Argentina, entre el tren y el avión
La economía argentina está literalmente partida en dos. Por un lado, están sectores como la minería, el petróleo, el litio, la energía, los agroexportadores y, por supuesto, el infaltable sector financiero, que permiten el ingreso de los dólares necesarios para las arcas de un Estado raquítico. Son sectores que avanzan a velocidad ultrasónica.
Por otro lado, se encuentran el comercio, la construcción, la industria, los bienes y servicios, que avanzan a la velocidad de un tren de carga de 1890.
Seamos realistas. Mientras los primeros representan el 10% del país y viven una larga fiesta, el resto, el 90%, atraviesa un velorio permanente. Esta realidad se explica muy fácilmente: los primeros tienen como mercado al mundo; nosotros, las pymes, tenemos como mercado a un país que se encuentra en terapia intensiva.
El Gobierno no alcanza a comprender esta realidad, y eso es muy peligroso. El riesgo país en baja, las acciones en alza, el dólar quieto, la inflación contenida y las desregulaciones que facilitan exportar e importar son logros conquistados. Sin embargo, no terminan de impactar en el 85% de la sociedad, que enfrenta demandas y necesidades insatisfechas cada vez mayores.
Hay personas que no llegan al día 20 de cada mes, con su poder adquisitivo destrozado y una vida que empieza a transformarse en un calvario. Hay jubilados que se quedan sin remedios, trabajadores que se quedan sin empleo y empresarios que pierden su capital. ¿Queda claro que la macroeconomía sola no alcanza?
Tenemos un país en el que el 99% de los empresarios somos pymes. Generamos el 45% del PBI y el 70% del empleo, estamos presentes hasta en el último rincón de la Argentina profunda, somos el sostén de la estructura socioeconómica y contamos con una de las imágenes de confianza más altas del país, junto con los científicos.
Hablamos del pequeño agricultor y del pequeño ganadero, del sector de la construcción, de la industria, del comercio y de los bienes y servicios. Es este el mundo que no para de caer en los últimos tres años de un gobierno al que queremos sostener y ayudar, pero que no se deja ayudar. Un gobierno que no escucha, no dialoga ni busca consensos; que no aglutina, sino que, por el contrario, espanta y confronta permanentemente.
La salida está mucho más cerca de lo que todos creen: hay que darles condiciones a las pymes. Esto significa ofrecer financiamiento a tasas y plazos lógicos, bajar las cargas laborales y tributarias, terminar con la industria del juicio y darle fuerza a un universo que está en boca de todos, pero en manos de nadie.
Hoy, la Argentina no tiene ni siquiera una subsecretaría Pyme, cuando debería tener un ministerio, por tratarse del sector que más aporta al PBI y al empleo.
Si las condiciones cambiaran, el sector pyme podría generar dos millones de puestos de trabajo por año, impulsar el consumo interno y, además, duplicar la cantidad de empresas, que son absolutamente necesarias. Así se generaría un círculo virtuoso de la economía, con la inclusión de todos, sin los planes y asignaciones que son asesinos de la dignidad de las personas, creados por gobiernos anteriores y sostenidos y ampliados por este gobierno.
No hay magia ni secretos: es producción y trabajo. Es el sector financiero al servicio del sector productivo; es el Estado generando las condiciones para que todos puedan emprender; es lograr el superávit con mayor producción; es dejar de pedir ayuda permanentemente; es venderle al mundo más de lo que le compramos; es generar mayor riqueza y valor, y darles a todos los trabajadores libertad y dignidad.
Los empresarios argentinos no tenemos ningún problema en competir, siempre que tengamos igualdad de condiciones.
Tuvimos presidentes abogados, ingenieros, economistas, médicos y militares, todos con un mismo resultado: fracaso estrepitoso.
Basta de aquellos que hacen de la estatización, la inflación y la emisión una manera absurda de gobernar, y basta también de quienes hacen del ajuste y la recesión un modelo para pocos.
Por eso decimos que la Argentina tiene salida, pero es con producción y trabajo. No es Ezeiza ni un puesto en el Estado.
Estoy convencido de que el próximo presidente tiene que salir del mundo de la producción. Es momento de jugarse y saltar a la cancha; de ofrecer a la sociedad un plan que incluya a todos; de mantener lo que se hizo bien y mejorar todo lo que está mal; pero, por sobre todas las cosas, de pensar un país para todos.
Este llamado es a todos los empresarios de bien para que se involucren en la res publica, la cosa de todos. Porque estamos seguros de que la Argentina tiene salida, y la salida son las pymes.