Una catástrofe que habla del descontrol en el Estado y la corrupción en la política
Hay una historia increíble que da vueltas estos días y que en un punto explica por qué estamos como estamos. Es la de Ariel García Furfaro, un tipo al que nadie le compraría una aspirina y se convirtió en el principal proveedor de fentanilo del país por esas cosas del descontrol en el Estado y la corrupción y la irresponsabilidad de la política.
García Furfaro tiene poco más de 50 años y ha vuelto a la cárcel por la muerte de al menos 96 personas, casi el doble de las de la Tragedia de Once. Las dos fueron tragedias anunciadas: sobraron alertas y denuncias que nadie escuchó. Aquí, la principal responsable es la Anmat, que está para controlar a los laboratorios y le hizo a un busca como Furfaro la vista gorda para que pudiera hacer lo que quisiera con el fentanilo, un opioide poderosísimo que se usa como anestésico, los narcos para cortar drogas y en Estados Unidos como droga. Un dato: causa allí unos 60.000 muertos al año y es un tema central en la discusión con China, donde se produce.
Furfaro nació y creció en Caseros, en el oeste del Conurbano, donde gerenteaba con su papá un restorán. Una noche del 2001 se brotó y casi mata a dos mozos: les tiró una olla de agua hirviendo encima. Fue en diciembre, el mismo mes en que estallaba la Argentina y las protestas y la represión acababan con De la Rúa. Para escapar del juicio, Furfaro viajó a España. Volvió al año, y de Ezeiza fue directo al penal de La Plata: le habían dado cinco años, pero pudo salir a los 30 meses. En prisión completó abogacía y le dedicó tiempo a organizar un sindicato de presos y a montar dos relaciones fundamentales: una con Zaffaroni, el juez ultra garantista que Cristina metió en la Corte, y otra con el gobierno bonaerense.
Como abogado, defendió enseguida al loco del martillo, de quien se había hecho amigo en prisión, y empezó a viajar a Rosario con su socio González Ortega Zeballos, que defendía a una banda de traficantes de efedrina y terminó siendo procesado él mismo en la causa. Más tarde, Furfaro defendería a un ayudante de Mario Segovia, el rey de la Efedrina. El salto a la política lo pegó en 2008: se integró a la Kolina, la agrupación de Alicia Kirchner. Eran los días de Carnes y Verduras para Todos y Todas y Furfaro montó verdulerías populares. Su jefe era Carlos Castagnetto, el ex arquero íntimo de Alicia Kirchner, que lo puso como diputado nacional y luego como jefe de la Afip.
Furfaro siguió haciendo negocios en Rosario. Siempre con buena gente como Jorge Salinas, el de la mafia de los medicamentos, dueño del laboratorio Apolo. Se asoció y gracias a la política logró habilitarlo para hacer inyectables y soluciones parentales. Llevó a la inauguración a Nelson Donato, asesor de Alicia Kirchner. Apolo fue autorizado además a importar efedrina, ¿les suena?
Furfaro compró droguerías y estalló la tormenta cuando la planta de Apolo en la calle Alem explotó extrañamente en junio de 2016, antes de una inspección. Lo persiguieron toda la vida la efedrina y los estallidos. En mayo del año pasado denunció un incendio similar que, dijo, destruyó documentación en HLB Pharma, la que vende el fentanilo. El intendente de Rosario Javkin junta los dos episodios y dice: tienen “vínculos con personas ligadas al narco”. En Apolo hubo heridos graves , derrumbes en el edificio y daños en casas vecinas. Pero el juez rosarino aplicó el “criterio de la oportunidad” y Furfaro fue sobreseído. Nada que sorprenda.
Perdón por dar más datos pero sin ellos no se puede entender bien el personaje. Estamos en 2017 y con lo que salvó de Apolo más nuevos equipos, Furfaro inaugura el Laboratorio Ramallo, que en 2025 será noticia nacional por preparar fentanilo envenenado. Pone allí US$ 40 millones. ¿De dónde los sacó? Seis meses después compra HLB Pharma, que se encargará de vender el fentanilo y estaba quebrado. López Bernabó, el ex dueño, le hace juicio por estafa: nunca le pagó. Pero Furfaro sigue su tour de compras y suma, entre otros, a Roux Ocefa, que también estaba en convocatoria. Y otra cosa que pinta a Furfaro de cuerpo entero: la farmacéutica del laboratorio, Miriam Habila, denuncia que faltan 400 kilos de pseudoefedrina que se usa como precursor químico para fabricar drogas.
Apareció entonces el Covid, no teníamos vacunas ni nos vendían vacunas. Sólo quedaban los rusos y un cineasta medio progre, Fernando Sullichin y un embajador chavista, Sánchez Arvaláiz, lo enganchan a Furfaro con el fondo dueño de la Sputnik. Furfaro vio el negocio y registró la vacuna a su nombre en la Anmat, y Alberto Fernández lo subió en el avión a Moscú para hacer la primera compra. Al frente está un personaje clave para la impunidad de Furfaro: Carla Vizzotti, la secretaria de Salud. Con ella iban la super asesora Cecilia Nicolini, Raquel Méndez, esposa del ministro Gollan de Provincia, y Mariana de Dios, que dicen era los ojos de Cristina y, además, novia de Facundo De Vido.
Vizzotti no informa del viaje a su jefe, el ministro González García, que aprovecha otro escándalo de Furfaro, la aparición de un depósito clandestino en Bella Vista con precursores químicos, para decirle al presidente que se iba del Gobierno si la negociación con los rusos no se hacía de Estado a Estado. Furfaro arremetió contra Ginés y lo denunció, pero quedó afuera.
Quizás en compensación, Vizzotti le da a Furfaro nuevos negocios como traer medicamentos y barbijos. Por supuesto, siempre paga el Estado. ¿Quién, si no? Terminó como proveedor clave en Buenos Aires y Santa Fe. En el medio, se quedó con Top Air, del compañero Lazaro Báez, y con uno de sus aviones. Y, zarpado como nunca, atropelló y dejó abandonada a una persona, hizo un escándalo en el hipódromo de San Isidro porque no le dieron ganador a un caballo suyo, lo echaron del country San Diego por pegarle a un vecino y fue al juzgado de Morón a apretar al juez Jorge Rodríguez. Una pinturita.
Y ya ministra, Vizzotti lo autoriza a importar fentanilo, en tiempo récord y sin pasar por la Anmat, como corresponde. Increible. Así comenzó la parte final de esta historia que sigue abierta. Furfaro hace una más: quema o dice que quema toneladas de fentanilo porque estaban vencidos. Hasta tiene una escribana para certificarlo. Nadie le cree.
Recordemos: a comienzos del 2025, pacientes de hospitales y clínicas recibieron fentanilo envenenado. Es imposible saber cuántos. Furfaro había sido notificado por numerosas irregularidades por inspectores de Anmat, que debían ir con policías para poder ingresar en sus plantas. Pero eso no movió un pelo a las dos que mandaban en el organismo: Nélida Bisio y Gabriela Mantecón. Que Furfaro causara un desastre era sólo cuestión de tiempo. La catástrofe se produjo en enero del 25, cuando se distribuyó el fentanilo contaminado. Dos meses antes, los inspectores habían pedido la clausura. No sólo no lo hicieron: se reunieron con él. Cuando lo pararon, en febrero, era irremediablemente tarde.
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