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lanacion.com.ar · hace 2 horas · Mariana Reinke

Alfonso Monasterio: “Siento la obligación de honrar todos los días la empresa que fundó mi abuelo hace 75 años”

LA NACION

Hay empresas que nacen como un negocio y otras que terminan convirtiéndose en una forma de vida. Corría 1951 cuando Alfonso Pablo Monasterio comenzó a recorrer los caminos rurales del oeste bonaerense para organizar remates de hacienda. Difícilmente imaginó que aquel emprendimiento familiar trascendería tres generaciones, atravesaría algunas de las mayores transformaciones de la ganadería argentina y llegaría hasta la actualidad con un sello que, según quienes la conducen, nunca cambió: el valor de la palabra. Alfonso P. Monasterio celebra sus 75 años convertida en una de las consignatarias referentes del país. Detrás de ese recorrido hay una historia de esfuerzo, miles de kilómetros recorridos, madrugadas en el Mercado de Liniers, discusiones entre padre e hijo, decisiones empresariales que marcaron épocas y un legado que Alfonso Monasterio, tercera generación de la familia, procura sostener todos los días.

“Mi abuelo era un tipo muy habilidoso y capaz”, recuerda al comenzar la charla con LA NACION sobre Alfonso Pablo Monasterio, fundador de la empresa. Todo empezó en Daireaux, aunque antes había trabajado como representante de Adolfo Bullrich SA. Con el tiempo decidió independizarse y construir su propio camino organizando remates en localidades como Pirovano, Bonifacio, La Larga y Arboledas, en un radio de apenas algunos kilómetros alrededor de la ciudad bonaerense.

Alfonso P. ( con sombrero) y Kuki Monasterio, primera y segunda generación de la firma consignataria

Aquellos eran otros tiempos. No existían celulares, correo electrónico ni plataformas digitales. Cada remate demandaba semanas de preparación y una presencia permanente en el territorio.

“Mi abuelo se iba cinco meses para preparar remates. Capaz que estaba 15 días en Bonifacio, que queda a 60 kilómetros. Era todo muy manual, todo de trabajo”, cuenta. Su vehículo inseparable era un Ford Falcon. “Siempre le gustaba tener los últimos modelos de Ford”, recuerda con una sonrisa.

Mientras la empresa iba creciendo, también lo hacía la familia. Su hijo Adalberto, conocido por todos como “Kuki”, se incorporó al negocio después de estudiar y continuó la expansión iniciada por su padre. Juntos decidieron plantar bandera en Buenos Aires y comenzaron a vender en los mercados de ovinos y porcinos a través de otra firma hasta que dieron un paso decisivo: desembarcar en el histórico Mercado de Liniers, donde terminaron construyendo buena parte de su prestigio.

En una feria, Alfonso Monasterio remata arriba del carro

Fue allí donde Alfonso empezó a escribir su propia historia. Apenas tenía 15 años cuando comenzó a trabajar formalmente en la empresa. “Empecé en 1983”, resume, como si se tratara de un dato más, aunque detrás de esa fecha hubiera un aprendizaje cotidiano que marcaría toda su vida.

Su adolescencia transcurrió entre corrales, camiones y remates. Las jornadas comenzaban cuando la mayoría todavía dormía. “Papá se levantaba a las tres de la mañana para ir a Mataderos. Después arrancamos con los remates de contado de los jueves y nos íbamos a las dos de la mañana para encerrar 4000 cabezas a mano. Hoy parece increíble pensar cómo trabajábamos”, recuerda.

Aquella rutina no tenía horarios, era una forma de vivir: “Antes era arrancar a las dos, tres o cuatro de la mañana, ir en auto para acá y para allá. Era trabajar las 24 horas”. Esa cultura del esfuerzo fue una marca registrada de las tres generaciones: “Mi abuelo y mi padre eran gente muy dura, de mucho trabajo; yo aprendí eso. Después tuve que aprender también a bajar un cambio”.

Durante varios años convivieron abuelo, padre y nieto dentro de la misma empresa. Compartían oficinas, remates y decisiones, aunque no siempre coincidían. “Yo tenía un carácter bastante particular. Era joven y quería hacer cosas nuevas. Chocaba mucho con mi padre”, admite hoy con naturalidad.

Con el paso del tiempo comprendió que aquellas diferencias eran parte del aprendizaje: “Mi padre me fue dando espacio de a poco, mientras yo lo iba tomando. Fueron batallas, pero hoy entiendo perfectamente que hacía lo mismo que había hecho mi abuelo con él. Fue una enseñanza espectacular”.

Mucha de esa formación llegó curiosamente fuera de la oficina. Alfonso recuerda especialmente los largos viajes en auto junto a su abuelo rumbo a Buenos Aires: “Esas cinco horas eran un aprendizaje constante. Me iba contando historias, anécdotas y experiencias. Sin darme cuenta fui incorporando toda esa sabiduría. Cuando falleció mi padre descubrí que sabía muchas cosas que nunca me había propuesto aprender; las había absorbido sin pensarlo”.

También heredó otra pasión: el martillo. Todavía recuerda una escena que ocurrió cuando apenas tenía 10 años. Su abuelo entró a la oficina, lo miró y lanzó una frase que jamás olvidaría: “Este va a ser el que va a seguir”.

Su debut como martillero también quedó marcado por una anécdota familiar. En su primer remate de maquinaria le pidió a un primo que comprara el primer lote para evitar que quedara desierto. “Era un alambre viejo que terminó comprando por $50”, recuerda entre risas. Antes de salir a vender, seguía el consejo que le daba su padre: “Tenía que practicar frente al espejo para aprender a rematar”.

“Entendí cuánto había aprendido sin darme cuenta. Mi abuelo y mi padre me fueron formando inconscientemente”, recuerda Alfonso Monasterio

Aquella necesidad permanente de innovar fue la que, años después, lo llevó a impulsar una de las decisiones más importantes en la historia de la empresa: incorporar como socio al grupo chileno Tattersall. No fue sencillo. “Papá me dijo que no quería vender. Estuvimos siete u ocho meses negociando hasta que finalmente aceptó”, recuerda. La apuesta terminó marcando un antes y un después: “Hoy, 25 años después, puedo decir que fue una relación espectacular. Nos enseñaron muchísimo”.

Más que un cambio societario, significó una transformación en la manera de administrar el negocio, con profesionalismo. La empresa incorporó planificación, presupuestos, análisis de gestión y procesos que hasta ese momento no eran habituales en una firma familiar. Esa experiencia se complementó con viajes de capacitación a Estados Unidos, donde pudo conocer el funcionamiento de otros mercados ganaderos y ampliar su mirada empresarial.

Acopio en Daireaux

Con el tiempo también diversificó el negocio con un acopio de cereales en Daireaux, una apuesta que su padre miró con desconfianza: “Decía que muchas empresas se habían fundido haciendo acopios. Pero yo veía que la zona estaba cambiando y aposté igual”. La decisión dio resultado: hoy la firma cuenta con tres plantas de acopio y amplió su actividad a la comercialización de granos y a las subastas digitales de activos.

En paralelo, la consignataria continuó creciendo dentro de la ganadería. Hoy supera los 10.000 remates realizados, cerca de 25 millones de cabezas comercializadas, cerca de 400 subastas por internet y mantiene presencia en la comercialización de hacienda, cereales, campos, caballos y activos.

Otro de los hitos que recuerda con orgullo fue haber participado del traslado del histórico Mercado de Liniers al Mercado Agroganadero (MAG) de Cañuelas: “Con otras tres firmas consignatarias nos cargamos al hombro esa mudanza. Fueron cuatro años de trabajo”.

La muerte de su padre, el año pasado, terminó de darle otra dimensión al legado familiar. “Entendí cuánto había aprendido sin darme cuenta. Mi abuelo y mi padre me fueron formando inconscientemente”, recuerda.

Esa herencia también le permitió afrontar los vaivenes del país. “La Argentina es muy complicada, pero la experiencia nos ayudó a hacer frente. Hay cosas que no se aprenden en la facultad; se aprenden en la calle y en la familia”, afirma. Y resume: “Hay que saber a quién vender y cómo defender el negocio. Eso solamente te lo da el tiempo”.

Entre todas las enseñanzas heredadas hay una que considera innegociable: “El valor de la palabra para mi abuelo, mi padre y para mí representa el 1000%; la palabra se empeña, se da y es el sello que tiene la firma”.

Hoy la empresa combina capitales argentinos y chilenos y continúa expandiéndose hacia nuevas regiones del país, especialmente el Litoral, acompañando el desplazamiento de la producción ganadera.

En la casilla del viejo Mercado de Liniers, Alfonso y Kuki Monasterio

Pero cuando le preguntan qué significa cumplir 75 años, no habla de balances, facturación ni cantidad de remates, prefiere volver al origen: a aquel hombre que recorría los caminos rurales durante semanas para preparar una feria, al padre que lo obligaba a practicar frente al espejo antes de salir a martillar y a esas conversaciones interminables en los viajes en auto, donde sin proponérselo fue aprendiendo un oficio: “Siento la obligación de honrar todos los días la empresa que fundó mi abuelo hace 75 años”. Y tiene una frase que resume la historia de las tres generaciones que hicieron crecer la firma: “Es muy difícil competir con una persona que ama su trabajo porque esa persona no está compitiendo, está viviendo. Ese fue mi abuelo, fue mi padre y soy yo”.

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