Setenta veces siete: la deuda que hoy estrangula a nuestras familias
El Evangelio de esta semana nos regala una de las parábolas más económicas que pronunció Jesús. Pedro pregunta cuántas veces hay que perdonar; la respuesta —setenta veces siete— no es un número, es un horizonte sin límite. Y para explicarlo, el Maestro elige una escena de deudas: un rey le perdona a su siervo una suma imposible, diez mil talentos, una fortuna que jamás podría saldar. Pero ese mismo siervo, apenas perdonado, sale a la calle, encuentra a un compañero que le debe una miseria —cien denarios— y lo toma del cuello para exigirle hasta el último peso.
Veinte siglos después, la parábola se lee como una crónica de la Argentina de hoy.
Porque en nuestro país hay millones de familias que son ese compañero al que se aprieta del cuello por una deuda pequeña. Los números del Banco Central lo confirman con crudeza: la morosidad de los hogares trepó al 12,6% en mayo, el nivel más alto desde el final de la convertibilidad, con una suba de más de ocho puntos en apenas un año. El servicio de la deuda ya devora cerca de una cuarta parte del ingreso familiar: uno de cada cuatro pesos se va en la cuota, y no en la mesa. Y el dato que más debería conmovernos es que buena parte de esa deuda con tarjeta se contrajo, sencillamente, para comprar alimentos.
Que quede claro, entonces, de qué hablamos. Nuestras familias no se endeudaron por imprudencia ni por consumo desmedido. Se endeudaron para comer, para no caer, para sostener lo mínimo mientras el salario real quedaba clavado en los niveles de hace tres años. El crédito no fue un lujo: fue el parche con el que taparon lo que el sueldo ya no alcanzaba a cubrir.
La parábola no condena la deuda. Condena la falta de misericordia. Condena al que, habiendo recibido clemencia, se la niega al más débil. Y esa es, exactamente, la pregunta moral que la Argentina tiene pendiente. Cuando desde los despachos se celebra que el costo de la morosidad es “bajo” porque el sistema financiero argentino es pequeño, se está admirando, sin advertirlo, una carencia: la de un país donde el crédito apenas pesa el 13% del producto —contra el 75% de Brasil— porque los que menos tienen directamente no acceden a él. Se festeja como fortaleza lo que en verdad es la confesión de un subdesarrollo.
Aquí, la Iglesia tiene una palabra para dar, y la viene dando desde siempre. Desde el Jubileo bíblico, que cada cierto tiempo mandaba condonar las deudas para que ningún hermano quedara esclavizado por ellas, hasta la Doctrina Social que nace con León XIII; desde el Jubileo del año 2000 que impulsó Juan Pablo II para aliviar la deuda de los pueblos pobres, hasta la advertencia de Francisco contra “una economía que mata” y la continuidad que hoy ofrece León XIV. La Iglesia no se opone al mercado ni a la ganancia legítima. Reclama algo más hondo: que la economía esté al servicio de la persona, y que la deuda nunca se convierta en un instrumento para dominar al que menos puede.
Pero el Evangelio no se detiene en perdonar la deuda; nos empuja a construir de otro modo. La misericordia que se agota en el alivio es apenas un parche. La forma estructural de la misericordia se llama desarrollo. Un desarrollo que produzca trabajo genuino, registrado y bien pago, para que la familia argentina no tenga que pedir prestado para comer. Un salario que alcanza vale más que cualquier cuota refinanciada.
Y esa es la misión de la economía productiva, de las pymes, de la industria y el comercio nacionales que representamos. Porque esas mismas familias que hoy no pagan la cuota son las clientas del almacén de la esquina, del taller, de la pyme del barrio. Cuando la familia no llega, el comercio no vende, y la rueda se frena para todos. No hay mercado interno sin salarios; no hay salarios sin producción; no hay producción sin un proyecto de desarrollo que el país todavía se debe. El desarrollo de una nación no se mide solo por su rentabilidad, sino por su capacidad de generar trabajo, integración y oportunidades.
Pedro preguntó cuántas veces hay que perdonar. La respuesta fue el perdón sin medida. Pero la enseñanza más profunda de la parábola es que quien mucho ha recibido no puede después estrangular al más débil. Una Argentina que quiera estar en paz con su conciencia y con su futuro tiene que dejar de exigirles a sus familias más frágiles lo que no pueden pagar, y empezar a construir el país productivo donde esa deuda, sencillamente, no sea necesaria.