Opinión. El milagro del chacarero argentino
Si existe un “milagro del chacarero argentino”, no es cuánto produce ni cuánta tecnología incorporó. El verdadero milagro es que todavía esté ahí. Que después de más de dos décadas de retenciones, brechas cambiarias, crisis, falta de crédito, presión tributaria e infraestructura deteriorada, siga sembrando, invirtiendo y generando dólares para su país.
La tecnología, la siembra directa, el contratismo, la escala, la genética y la agricultura de precisión no fueron el milagro. Fueron las herramientas que necesitó para sobrevivir.
La magnitud del esfuerzo ayuda a entenderlo. Entre 2002 y 2021, según datos del BID analizados por la BCR, la Argentina acumuló casi US$200.000 millones de apoyo neto negativo para su sector agropecuario; Brasil, en cambio, registró cerca de US$190.000 millones de apoyo neto positivo. Son dos modelos muy distintos y sirven para dimensionar el contexto en el que compitió el productor argentino.
Pero el punto central no es Brasil. El punto es que, después de más de veinte años de soportar extracción de renta, costos crecientes, falta de crédito y reglas cambiantes, el chacarero argentino todavía sigue produciendo. Ese es el milagro.
La cuestión no pasa sólo por cuánto se le extrae al productor, sino también por cuánto cuesta producir. Gasoil, fertilizantes, fletes, repuestos, maquinaria y financiamiento presionan sobre márgenes que no puede recomponer aumentando precios, porque vende commodities a valores internacionales. En trigo, por ejemplo, la BCR mostró que fertilizantes y flete explicaban juntos 54% del costo de producción.
Ahí aparece la verdadera “doble nelson”: de un lado, costos argentinos que suben; del otro, precios internacionales que el productor no controla. Y en el medio, los DEX terminan de cerrar la pinza sobre márgenes cada vez más estrechos.
La urgencia ya no está sólo en las economías regionales. Llegó al corazón de la Pampa Húmeda. A fines de julio, la BCR calculó en región núcleo y campo alquilado márgenes de -US$14/ha para soja de primera y -US$82/ha para trigo; el maíz apenas alcanzaba US$41/ha. Cerca del 70% del área nacional de soja, maíz y trigo se trabaja bajo arrendamiento.
Con gran parte de los principales cultivos en márgenes nulos o negativos, acelerar la baja de DEX deja de ser una concesión fiscal o una promesa de largo plazo. Es una urgencia productiva.
El Gobierno redujo alícuotas de DEX y eso debe reconocerse. Pero la contradicción permanece: en 2026 las seis principales cadenas agrícolas aportarían alrededor de US$4.650 millones en DEX. El Gobierno sostiene que ese impuesto debe desaparecer, pero el Tesoro todavía depende de esa caja.
El desafío de Economía no es explicar por qué necesita esos dólares, sino construir las condiciones para dejar de necesitarlos. El equilibrio fiscal debe ser el punto de partida para crecer, no la razón para perpetuar un impuesto que el propio Gobierno considera distorsivo.
La primera es productiva y urgente: aliviar ahora. Acelerar la baja de DEX, bajar costos y mejorar el financiamiento no puede esperar a que mejore el ciclo. Muchos productores definen si llegan o no a la próxima campaña. Una explotación viable que desaparece antes de la recuperación ya no participa de ella.
La segunda respuesta corresponde a la política económica: construir el puente fiscal. Ese puente no debe ser la razón para demorar la baja de DEX, sino el instrumento para acelerarla sin abandonar el equilibrio. Si la menor recaudación abre un bache transitorio, Economía debe cubrirlo.
Y ese puente es hoy más posible que antes. Vaca Muerta, las exportaciones energéticas y el desarrollo minero están ampliando las fuentes estructurales de divisas y reduciendo la dependencia histórica de los dólares del agro.
No se trata de reemplazar DEX con deuda permanente ni de endeudarse para sostener gasto corriente. Se trata de utilizar financiamiento externo como puente, junto con reasignación del gasto y crecimiento de otros ingresos, mientras una economía con más agro, más energía y más minería reduce progresivamente su dependencia de las retenciones.
La diferencia es fundamental: en un déficit estructural, la deuda compra tiempo; en una transición productiva bien diseñada, compra crecimiento.
Durante demasiado tiempo el agro tuvo que cumplir tres funciones: producir, generar divisas y financiar extraordinariamente al Estado. Las nuevas fuentes de dólares ofrecen la oportunidad de separar esas funciones. No para sustituir al agro, sino para permitirle desplegar su potencial.
Pero hay una condición: hay que llegar vivos. El crecimiento futuro de energía y minería no ayuda hoy al productor que no puede financiar la próxima campaña. La transición puede llevar años; la supervivencia del productor se juega campaña por campaña.
La política económica debe cambiar la medida del éxito: dejar de calcular cuánto más puede extraerle al campo sin quebrar al productor y empezar a medir cuánto más puede crecer el país cuando le devuelva al productor la capacidad de invertir, producir y exportar. El campo ya demostró cuánto puede resistir. Ahora la política tiene que demostrar cuánto puede hacerlo crecer.
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