León XIV, ¿sabiduría o racionalismo?
El aporte más significativo de la reflexión de León XIV en su encíclica Magnifica humanitas se encuentra en su manera de presentar el concepto de “sabiduría”. Lo que ofrece el Papa no es “una solución” a los múltiples desafíos que se nos plantean, sino algo previo y más importante: un punto de vista desde donde mirar esos desafíos. Al distinguir entre la sabiduría y el racionalismo utilitarista de nuestro tiempo el papa León ubica la reflexión en otro contexto, con una actitud y una profundidad diferentes.
La encíclica es mucho más que otro texto que trata el tema de la inteligencia artificial, el Papa no habla solamente de nuestra relación con la inteligencia artificial, habla de algo más profundo y desafiante: se refiere a nuestra relación con la inteligencia. Así, sin calificativos. Los desafíos que nos plantea la utilización de la inteligencia artificial nos permiten ver que no tenemos clara la respuesta a una pregunta previa: ¿para qué sirve nuestra inteligencia?
La carta del Papa adquiere mayor relevancia cuando la situamos en un contexto histórico. Ya desde los finales del siglo XIX las promesas hechas por un racionalismo que había reducido la realidad a lo que se podía medir y pesar había comenzado a mostrar sus grietas. Para esa época ya el barco del progreso se estaba llenando de agua. La humanidad ya entonces se daba cuenta de que ser racionales no era suficiente para evitar guerras, hambrunas y todo tipo de injusticias. Poco a poco nos íbamos despertando del sueño de la modernidad. El progreso científico y económico no traía solo cosas buenas y, además, no tenía ninguna respuesta para las grandes preguntas de la condición humana.
A principios del siglo XX aquel racionalismo ya decadente comenzaba a ser cuestionado por las vanguardias artísticas (surrealismo, dadaísmo), el psicoanálisis de Freud abría la caja de Pandora del inconsciente que luego ampliaría Jung y, desde el corazón mismo de la ciencia, la relatividad de Einstein y la física cuántica ponían patas arriba todos los presupuestos del racionalismo y el materialismo sobre los que se había intentado construir una civilización razonable e inteligente. Ese es el contexto en el que aparece la inteligencia artificial: justo en el momento en el que empezamos a preguntarnos por el valor y el lugar de la inteligencia humana; justo cuando nos estamos dando cuenta de que definir al ser humano solo como un animal racional es una torpeza mayúscula; justo cuando comenzamos a intuir que somos mucho más que racionales y que definir nuestra especie por su inteligencia es como definirnos a nosotros mismos por el color de nuestros ojos o nuestras ideas políticas, ninguna persona es solamente eso.
León XIV afirma que nunca una generación tuvo acceso tan rápido a tanta información como ahora, pero señala que el acceso a los datos, por muchos que sean, no es suficiente, la sabiduría es mucho más que el procesamiento eficiente de la información; es también más que el razonamiento correcto: es una forma de conocimiento que pone en contacto los datos y los razonamientos con algún punto de vista, con un intento de respuesta a todas las preguntas que más importan, aquellas preguntas sobre el origen, el sentido y el destino de nuestra existencia.
¿Cómo acceder a esa sabiduría?, ¿acaso esas preguntas tienen respuesta?, ¿qué hay que estudiar? Según el Papa, no es suficiente el estudio; según él, esa sabiduría es siempre comunitaria e histórica y solo es posible acceder a ella en la convivencia y en el contacto con la realidad “tal como la viven las personas y los pueblos”. Responder a las preguntas más importantes de la vida –¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿para qué estamos aquí?– no es algo que la inteligencia artificial pueda hacer, pero tampoco lo puede hacer nuestra limitada inteligencia humana.
La historia muestra que ante el contacto con el misterio todas las grandes civilizaciones recurrieron a diversos relatos para hallar respuestas, y de esa manera cada generación y cada cultura fueron construyendo su propia sabiduría. Para la mentalidad moderna y racionalista, esas mitologías pertenecían a tiempos ya superados: apelar a ellas era señal de atraso o simple ignorancia. Sin embargo, para sorpresa de muchos, es justamente ahora –cuando la inteligencia artificial puso ante nosotros todo el conocimiento racional acumulado por la humanidad– cuando descubrimos que las respuestas que realmente necesitamos parecen encontrarse en aquellos relatos que abandonamos por atrasados o irracionales.
El aporte de León XIV ofrece un punto de partida, no un punto de llegada. No dice que la inteligencia artificial es tal cosa y tiene que servir para tal otra, invita a hacerse una pregunta previa, invita a distinguir entre las diferentes formas de inteligencia y la sabiduría, invita a ver a los seres humanos no solo como capaces de razonar, sino también capaces de amar, soñar, compartir, creer, crear, imaginar, reír, cantar, celebrar, orar, ¡y mucho más! Su propuesta es algo tan simple y complejo como invitar al contacto con la realidad “tal como la viven las personas y los pueblos”.
Sorprendentemente la encíclica da otro paso más: ¡anima a la misma Iglesia a superar su propio racionalismo! También entre los católicos muchos se enamoraron de las ideas y redujeron la fe a un moralismo, un intelectualismo o un ritualismo vacíos. No creo que sea una exageración decir que debido a cierto “racionalismo clerical” la Doctrina Social de la Iglesia derivó en teorías sociales e incluso quedó reducida a opciones ideológicas o a opiniones políticas. León XIV eleva la reflexión y presenta la Doctrina Social de la Iglesia como una sabiduría, no como una teoría que hay que defender entre otras.
Aunque sus principios sean los mismos, la Doctrina Social de la que habla León XIV ya no es la de León XIII. En el mundo y en la Iglesia han pasado muchas cosas desde entonces. Para León XIV, en cambio, el aporte de la Iglesia se presenta como “un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar…” . Para este papa la verdad no es una propiedad que se defiende: “La Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir…” (MH 25).
Esa manera de hablar está llamada a tener una enorme repercusión en la forma de relacionarse de la Iglesia con la sociedad. La Iglesia que propone este papa no es portadora de otra opinión que se agrega al interminable coro de opiniones, propone algo diferente, propone hacer lo que él hace: dejar de opinar y ser capaces de dialogar; abandonar los comunicados y las declaraciones; descender del púlpito, la cátedra o la ideología; escuchar con atención; aceptar que no sabemos muchas cosas, mirarnos a los ojos y hablar de igual a igual. Todo lo demás puede hacerse con la inteligencia artificial.
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