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perfil.com · hace 13 horas · Artemio López

Salvar a los acreedores

Artemio López

La intervención estatal frente al sobrendeudamiento familiar merece una lectura más crítica. El problema no es únicamente que las familias tengan dificultades para pagar sus deudas, sino que la respuesta institucional consiste en reemplazar una deuda problemática por una nueva deuda, extendiendo sus plazos y reorganizando sus pagos bajo condiciones que privilegian la continuidad del circuito financiero.

El Programa de Desendeudamiento Familiar y Personal se presenta como una política de alivio. Su lógica, sin embargo, revela otra prioridad: evitar que la morosidad se transforme en un problema de solvencia para el sistema financiero. El Estado interviene cuando la cadena de pagos se deteriora, pero lo hace preservando el funcionamiento del crédito antes que modificar las condiciones que llevaron a las familias a endeudarse.

La paradoja es contundente: a quienes ya están endeudados se les ofrece contraer nuevamente una deuda. La deuda vencida se transforma en un nuevo crédito; la mora, en una nueva obligación; el incumplimiento se reorganiza en cuotas futuras. No desaparece el endeudamiento: se lo prolonga y se lo vuelve a poner en circulación.

Desde la perspectiva del hogar, esto puede significar un alivio inmediato. Una cuota menor y un plazo más extenso pueden evitar situaciones más graves. Desde la del sistema financiero, la operación impide que un crédito moroso se convierta en una pérdida definitiva. El objetivo es preservar la capacidad de cobro y evitar que el deterioro de millones de deudas afecte las carteras bancarias.

Por eso la intervención estatal no es neutral. El Estado aporta regulación, facilita la reestructuración y, en el caso porteño, otorga incentivos fiscales a las entidades financieras. El Banco Ciudad puede intervenir incluso sobre deudas contraídas con otros bancos. Así, recursos públicos se utilizan para ordenar un problema que nace del vínculo entre los hogares y el sistema financiero.

La secuencia es reveladora: ingresos insuficientes —> endeudamiento —> mora —> riesgo financiero —> intervención estatal —> refinanciación —> nueva deuda.

El punto crítico está en el último eslabón. Si el ingreso de los hogares no mejora, la refinanciación no resuelve la causa. Solo distribuye la deuda en un período más largo. El sistema gana tiempo y la familia obtiene una cuota pagable hoy, pero compromete sus ingresos futuros. La refinanciación administra la insolvencia sin resolver el sobrendeudamiento.

Esto permite cuestionar que se trate solo de una política para proteger a las familias. Su función más decisiva es proteger la estabilidad de las entidades financieras. Una masa creciente de hogares morosos deteriora los activos bancarios, incrementa la incobrabilidad y puede restringir el crédito. La intervención pública contiene ese riesgo antes de que se transforme en una crisis mayor.

La cuestión de clase aparece allí. Cuando una familia no puede sostener su nivel de vida con sus ingresos, el crédito posterga el problema. Cuando ya no puede pagar, el sistema propone refinanciarlo. Y cuando la refinanciación necesita incentivos fiscales, interviene el Estado.

El salario que no alcanza es sustituido por crédito; el crédito que no puede pagarse, por más crédito; y el Estado garantiza que esa cadena no se rompa.

El mecanismo desplaza hacia el futuro una contradicción que permanece en el presente: la insuficiencia de ingresos frente al costo de reproducción de la vida. En lugar de aumentar la capacidad de compra de los hogares, se reorganiza su deuda.

Por eso la pregunta política fundamental no debería ser solo cómo lograr que las familias vuelvan a pagar, sino qué tipo de economía necesita que los hogares se endeuden para consumir y luego necesita al Estado para evitar que dejen de pagar.

La refinanciación puede evitar una crisis inmediata de morosidad, pero también traslada el costo hacia adelante. La familia obtiene tiempo, el banco evita reconocer una pérdida y el Estado estabiliza el circuito financiero. Estabilizar el sistema no equivale a resolver el problema de los hogares.

Si la causa del endeudamiento permanece intacta, la refinanciación solo posterga el conflicto. Una deuda que se posterga no deja de existir.

En última instancia, el Estado interviene para evitar que la crisis de endeudamiento familiar se convierta en una crisis del sistema financiero, pero la herramienta es mantener a las mismas familias dentro del circuito de endeudamiento.

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