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infobae.com · hace 5 horas · Osvaldo Nemirovsci

El Bien y el Mal como valores, desacertados, de la política

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Peligrosamente surge, en foros políticos y diplomáticos de importancia, un discurso que utiliza al estilo maccartista de los años 50 del siglo pasado, una línea argumental que habla de un supuesto retorno del “enemigo comunista” y lo vinculan con un terrorismo genérico el cual no definen ni identifican.

Esta verdadera ontologización de un sujeto político, convertido en enemigo, trae una importante mutación gramatical que desplaza, en sentido tectónico, categorías reales y naturales como adversarios, opositores, críticos, disidentes para convertir todo en una sola combinación refractaria con una poderosa carga de hostilidad, lo cual los lleva a pensar que deben reconfigurar las doctrinas de seguridad nacional y un reajusta de la visión geopolítica, para poder enfrentarlo.

En verdad asistimos a una verdadera e importante alteración, ya que de continuar esta dicotomía, falaz y muy preocupante, presenciaremos la disolución de la política como intermediación de poderes y posiciones y se caerá en una verdadera metafísica del maniqueísmo.

Alojar toda conflictividad social o protestas, políticas y gremiales, en la etiqueta del “terrorismo” y del “comunismo” es un amenazador ejercicio que se hace desde el poder. Es un marco que reduce las causas que originan reclamos y reprobaciones a los gobiernos y aparece como metonimia política una subsunción que sujeta elementos dentro de otro, y alienta un discurso que, al acusar y calificar, ignora tradiciones ideológicas y políticas y convierte cualquier reproche a un gobierno en una amenaza existencial.

En EEUU el secretario de Estado Marco Rubio habló del terrorismo político y menciona como tal a una supuesta izquierda violenta y extiende su calificación hasta el valor de considerarla un “mal singular” al cual adscriben para él “los peores, los débiles y los cobardes” y coloca a su gobierno en la categoría de los “fuertes y los buenos”.

Milei llega a considerar ultras oponentes y terroristas a quienes con el simple hecho de criticar medidas económicas oficiales u oponerse a proyectos de ley, ejercen una posición crítica al gobierno. Su lenguaje se nutre de frases como “hoy la libertad nos enfrenta a enemigos internos y externos”, ubicándose del lado de los que luchan por la libertad.

En ambos casos, EEUU y nuestro país, convierten el natural conflicto político enmarcado en reglas democráticas y civilizadas en un combate del todo o nada donde navega como concepto final y peligroso, desde ellos, la idea de la exclusión del otro como contrincante republicano.

Claramente, si se está frente al “mal” no es posible el diálogo ni se puede permitir, desde el poder, que ese foco de la maldad pueda crecer, tener expresión y poder gozar de los tradicionales derechos civiles y humanos. Al mal se lo extirpa. Ese pensamiento es lo peligroso.

La pelea, para Milei, Rubio, Bolsonaro padre e hijo, se convierte en un hecho binario que pone en distintos espacios de la batalla a los constructores (ellos) y a los destructores. No hay mediación como valor de la política y lo convierten en, casi, una cruzada medieval.

Estas formas, hoy comunicativas, no se sostienen desde la persuasión ni se buscan triunfos en debates parlamentarios o públicos, es una redefinición ontológica del que está enfrente y al caer en valoraciones como “los mejores, los peores, los malos y los buenos”, asumiendo para sí los roles más convenientes, se van destruyendo cimientos que la política construyó durante décadas y se penetra en el oscuro universo de cierta teología conservadora y reaccionaria.

La política requiere siempre el reconocimiento del otro y eso no debe ser sustituido por una beligerancia cercana a la estética y la psicología donde los oponentes carecen de toda legitimidad discursiva pues son comunistas, terroristas, malos y encima “feos”.

En Milei se percibe una vocación absolutista. Ya lo escribió Carl Schmitt cuando plantea que si la alteridad ideológica se convierte en valores morales absolutos y los debates pasan a ser entre el Bien y el Mal, no habrá adversario legítimo, sino enemigos totales.

Los libertarios argentinos no tienen empacho en alimentar sus alforjas ideológicas, intelectuales y políticas con Gramsci, Schmitt y Nietzsche acomodando cada uno a su interés.

De prosperar estas ideas que desde Marco Rubio, los Bolsonaro y Milei, intentan dar marco a una nueva letra para la vida política, la mediación institucional como núcleo medular de las formas democráticas resignaría su funcionalidad histórica y necesaria.

Quienes representan al Estado, con la provisoriedad dada por un mandato electoral, deben ser cuidadosos en su lenguaje. Su valoración de lo lingüístico debe tener lo excelso de un poeta y la corrección del habla, que brinda la buena educación.

La esfera pública, que se nutre del debate y las opiniones encontradas, puede estar presagiando su expiración ya que sustituir la arquitectura del pluralismo por una lógica imperativa de la descalificación, solo conduce a daños institucionales.

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