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clarin.com · hace 6 horas · Clarin.com - Home

“A esta hora de la tarde, qué raro que me llame Federico...”

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Qué rabia da todavía en España, y qué rabia seguirá dando en la historia, la muerte de Federico García Lorca. Símbolo mayor de un país que nació para la tragedia, pero también para la poesía, y que halló, en 1936, la explicación mayor de la maldad: el asesinato de un poeta.

Murieron muchos, muchos están en las cunetas aún, y están en la memoria; nunca se muere la memoria de los asesinados. La dictadura que siguió a aquel desastre tapó la boca de España entera, y todavía hoy hay zonas evidentes de la realidad que albergan la fantasía ruin de que otra vez regrese el sonido de lo que fue la guerra civil española.

Escribo cuando languidece en mi casa, en el sur de Tenerife, la noche en la que se cumplió el 90 aniversario de la muerte de Lorca. El poeta Federico García Lorca. Joven aún de 38 años, amigo de todo el mundo, escritor, músico, andariego, solidario, viajero en sí mismo, el más risueño de la que fue la generación del 27. Y lo detuvieron una noche en su casa de Granada, su Granada, para hacer de él un mártir cuyo porvenir humano se acabó de pronto como si él no hubiera existido. Y luego jamás ha dejado de existir.

El poeta a quienes tantos quisieron, alevosamente asesinado cuando empezaba en España la guerra contra la República. Y el símbolo fue Lorca, su muerte, su desaparición, su recuerdo.

Para algunos no ha acabado esa guerra aún, porque Franco, el que la puso en marcha, sigue mandando en los corazones de los que creen que ese hombre, el dictador, no ha terminado con el sonido chirriante de su maldad.

Federico García Lorca, el poeta alegre, el músico feliz, el viajero que se fue a Nueva York para verle el semblante al futuro, el símbolo sin remedio de una rebelión nacida para romper la República y para hacer de España un país peor y obligado por la historia a ser, además, parte de la guerra de Hitler.

España vivió desde entonces, y hay aun ramalazos tristes de aquella mala historia, una dictadura que se fraguó desde la mentira. Yo nací en 1948. Mis padres no se atrevían a hablar en su casa de otra cosa que de la vida doméstica, y por tanto desde la evidencia de la miseria. A Federico lo mataron para que se supiera que la muerte era un daño común y terrible que Franco había instaurado para que la gente supiera que no había que abrir la boca.

Fue el asesinato de Federico una alevosía imperiosa, hecha para explicarle a los indecisos que la cosa iba en serio y que ni siquiera se salvaría la alegría de los poetas.

Federico García Lorca… Su figura es la parte más grande, la más simbólica de esa historia triste que jamás se va a terminar. Porque personajes como Lorca, y tantos otros, no podrán ser nunca restituidos a la vida, aunque serán la manera mejor del recuerdo. Está sin estar, como en el aire de una historia en la que faltan su figura, la realidad de su pasado, su voz. Está en todas partes y nadie lo ve, ni en las cunetas. El poeta está, sus versos no se han ido nunca, no están ni su voz (nunca se ha encontrado) ni el lugar exacto donde pudiera ser hallada cualquiera de sus huellas. Ese es su canto universal: no está y está en todas partes. Es el símbolo que abraza su historia.

Franco lo mandó matar. En la historia está que el líder de aquel desastre no se había enterado de la muerte del poeta. Pero lo cierto es que en aquella guerra quien lo mandó matar fueron Franco y los suyos. En la posguerra y en el tiempo en que siguió mandando el dictador, e incluso ahora, reinó el amago permanente de la maldad. Y ahora esa zona de hierro que fue este país reclama, todavía en voz baja, la resurrección del dictador.

Noventa años después aquel asesinato es más que un símbolo. Fue una desgracia que se llevó por delante la esperanza de un porvenir que dejó para siempre una historia viva: Federico García Lorca, el poeta.

Él dejó escrito, en uno de sus versos, este abrazo: “A esta hora de la tarde qué raro que me llame Federico”. Su figura es la de un nombre propio en un país que no ha podido aliviar el grito que se llevó consigo y que con él ha seguido viviendo. No ha muerto Federico, es un símbolo mayor, y está vivo.

Ha pasado el tiempo y de alguna manera, España, la republicana y también la asustada, así como la España rota, jamás ha dejado de llamarse Federico.

Desde que se supo que el poeta ya era el adiós imposible de la poesía, España vivió buscándolo, como si estuviera en el aire del mundo y no fuera cierta la razón de ser de los que lo buscaban: ya no está, pero está en la poesía. Jamás lo encontraron los que lo han buscado, parientes, estudiosos, jóvenes, quienes quisieran saber de él lo han tenido que buscar en las canciones y en los versos, en el teatro y en los recuerdos que tuvieron otros que ya también se han muerto.

Y aún hoy hay reticencias para buscarlo, como si exhumarlo fuera una manera de atraerlo a una luz que no hace falta. Cuando en España empezó con más fuerza el deseo de atraerlo al presente y a la historia, apareció por Madrid un irlandés, Ian Gibson, escritor, enamorado de la historia de Federico.

Gibson dejó en casa de un amigo suyo algunas pertenencias y se fue en busca de Lorca. A Granada. A su Granada. Hace de esto más de cincuenta años, y Gibson no ha cesado en esa búsqueda que no reclama tan solo una reparación sino la obligación que tienen este país y el mundo de restituir lo que la historia merece: saber dónde está Lorca, dónde mataron a Federico, en qué lugar exacto de su Granada lo hicieron morir sus asesinos.

Yo era un muchacho cuando empezaron en las escuelas a decir el nombre de Lorca, extraído de la historia porque quienes osaron decir su nombre, sus apellidos, su existencia, no pudieron volverlo a la vida. El nombre propio de Federico ya no fue tan solo parte de la enciclopedia, sino esencia misma del país en el que nació y cuya resurrección es como un grito que tiene nombre propio. Federico.

Los libros lo trajeron a las casas y a las escuelas, poco a poco regresó su presencia como si él mismo fuera un alumno que viniera de otro lugar del mundo a deletrear su poesía. Leíamos a Lorca como si nos estuviera hablando. Estaba en una tumba secreta, o quién sabe en qué tumba, pero de pronto, en aquella España que se estaba despertando a la libertad, Federico García Lorca fue quien jamás murió. La poesía es su símbolo, y no cesa.

Esa muerte fue la huella que no se borra, el símbolo que tiene a Lorca como estandarte. Él vio romper una esperanza (que no hubiera dolor, que no hubiera guerra). Y después se introdujo en nuestro país republicano la certeza de que la maldad seguiría destruyendo el porvenir y la esperanza.

Le pregunté ahora a Ian Gibson, que sigue siendo el más lorquiano de todos los que aman su historia y su poesía, por lo que significa en este momento que tantos sigan queriéndole y buscándole. Me dijo: “Es telúrico… Era el poeta de lo telúrico… Todo lo que viene de la tierra es telúrico, como su poesía. Él es el más grande los poetas, viene de la tierra de la luna, es empático, fue el símbolo de todos los que sufren, de aquella España mestiza que no aprobaban las derechas. Como ahora”.

De todo el mundo. El poeta del mundo. “Entre los juncos y la baja tarde, ¡qué raro que me llame Federico!” .

Juan Cruz

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