Una casa para toda la vida
Ruth y Alex viven desde hace 40 años en Brooklyn en el 5to y último piso de un edificio sin ascensor, que compraron con ilusión. Cuando la película empieza han decidido mudarse. “Es un sitio para jóvenes”, afirman todos, incluida una sobrina que trabaja en real state y organizará una jornada de puertas abiertas para que los interesados visiten el departamento.
“Memorias de Manhattan”, el título con el que se encuentra en plataformas esta comedia protagonizada por los deslumbrantes Diane Keaton y Morgan Freeman, ha dejado de lado el original “5 flights up”. Más allá de la distorsión geográfica (Brooklyn y Manhattan son barrios diferentes de Nueva York), la historia es eficaz y sensible al plantear cómo los espacios pueden tornarse inadecuados, multiplicando obstáculos a medida que devenimos seniors. Y cómo lidiamos con esa crisis, que cala hasta los huesos.
Los personajes están buscando dónde ir a vivir después y así entran en el circuito de las visitas a ecosistemas ajenos y encuentran algunos rostros que conocieron en su propio salón: están los que van a curiosear y a comer lo que se sirva; quien no puede hacerse a la idea de cómo sería vivir allí hasta que no se acuesta en el dormitorio principal de cada piso que conoce; la psicoanalista que quiere tirar todas las paredes y habla sin tacto de deshacer frente a quienes se desvivieron por construir, levantar, recrear.
Revivo el proceso inverso, la otra punta del hilo del que tiran Ruth y Max. Cuando nosotros salimos de conocer el departamento desde el que ahora escribo, la dueña le dijo a su gente: “Estos no; son demasiado jóvenes, no valoran un edificio que tiene sus años”. En verdad, por eso nos gustó: por su hechura noble y sus cuartos amplios e hicimos lo imposible para quedarnos con él, aunque no tuviera SUM.
Han pasado dos décadas y este sitio nos conoce. Aquí nacieron nuestros hijos, aquí remodelamos y convertimos el antiguo lavadero en escritorio para ganar la luz natural del ventanal enorme. Nos acostumbramos al parquet que cruje y aprendimos a reforzar los radiadores a vapor con más frazadas en invierno. En cada rincón libre, brotó una biblioteca, siempre flaca para nuestra bibliomanía. Crecer ha sido convertir la casa en un hogar.
Todavía nos desafiamos a subir andando los tres pisos que nos separan de la entrada y allí estará el ascensor (confiamos) cuando no lleguemos a hacerlo. Sepa el joven anidar donde pueda florecer también cuando peine canas.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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