¿Se pueden preparar las ciudades para resistir sismos?
Los recientes eventos sísmicos ocurridos en América Latina vuelven a poner este tema en discusión. La pregunta no debería ser solamente cuándo ocurrirá el próximo terremoto, sino qué tan preparadas están nuestras ciudades para cuando ocurra.
Para responderla es importante diferenciar tres conceptos: peligrosidad, vulnerabilidad y riesgo sísmico. La peligrosidad está asociada a la probabilidad de que en un lugar se produzcan movimientos del suelo de cierta intensidad. Depende principalmente de las características tectónicas y geológicas de la región y no puede ser modificada por la acción humana.
En este punto es importante evitar una interpretación frecuente: que durante varios años no se haya producido en la Argentina un terremoto de consecuencias graves no significa que la peligrosidad sísmica haya desaparecido. Los tiempos geológicos son muy diferentes de los humanos. Esto no debe ser motivo de alarma, sino de prevención: las ciudades deben prepararse para eventos poco frecuentes, pero potencialmente importantes.
La vulnerabilidad sísmica describe qué tan susceptibles son las construcciones y la infraestructura a sufrir daños. Dos ciudades sometidas a movimientos similares pueden tener consecuencias diferentes según la calidad de sus construcciones y el cumplimiento de las normas.
El riesgo sísmico surge de combinar peligrosidad, vulnerabilidad y exposición, es decir, las personas, construcciones e infraestructuras que pueden resultar afectadas. Una región de elevada peligrosidad no necesariamente presenta un riesgo igualmente elevado si sus construcciones son seguras y existe una adecuada planificación.
Esta distinción permite comprender dónde puede intervenir la sociedad. No es posible reducir la peligrosidad sísmica, pero sí disminuir la vulnerabilidad.
Una de las principales herramientas es el diseño sismorresistente. Diseñar para un terremoto no significa pretender que una estructura permanezca intacta ante cualquier movimiento. El objetivo fundamental es proteger la vida y evitar el colapso mediante estructuras capaces de resistir, deformarse y disipar energía.
A las estrategias tradicionales se suman tecnologías como los aisladores sísmicos, que permiten desacoplar el movimiento del terreno del edificio, y los disipadores de energía, que absorben parte de la energía introducida por el terremoto. Son especialmente valiosos en edificios esenciales, como hospitales o centros de emergencia, donde también interesa mantener la funcionalidad después del sismo.
Argentina posee una extensa trayectoria en ingeniería sísmica y cuenta con reglamentos específicos, como el Inpres-Cirsoc 103. Pero disponer de buenos reglamentos no alcanza: deben aplicarse correctamente y utilizarse sus versiones más actualizadas. La actualización de profesionales y organismos de control también forma parte de la prevención.
Igual de importante es evitar las construcciones clandestinas. Una obra sin proyecto aprobado, profesionales responsables o controles adecuados puede incorporar deficiencias que se manifiesten frente a un terremoto. Lo mismo sucede con ampliaciones o modificaciones realizadas sin evaluar sus consecuencias estructurales. Los permisos y controles no son simples exigencias administrativas: son herramientas de seguridad.
La experiencia de países con elevada actividad sísmica demuestra que es posible reducir significativamente las consecuencias mediante ingeniería, tecnología, normativa, control, planificación y educación.
No existen ciudades inmunes a los terremotos, pero sí ciudades mejor preparadas. Una ciudad sismorresistente no se construye después de un sismo: se diseña, se planifica, se controla y se mantiene antes de que el suelo vuelva a moverse.
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