Una plaga silenciosa que se propaga en el Gran Buenos Aires
Es difícil abordar el problema e identificar a sus actores en los barrios humildes del Gran Buenos Aires. Simplemente por una razón: el miedo. Los referentes ofrecen algunos testimonios; aunque solicitando la reserva de su identidad: vecinos que han tenido que vender sus casas a precio vil para pagar las deudas de sus hijos, incursiones en los hogares y videos de parientes atados e intimidados, la difusión burlona de sus caras en páginas de contactos eróticos o escenas pornográficas diseñadas por IA.
El trasfondo es la expansión de un fenómeno surgido durante la cuarentena: el juego on line en aplicaciones clandestinas. Una napa subterránea que explica sus estribaciones en la superficie de la sociabilidad barrial: la disociación de las familias, la violencia intervecinal y los robos por jóvenes desesperados.
Atrás quedaron los folklóricos quinieleros barriales con sus figuras de nota: el “pasador” y el “banquero” que la picardía popular reconocía como “trabajadores del lápiz” a raíz de las anotaciones de las apuestas en cuadernos y un comprobante garantizado por su impecable reputación de pagar los premios.
Hoy la fisiología es más compleja y difícil de desentrañar; aunque es posible esbozar a algunos de sus actores, estrategias de captación y auspicio de comportamientos compulsivos y socialmente gregarios.
Todo empezó en 2021 cuando el juego on line fue autorizado en el país, convirtiéndose en una radiografía de su fractura social: un sistema legal hiperregulado, y otro clandestino. Simultáneamente, en la Provincia de Buenos Aires el BAPRO habilitó billeteras virtuales para jóvenes desde los trece años.
Después, cada gran evento futbolístico marcó picos como los Mundiales de 2022 y 2026 y la Copa América de 2024. La vorágine apostadora luego descendía, aunque dejando detrás un crecimiento exponencial de jugadores sumidos en la ludopatía.
En la base del sistema se ubican los “cajeros” cuyas trayectorias son difíciles de describir por su renuencia brindar testimonios e incluso “fantasmear” respecto de sus clientes. No son, de todos modos, vecinos cualesquiera sino reconocidos por alguna labor comunitaria en el pasado, la pertenencia a clanes extensos o actividades comerciales minoristas.
Otra curiosidad es la importancia numérica significativa de mujeres. Su estimulo no es deliberadamente venal sino procurar un ingreso adicional; pero la trama los convierte en el instrumento de la depredación de los más indefensos.
Reciben la invitación por el segundo actor del sistema: el “capanga” o “puntero” que no da su identidad pero que, significativamente, posee información sobre la configuración sociocultural de los barrios. Les ofrecen convertirse en sus agentes desde redes sociales prometiéndoles lucros si no siderales interesantes y la autonomía de manejar sus horarios.
Pueden operar desde una cuenta en el sistema bancario formal o billeteras virtuales. Una vez “inscriptos”, compran a sus intermediarios anónimos paneles de fichas al por mayor. El resto transcurre en el boca a boca barrial desbordando su vecindad. Los jugadores se comunican con el cajero por Whatsapp o Telegram debiendo entregarles los datos de manera de generar una contraseña y un usuario.
Toda esa información es puesta a disposición del “puntero” que profundiza su conocimiento de la zona y mide las pulsiones de sus clientes individuales o grupales.
Este, a su vez, provee al cajero de la publicidad de eufóricos influencers locales -un fenómeno aun poco estudiado- que prometen una vida feliz y el asesoramiento de pronosticadores, los “dateros”, que seducen a los apostantes por la fama de sus “aciertos” fundados en sus “conocimientos deportivos” a cambio de una pequeña comisión.
El cajero es provisto por el puntero franquiciado por la plataforma de “fichas de bienvenida” gratuitas y de crédito para el caso de fallar, como ocurre en la inmensa mayoría de las apuestas. Es el anzuelo del ingreso en la dependencia.
Cada semana o quincena, el cajero debe elevar lo recaudado reservándose réditos que oscilan entre el 20 y el 30% equivalente al sobreprecio que le cobran a los apostadores. El incumplimiento supone el cierre de su cuenta con las obvias consecuencias sobre su reputación barrial.
Como contrapartida “entregan” información sobre los deudores para eventualmente lanzar sobre ellos y sus familias las intimidaciones directas o la exigencia del pago mediante operaciones de narcomenudeo o la prostitución. El papel del “puntero” resulta así crucial: son el eslabón estratégico de financieras o casas de cambio situadas en las cabeceras del distrito.
La pirámide recuerda a la anatomía del narcomenudeo. No es fortuito, pues los nuevos “capitalistas”, su estamento superior, ya no son “obreros del lápiz” sino brokers. Operan bajo el manto de impunidad que ofrecen la política local y la policía como canal de blanqueo en las que convergen estas plataformas con otras operaciones ilegales y las franquicias para las acciones de intimidación.
Todo un entramado cuyo diseño responde al designio de la “entrega” incondicional del segmento más débil del hilo: los jóvenes. En este caso, los carecientes intentando autonomía o un ingreso adicional para paliar las necesidades de sus familias.
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