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lanacion.com.ar · hace 7 horas · Loris Zanatta

Milei grita insultos que no puede permitirse; la cuenta la pagan todos los argentinos

LA NACION

Javier Milei no es el primer presidente argentino en interferir en una elección brasileña. Menos grosero, pero igual de descarado, ya lo había hecho Juan Perón. Faltaba mucho para los comicios de 1950, pero sus palabras cayeron como bombas. El gobierno de Río, dijo a la prensa, ha destruido los avances del Estado Novo, la dictadura de Getulio Vargas, candidato a la presidencia. No hizo falta explicarlo: Perón apostaba por él.

No fueron solo palabras. Desde la Argentina llovieron dinero y propaganda. El escándalo encendió al país e inflamó al Senado. Dos años después, la escena se repitió en Chile. El hombre de Perón era el general Ibáñez. Para apoyarlo, su gobierno imprimió toneladas de panfletos. Cuando los carabineros los interceptaron en la frontera, se desató el caos. Mutatis mutandis, Perón intervino en todas partes: Paraguay y Bolivia, Colombia y Ecuador, Perú y Venezuela. Etcétera.

Bueno, dirán: ¿qué tiene que ver Milei con Perón? Han pasado décadas, el mundo ha cambiado. Cierto. ¿Por qué, entonces, después de tanto tiempo y en contextos tan diferentes, la política exterior argentina repite patrones similares? Sí, porque Perón buscaba con su estilo seductor lo mismo que busca Milei con su discurso violento: la Argentina potencia, mito nacionalista por excelencia, fuente inagotable de popularidad.

¿Cuál es el problema? ¿Qué hay de malo en desear ser potencia? En teoría, nada. En la práctica, sin embargo, los nacionalismos son agresivos y competitivos, no pacíficos y cooperativos: esto se aplica a los imperios —véanse Rusia y Estados Unidos— y a las “revoluciones”, de derecha o de izquierda da lo mismo. Armados con una “teología”, investidos de una “misión”, su voluntad de poder no admite obstáculos.

Javier Milei y Cristina Kirchner

Es aquí donde el camino mileista y el camino peronista vuelven a entrelazarse. Con ideologías invertidas, Milei razona como los Kirchner: nada de coexistencias pacíficas, nada de alianzas espurias. Tanto en el mundo como en la patria, los mesías revolucionarios invocan la unidad ideológica y la cruzada contra el Mal. Perón soñaba con liderar una unión de gobiernos justicialistas. Milei sueña con dirigir una unión de gobiernos libertarios. El primero reunía en Buenos Aires a estudiantes, mujeres y sindicalistas. El segundo, a las reclutas de la Internacional Libertaria. Tanto uno ayer como el otro hoy practican el unilateralismo y detestan el multilateralismo; quieren la fusión entre iguales, no la integración entre diferentes.

Pero ya veo la objeción que lo desmonta todo: ¡Perón era soberanista, Milei es globalista! ¡Perón odiaba a Estados Unidos, Milei los ama! Verdad. Pero hay un pero. Parece una coincidencia, pero no es casualidad que, así como Perón se opuso a Washington cuando fundó el orden liberal, Milei se alinea ahora que la Casa Blanca lo reniega. El liberalismo es su problema, no Estados Unidos. De hecho, así como Perón encontró en el republicano Eisenhower la comprensión negada por el demócrata Truman, Milei encuentra en Trump el cariño que ningún Obama le daría jamás. Hay más: Perón gobernó un país próspero e influyente, se creía más independiente de lo que era. Soñó con convertirlo en una potencia de cien millones de habitantes, en un tercer polo entre las superpotencias de la Guerra Fría. Delirios y fracasos. Milei gobierna un país decaído, sueña con devolverle potencia actuando como espada del socio más poderoso.

JAvier Milei y Juan Domingo Perón

Es hora de sacar conclusiones. Primero: ¿puede funcionar la política de Milei? Vargas en Brasil e Ibáñez en Chile ganaron las elecciones. Pero Perón cayó en soledad, ninguno de sus muchos amigos ideológicos lo lloró. Porque toda coalición ideológica genera una coalición ideológica opuesta; porque el nacionalismo peronista generó rechazo entre aliados tan nacionalistas como él; porque los Estados permanecen, pero los gobiernos cambian; porque los intereses dividieron más de lo que la ideología unió. Si fuera la Cancillería argentina, lo pensaría bien

Segundo: la política exterior refuta el mito del Milei globalista y acaba con la extraña idea de que sea un miembro casual del grupo nacionalista del que forma parte, el grupo de Trump, Abascal, Bolsonaro y el resto. Es miembro honorario. El malentendido surge de la manía de ver el mundo siempre y solo a través del ojo de la cerradura económica. ¿Eres proteccionista? ¡Nacionalista! ¿Eres promercado? ¡Globalista! Es muy simplista. El globalismo implica una sensibilidad cosmopolita y una apertura cultural al mundo. Cosas a las que Milei es ajeno. El nacionalismo es una ideología excluyente y convive con diversas orientaciones económicas. ¿Acaso Perón era menos nacionalista cuando intentaba atraer capital extranjero? Trump es nacionalista, pero adora el capital privado. Alrededor de Milei se concentran impulsos atávicos del nacionalismo argentino: desde el dogma de Dios y Patria hasta el culto a las jerarquías sociales; desde la xenofobia contra los migrantes mestizos hasta el desprecio por la libertad de opinión: el decreto sobre el “odio antiargentino” imita al código penal fascista y revive el “desacato” peronista. Incluso oímos teorías eugenésicas sobre la “Argentina blanca”, bastión del “Occidente blanco”.

El presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva en un evento en Taboao da Serra, Brasil, el 8 de agosto de 2026. (AP foto/Andre Penner)

Tercero: para actuar como una potencia hay que ser una potencia. Hacerse el grande sin serlo daña la reputación y la credibilidad, expone al ridículo y a las represalias. ¡Cuántas veces, al hurgar en los archivos diplomáticos, he medido el abismo entre el poder alardeado por algunos gobiernos argentinos y su poder efectivo! ¡Cuántas ironías y rencores han costado las manías de grandeza! Tomemos el caso de Brasil, una potencia de verdad. No me gusta Lula. Aprecié al Lula pragmático de 2002, detesto su nefasta actitud respecto a Venezuela y Ucrania, Cuba e Irán. Pero, ¿que gana Milei con agredirlo? ¿Desde qué pedestal juzga sus alianzas? ¿Acaso Bolsonaro se fue de los BRIC? ¿Cree que, en caso de ganar, el hijo abandonará el tradicional multilateralismo brasileño para casarse con él? Aliado de Milei, Trump elogió Xi Jinping más que Lula. Si fuera por Trump, Ucrania se habría doblegado ante Putin, Groenlandia enarbolaría la bandera norteamericana y Canadá sería su 51ª estrella. En breve: Milei grita insultos que no puede permitirse; la cuenta la pagan todos los argentinos.

Pero mientras Milei navega a la estela de Trump, decidido a seguirlo adonde vaya, otro argentino lo hace a sotavento en otra dirección. Nada, en los últimos tiempos, me ha dado más alivio que el artículo de Rafael Mariano Grossi en Foreign Affairs del pasado 9 de julio. El director de la agencia atómica de la ONU expone en él el programa de su candidatura a secretario general de las Naciones Unidas. Su valentía roza el masoquismo, pero es hermoso que alguien siga creyendo en el internacionalismo democrático, en el humanitarismo universalista, en el avance del constitucionalismo global. Este es el rostro argentino que prefiero.

Loris Zanatta

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