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perfil.com · hace 14 horas · Martín Kohan

A todo vapor

Martín Kohan

Nadie habrá confiado tanto, como confió entre nosotros Sarmiento, en las posibilidades del progreso (llevando esa portentosa fe a niveles incluso abusivos, a niveles de atropello, en algunas ocasiones); nadie confió tanto como él en los avances de la civilización sofocando la barbarie. Y no hay más que considerar lo mucho que apostó al ímpetu impar de los ferrocarriles surcando distancias o la enjundiosa política que adoptó para instalar y extender una red telegráfica en el país, para advertir hasta qué punto esa confianza la hacía pasar por los avances tecnológicos de la época.

Es por eso, precisamente, que llama la atención un pasaje en particular de Un viaje del vapor Merrimac (Lápices Breves, Buenos Aires, 2023), el pasaje en el que Sarmiento anota: “Hasta la exactitud de los movimientos del vapor es planetaria (…). Echo de menos, sin embargo, las emociones del buque de vela, vehículo puramente humano, sujeto a las vicisitudes de viento o marea, con la incertidumbre de la duración del viaje y del paradero, pues es la incertidumbre lo que constituye la vida. El vapor ha suprimido la vida en el mar. Se está en un hotel que marcha; se sabe de antemano qué es lo que sobrevendrá y la imaginación no puede poner nada de su cosecha”.

No se trata, evidentemente, de un rechazo del buque a vapor (de hecho, se ha embarcado en uno, el Merrimac, que lo trae desde Nueva York a Buenos Aires, y también a la presidencia, pues se entera durante el viaje de que ha sido elegido a tal fin). No se trata, y eso está claro, de resistirse a los avances tecnológicos. Pero sí de no incurrir en una celebración lisa e ingenua, eventualmente promovida por el temor de no estar a tono con los tiempos, temor frecuente en las personas de cierta edad. Sarmiento conoce bien cuáles son las grandes ventajas que trae el barco a vapor, sabe bien qué es lo que se gana con él. Pero no por eso deja de preguntarse qué es lo que se pierde en eso que se gana. Ahí donde se gana en precisión y en comodidad, hay algo que se pierde en emociones y en imaginación, en la plena intensidad de las vivencias, de lo puramente humano.

El buque a vapor promete eso mismo que el progreso, tal y como se lo entendía entonces: un avance sin desvíos y una meta ineluctable. Sarmiento entretanto piensa también en el buque a vela, y avisa que hay algo que conviene no descartar tan fácilmente: las vicisitudes, las contingencias, los imprevistos, los desvíos, las derivas; esa incertidumbre, en fin, que constituye la vida.

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