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perfil.com · hace 13 horas · Carlos Álvarez Teijeiro *

Elogio de la desconexión

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Hay elogios que solo pueden escribirse a contramano de la época y este es uno de ellos. A la altura del primer cuarto del siglo XXI, la hiperdesconexión merece ser elogiada como un medio, o un instrumento, no solo de supervivencia existencial –física, psicológica, emocional, social y espiritual–, sino también de resistencia clandestina, clandestina en la medida en que nadie espera –o todos desean mortalmente anhelantes– nuestra permanencia en el mundo de la plena conectividad: wired, no wireless.

Esa omnipresencia impone su propia forma del tiempo, un “omnitiempo” del puro y descarnado presentismo, casi una cosmogonía, sin historia acerca del pasado ni imaginación sobre el futuro. Byung-Chul Han lo denominó poéticamente un “tiempo sin aroma”, un presente que se atomiza porque ha perdido el hilo narrativo, porque ya no lo habita el “animal narrans”. Y también Éric Sadin puso nombre a esedespojo, la “siliconización del mundo”, esa delegación de nuestras decisiones en sistemas que ya no nos informan, sino que nos dictan qué conviene hacer, cuándo, dónde, cómo, pero sin un por qué, ni el para qué ni, mucho menos, un para quiénes.

Que el diagnóstico sea exacto lo demuestra, con ironía perfecta, Hipnocracia. El libro improbable que con toda verosimilitud y densa consistencia argumental describe un poder que ya no reprime ni vigila, sino que administra estados de conciencia, aunque elaborado por un autor imaginario, inexistente, el presunto filósofo Jianwei Xun, alter ego de una provocativa construcción narrativa de Andrea Colamedici escrita a la par con dos inteligencias artificiales. Durante meses lo citamos como a un maestro, y tal vez lo merecía, pues el libro sobre la hipnosis colectiva fue, él mismo, un dispositivo hipnótico de una profundidad que aún estamos tratando de calibrar y entender.

Han llama “lo pulido” al rasgo estético dominante de nuestro tiempo, esa superficie sin aspereza ni rugosidad alguna –las pantallas, por antonomasia–, que no hiere ni contradice ni retiene, pura positividad que invita a deslizarse por la superficie de lo real y a aprobarlo sin reticencias no demoras. Lo pulida que es la inteligencia artificial significa eso, que no ofrece resistencia alguna a nuestra sensibilidad eminentemente datacrática. Y como no la ofrece, nuestro modo de seguir vinculándonos con ella –salvo en y desde las resistencias clandestinas, afortunadamente cada vez mayores– adopta las más diversas e inverosímiles formas de tecnolatría.

De ahí que necesitemos imperiosamente autodispensarnos dietas físicas, psicológicas, emocionales, relacionales y espirituales para habérnoslas con los mundos virtuales, en especial el de las redes y el de las cada vez más incontables apps que han colonizado nuestros teléfonos, todo debe decirse, con una complicidad de nuestra parte que tiene tanto de pasmosa como de irresponsable y acrítica. Subvertimos y olvidamos así, con la paradoja de lo diligente y lo obsecuente, un principio ecológico que es también antropológico, ético y epistemológico: “menos es más”.

El sistema prometía contacto permanente y ha entregado una soledad solemnemente conectada. Y, sin embargo, la buena noticia estaba escondida en la propia palabra. La desconectividad es sinónimo de des-contacto, y el des-contacto es lo único que abre la puerta a lo que está más allá del contacto: la comunicación y la comunidad.

Nada de esto exige heroísmo, y no es una ironía. Basta una sobremesa que no se interrumpe, una caminata sin auriculares, o una conversación a la que se le permite durar todo lo que necesite, sin que nadie mire de reojo el reloj. En esas horas sustraídas a la vigilancia de los algoritmos del poder, el dominio y el control, reaparece el pasado que nos explica y el futuro que podemos imaginar, pues nadie ha inventado (todavía) un algoritmo capaz de entrar donde dos personas se miran a los ojos. Esa puerta sigue siendo nuestra, y se abre desde adentro. Siempre.

* Profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.

Las escenas de la Final, cuando España era el campeón del mundo y Argentina protagonizó los hechos castigados por la FIFA.