gobiernos empiezar a hablar más del empleo de las personas y menos de la inflación para conservar su imagen

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La política muchas veces es un enfrentamiento entre dos personas que se resume en una de esas peleas de cuchilleros salidas de un cuento de Jorge Luis Borges. Después de todo, el escritor argentino sostenía que un hombre sabe quién es cuando enfrenta un instante (“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”, dice la frase exacta que pertenece al cuento “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, publicado en El Aleph).

A veces en la política sucede algo similar. Un dirigente huele el peligro y deja de lado sus ideas para sobrevivir sin importar qué dijo antes. Richard Nixon se dirigió al entonces titular de la Reserva Federal, Arthur Burns, de este modo: “No importa la combinación, siempre errále más a la inflación”. El presidente de EE.UU. quería que el desempleo bajara y para ello si había que ‘sacrificar’ algo era la inflación, por más que había prometido lo contrario.

En 1958 se publicó un trabajo de un economista neozelandés llamado Alban William Phillips. Quizás sin querer, elaboró una de las relaciones más intuitivas que hay entre dos variables de la economía y para la gestión práctica del ejercicio de la política económica: sugirió que los presidentes o los ministros de Economía podían elegir entre diferentes combinaciones de desempleo y tasa de inflación. Phillips analizó casi un siglo entero de datos relativos de Gran Bretaña y descubrió una relación inversa entre la tasa de desempleo y la tasa de crecimiento de los salarios: cuanto más elevada era la tasa de desempleo, menor era la tasa de incremento de los salarios. La investigación sugería que había una relación de intercambio entre la inflación de salarios y el desempleo.

Pero en 1970 ocurrió algo impensado para quienes habían suscripto aquella relación: el desempleo empezó a subir y la inflación también, incluso, con mayor prisa.

El rigor matemático y la precisión predictiva que habían caracterizado la construcción teórica ahora no funcionaban más y la curva de Phillips no solo era atacada sino que también el castillo keynesiano que se había edificado sobre los anteriores casi cincuenta años ahora era atacado. A punto tal que sus propios discípulos terminaron remordiéndose los labios. “La ensoñación de la figura de John Maynard Keynes se convirtió en una pesadilla”, dijo una discípula de él, Joan Robinson, en 1971.

Los economistas Milton Friedman y Edmund Phelps, que trabajaban por separado a fines de los sesenta (el primero en la Universidad de Chicago y el segundo en la de Columbia), pronosticaron la muerte de la curva de Phillips.

Más tarde, la teoría de las expectativas racionales sugirió que en el corto plazo las políticas de demanda podrían no conseguir aumentos de la producción y solo subir los precios.

En la actualidad, Javier Milei es un crítico de la Curva de Phillips. Incluso esta semana expuso, una vez más, que a su juicio no existe tal relación cuando dijo que “El desempleo no está volando, está en 7,8 por ciento” después de comparar la evolución de la inflación con gestiones anteriores de presidentes (Mauricio Macri) y tras llevar adelante un ajuste en la economía. Según las cifras del Gobierno, el empleo total (formal más informal) en los últimos años se incrementó. La oposición critica la caída del trabajo privado en blanco.

En la vida práctica hubo varios casos de líderes políticos que se encontraron frente al dilema de buscar a) bajar la inflación pero b) con el menor impacto posible en la desocupación. Hace poco el exsecretario del Tesoro de Estados Unidos Larry Summers dijo que los economistas no encontraron por el momento otra vía para desinflar que enfriando la economía.

Hay casos de estabilización como el Austral o la convertibilidad en la Argentina en que hubo caída de la inflación y la economía creció. Sin embargo, los trade-offs estuvieron rápidamente a la vista (con Carlos Menem la desocupación voló, diría Milei, al superar el 15%).

“Los militares le tenían terror a la recesión”, contó una vez José Martínez de Hoz, el ministro de Economía de la última dictadura. “Veían un desempleado como un guerrillero en potencia”.

El Ejército y la Armada le pidieron a Martínez de Hoz algo similar al planteo de Nixon a Phelps: bajar la inflación de tres dígitos anuales a dos dígitos para el final de la gestión, pero con la condición de no ‘perder el pleno empleo’, una expresión que los economistas utilizan para referirse a cuando la desocupación es friccional, o sea, personas desempleadas temporariamente, entrando y saliendo del mercado de trabajo.

En el libro La hora de los economistas (Binyamin Appelbaum) se cuenta que también en 1968 Nixon les dijo a sus asesores (el mismo año que se juntó con Phelps) que no se pierde una elección por la inflación. “A la gente le preocupa más el desempleo que el supermercado”. O que el ministro de Economía de Alemania Federal, Helmut Schmidt, dijera a los alemanes que podían sobrellevar mejor un 5% de inflación que un 5% de desempleo pese al recuerdo de la hiperinflación de los años 20.

Ezequiel Burgo

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