Cuando el que sufre violencia en la pareja es un varón
El caso de Chaco reabre una pregunta que el sistema rara vez se hace: qué pasa cuando el que dice sufrir maltrato dentro de la pareja es un hombre. No para invertir culpas ni relativizar nada, sino para mirar un vacío.
La pregunta de fondo la deja abierta el propio caso: si un hombre dice que su pareja lo golpea, ¿el sistema sabe escucharlo antes de que la violencia escale?
Es una pregunta difícil porque casi no tenemos guion para responderla. Cuando una mujer dice que su pareja la maltrata, existe —al menos en el papel— un recorrido: una ley con su nombre, una línea que atiende, protocolos, refugios, décadas de conversación pública.
Cuando el que lo dice es un varón, la escena se vuelve borrosa. ¿A quién llama? ¿Quién le cree? ¿Cuántas veces imaginó la cara del otro lado del mostrador antes de animarse a hablar?
Conviene no maquillar la estadística: la enorme mayoría de las víctimas de violencia en la pareja son mujeres, y por eso se construyó una ley específica para protegerlas. Reconocer que un varón también puede ser víctima no discute esa desigualdad ni compite con ella. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Lo que pasa es que al varón lo agarra desprevenido su propio libreto. “Un hombre no puede dejarse pegar”, “Algo habrás hecho”. El control, los celos, la humillación, el maltrato psicológico, cuando el que los sufre es él, chocan contra una idea tan vieja como resistente: que un varón siempre puede defenderse solo, y que si no lo hace es porque no es del todo un varón. Esa vergüenza es, muchas veces, la que archiva el reclamo antes de que llegue a ningún lado.
En este caso hay un dato que ilustra el punto sin cerrarlo. Julián había hecho una presentación en noviembre de 2025, por la ventanilla de su auto rota durante una discusión.
Puede leerse de mil maneras: miedo, reconciliación, minimización, o que simplemente no haya sido lo que hoy parece. Pero también obliga a preguntar si, cuando un varón se acerca al sistema con una señal chica, hay alguien entrenado para leerla como lo que podría ser: el primer eslabón de algo más grande.
Nada de esto habilita a escribir el final antes del juicio. Luz Victoria Cantero está imputada, no condenada, y dijo que actuó para defenderse. Eso deberá probarse, como cualquier otra hipótesis. Usar la muerte de Matías para dar vuelta el tablero de forma automática —y convertir a toda mujer acusada en victimaria— sería el mismo error, con el signo cambiado, que se le reprocha al prejuicio contrario.
El punto no es competir por quién sufre más. Es más simple y más difícil a la vez: si el sistema solo sabe reconocer a la víctima cuando encaja en la figura que aprendió a ver, va a seguir llegando tarde con las que no encajan. Matías ya no puede contar su versión. La única forma de que su historia sirva para algo es que el expediente —y quienes lo miran desde afuera— se animen a preguntar qué señales hubo antes, y por qué ninguna alcanzó.