Primero hay que saber sufrir
Para terminar con la enfermedad hay que fortalecer al agente que la provoca. Personas en apariencia bien informadas y supuestamente inteligentes (aunque la definición de inteligencia está siempre en discusión) repiten en estos tiempos esa idea. En términos políticos esto se traduce así: para que lleguen inversiones a la Argentina y esas inversiones produzcan un florecimiento económico es necesario que Milei gane las elecciones del año próximo. La cura sólo puede provenir del agravamiento de la dolencia. Quienes se dicen conocedores de la situación señalan que hay capitales dispuestos a desembarcar en el país, pero que no lo harán a menos que continúe el actual gobierno paleolibertario.
En dicho relato hay implícita una amenaza: no reelegir a Milei significaría ser culpable de la catástrofe final de la Argentina. Mientras tanto, y dado que falta poco más de un año para las elecciones, agua y ajo. Seguirán cerrando empresas y comercios, se prolongará la agonía de la industria, continuará la sangría de puestos de trabajo, la desregularización dogmática y fanática seguirá produciendo desprotección e imponiendo la ley de la selva económica y social, la pobreza mantendrá o aumentará sus índices (lo cual a Milei le parece “maravilloso”, según propias palabras, cuando lo mira en perspectiva), la imposibilidad de más y más familias para afrontar deudas o pagos de servicios esenciales será, según la neolengua oficial, un “problema de privados”, ajeno a las preocupaciones de un Estado que actúa de espaldas a la ciudadanía a la que se debe.
El gobierno a cargo de ese Estado (tan ausente de sus funciones esenciales en la delgadez paleolibertaria como en la obesidad kirchnerista) continuará, como hasta hoy, lavándose las manos respecto de estos hechos y convirtiendo su responsabilidad en culpa de la gestión anterior, como si fuera virgen, y como si no hubiesen pasado tres años desde su asunción. Como esos hijos que nunca se hacen cargo de sus vidas y culpan eternamente a sus padres de las penurias que ellos, ya adultos, no saben resolver. La metáfora vale, puesto que este gobierno fue posible gracias a los desastres del anterior y también a la criatura que ayudó a engendrar el último y voraz ministro de economía kirchnerista, quien, al parecer, nunca leyó la novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, publicada en 1818 por la escritora inglesa Mary Shelley. Ahora es tarde.
Cuando a esas personas en apariencia bien informadas y supuestamente inteligentes se les pregunta si habrá inmediato alivio social y bonanza económica para los millones de argentinos de carne y hueso que padecen con cada vez menos esperanzas en el caso de que Milei sea reelegido y los inversores (esa especie anónima y misteriosa) finalmente desembarquen en estas costas, la respuesta es negativa. No habrá tal alivio inmediato, explican. Primero deberán alinearse otros aspectos de la economía. Números que no contemplan personas. El derrame tardará, prometen, pero llegará. Desde los años 80, con la irrupción del neoliberalismo con mascarones de proa como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, e ideólogos como Friedrich Hayek y Milton Friedman, se impuso la teoría del derrame. Una zanahoria que nunca se alcanza. Una religión económica que, como otras religiones, promete el paraíso en alguna vida próxima a cambio del sufrimiento en la existencia actual, la comprobable, la que duele, la que indigna, la humillante. Una religión que no admite cuestionamientos, que exige resignación y ofrece hambre para hoy y migajas para mañana. Y que tiene oficiantes y voceros que lucen, en apariencia, como personas bien informadas y supuestamente inteligentes.