Eutanasia y la enseñanza de la selección de fútbol argentina
Escribo estas líneas desde un lugar que, inevitablemente, condiciona mi mirada. Soy médico de profesión y por vocación, y después de una vida dedicada a la medicina, esa realidad atraviesa constitutivamente mi manera de comprender a la persona, la enfermedad y el sufrimiento. He aprendido que la medicina tiene límites, que no siempre puede curar y que llega un momento en que debe reconocerlos. Pero también he aprendido algo que considero igualmente esencial: que el límite de la posibilidad de curar nunca debería confundirse con el límite del deber de cuidar, de acompañar.
¿Qué significa paciente terminal? Habitualmente hablamos de una persona que padece una enfermedad avanzada, progresiva e incurable, que no responde a tratamientos capaces de modificar sustancialmente su evolución y cuyo pronóstico de vida es limitado.
Pero detrás de esa definición aparentemente sencilla subyace una pregunta mucho más incómoda: ¿qué significa, en medicina, decir que ya no hay nada más que esperar? O, incluso, ¿quién puede asegurar que esa enfermedad es incurable?
Un pronóstico no es una sentencia. Es una estimación probabilística construida con la mejor evidencia disponible, la experiencia clínica y las características particulares de una persona. Puede ser extremadamente preciso, pero nunca convierte el futuro individual en una certeza matemática.
La historia de la medicina, además, obliga a cierta humildad. Existen pacientes que accedieron como participantes a tratamientos experimentales dentro de protocolos de investigación y obtuvieron beneficios de medicamentos que años después pasaron a formar parte de la práctica clínica. Esto no significa alimentar falsas expectativas ni sostener tratamientos fútiles. Significa algo más elemental: reconocer los límites de nuestra capacidad para predecir conclusivamente el futuro.
Hace poco, la selección argentina nos regaló una metáfora extraordinaria. Perdía 2-0 frente a Egipto cuando faltaban apenas diez minutos. Para cualquier espectador, el partido parecía terminado. Era, utilizando deliberadamente una palabra prestada de la medicina, una situación “terminal”. Sin embargo, los jugadores siguieron jugando. Temple, esfuerzo, convicción, fe –y seguramente una formidable descarga de adrenalina impulsada por el sentido vital– terminaron transformando aquel 0-2 en un 3-2. Lo que parecía decidido no lo estaba. Diría el cantautor Vicentico: “Los caminos de la vida no son los que yo pensaba, no son los que yo creía, no son los que imaginaba”.
Naturalmente, un partido de fútbol no es una enfermedad terminal. La comparación no pretende banalizar el sufrimiento de quien atraviesa el final de su vida. Pretende señalar algo distinto: nuestra enorme dificultad para convivir con la incertidumbre y nuestra tendencia a confundir un pronóstico adverso con una certeza absoluta.
Quizás cabría detenernos ante una expresión que repetimos casi automáticamente cuando alguien muere después de una enfermedad prolongada: “Por suerte dejó de sufrir”.
Acompañar el sufrimiento ajeno es difícil. La enfermedad grave altera familias enteras. Produce angustia, cansancio, impotencia y miedo. Precisamente por eso los cuidados paliativos son una respuesta profundamente humana: no consisten en prolongar biológicamente la existencia a cualquier precio, sino en aliviar el dolor y otros síntomas, acompañar, cuidar y evitar tanto el abandono como la obstinación terapéutica.
Aquellos jugadores no juegan solamente para sí mismos: representan algo que los trasciende
Volvamos por un instante al fútbol. Imaginemos ahora la situación inversa. La Argentina pierde 2-0 y, cuando faltan diez minutos, los jugadores deciden que continuar ya no tiene sentido. Se sientan sobre el césped y esperan el final. La tribuna probablemente reaccionaría indignada. Porque aquellos jugadores no juegan solamente para sí mismos: representan algo que los trasciende.
Aquí aparece, con todas las diferencias que exige la comparación, una pregunta bioética fundamental: ¿es la vida humana un bien del cual somos propietarios absolutos o existe en ella una dimensión que trasciende nuestra voluntad individual?
Es un desafío complejo que, como bien me advierte durante la preparación de estas líneas la doctora María Isabel Iñigo Petralanda (abogada, especialista en derecho a la salud y magíster en Ética Biomédica) requiere atención especial.
La autonomía constituye una conquista esencial de la medicina contemporánea. Nadie debería ser sometido contra su voluntad a tratamientos desproporcionados o fútiles. Una persona competente puede rechazar tratamientos, incluso cuando esa decisión pueda acortar su vida. Respetar esa decisión forma parte del reconocimiento de su libertad y de su dignidad.
Pero autonomía y dignidad no son conceptos equivalentes. Si la dignidad dependiera exclusivamente de la voluntad individual, tendríamos que aceptar consecuencias difíciles de sostener: ¿puede una persona renunciar válidamente a su condición de sujeto de derechos y consentir su propia esclavitud o autorizar que otro la torture? Sin embargo, nuestras sociedades consideran inválidas esas decisiones, aunque hayan sido adoptadas libremente. ¿Por qué? Porque existen bienes jurídicos y humanos que entendemos indisponibles. Los derechos humanos no dependen enteramente de que su titular quiera conservarlos. Reconocen algo anterior a la voluntad: el valor intrínseco de cada persona.
Una sociedad que comienza a clasificar qué vidas poseen suficiente calidad para merecer protección entra en un terreno éticamente peligroso
Por eso la dignidad no se pierde con la enfermedad, con la dependencia, con la discapacidad, con el dolor ni con la proximidad de la muerte. Tampoco puede medirse por aquello que solemos llamar “calidad de vida”, porque una sociedad que comienza a clasificar qué vidas poseen suficiente calidad para merecer protección entra en un terreno éticamente peligroso.
El verdadero desafío de la eutanasia aparece precisamente allí. Del reconocimiento del derecho de una persona a rechazar tratamientos no se desprende automáticamente la existencia de un derecho a exigir que otra persona provoque deliberadamente su muerte. Son cuestiones moral y jurídicamente diferentes.
Porque cuando aparece un supuesto derecho a morir mediante la intervención de un tercero, inevitablemente aparece otra pregunta: ¿qué deber genera ese derecho y sobre quién recae?
El debate pareciera entonces dejar de referirse exclusivamente a la autonomía individual. Involucra al médico, a las instituciones sanitarias, a las familias y al propio Estado. Obliga a preguntarnos qué significa cuidar cuando curar ya no es posible.
Tal vez esa sea la verdadera lección detrás de aquel partido improbable. No que todos los partidos puedan ganarse. No que todas las enfermedades puedan curarse. No que la medicina deba prolongar la vida a cualquier precio. Sino algo mucho más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: que mientras existe una persona, existe alguien a quien cuidar.
Después de una vida atravesada por la medicina, acaso sea esa una de las convicciones más profundas que me ha dejado mi profesión: cuando ya no podemos curar, nuestra tarea no desaparece. Cambia. Y quizás sea precisamente entonces cuando cuidar, aliviar, acompañar y permanecer junto al otro expresen de la manera más radical aquello para lo cual existe la medicina. Porque cuando ya no podemos cambiar el resultado, todavía podemos cambiar profundamente la manera de acompañar el camino hasta el final.
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