Catástrofes naturales y terremotos políticos en América Latina
Una catástrofe natural es una grave alteración de la vida colectiva provocada por un fenómeno físico extremo que, al actuar sobre condiciones sociales e institucionales de vulnerabilidad, produce pérdidas humanas, materiales y organizativas que exceden la capacidad ordinaria de respuesta de una comunidad. Aunque el título que encabeza estas líneas hace referencia a catástrofes naturales, ninguna lo es enteramente; en efecto, naturales son los fenómenos que las desencadenan mientras que la vulnerabilidad que multiplica sus consecuencias es una construcción social y política.
Cabe preguntarse entonces bajo qué condiciones una catástrofe de origen natural se convierte también en un terremoto político: un viejo refrán nos dice que una golondrina no hace verano… pero varias tal vez sí. En el caso de Nicaragua el terremoto de Managua de 1972 desnudó la corrupción del régimen somocista —la que comprendió el propio manejo de la ayuda destinada a las víctimas— y profundizó una crisis que desembocaría, siete años después, en la revolución sandinista. Se trató en consecuencia de un acelerador de la deslegitimación del ancien régime y la “transición al socialismo”.
Durante el terremoto acontecido en la Ciudad de México en 1985 la parálisis inicial del Estado contrastó con un proceso de autoorganización ciudadana. El sismo no derribó al Partido Revolucionario Institucional-PRI, pero fortaleció una sociedad civil que sería decisiva en la lenta transición democrática, uno de cuyos hitos principales fue la derrota del viejo Partido-Estado en los comicios presidenciales de 2000 por el candidato del Partido de Acción Nacional -PAN, Vicente Fox -otros hitos fueron la reforma electoral que dio origen al Instituto Federal Electoral (IFE) en 1990 y el triunfo de Cuahutemoc Cárdenas en la Ciudad de México en los comicios de 1997.
En Venezuela la tragedia en el estado de Vargas ocurrió cuando Chávez ya había llegado al poder y coincidió con la realización del referéndum constitucional el 15 de diciembre de 1999. Esta catástrofe no provocó el cambio -este ya había tenido lugar en el tránsito de la cuarta a la quinta república-, sino que permitió al nuevo liderazgo apropiarse política y simbólicamente de la emergencia social. La tragedia representó un instrumento que contribuyó a la legitimación política y la concentración del poder presidencial en la figura de Hugo Chávez Frías.
La administración de la crisis puede fortalecer al gobierno interino de Delcy (y Jorge) Rodríguez si demuestra capacidad de gestión
Nuevamente en Venezuela, el terremoto que tuvo lugar en La Guaira y Caracas hace escasas semanas sobrevino en un contexto de una transición política todavía incierta. Aquí el resultado permanece abierto: la administración de la crisis puede fortalecer al gobierno interino de Delcy (y Jorge) Rodríguez si demuestra capacidad de gestión, acelerar su desgaste si exhibe señales de abandono y corrupción, o justificar una nueva centralización.
De todas maneras, más que hablar de una transición democrática en sentido estricto, resulta todavía más prudente describir el momento venezolano como una fase de reacomodamiento autoritario y posible hibridización bajo condiciones de alta incertidumbre y tutelaje externo por parte de Estados Unidos. La salida de Nicolás Maduro del centro del poder no implica, necesariamente, la disolución del régimen que inauguró Chávez y que lo sostuvo en el poder durante poco más de una década ni garantiza la apertura inmediata de un proceso de democratización.
El terremoto ocurrido en Colombia sorprendió al nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella apenas tres días después de su asunción. Aunque es demasiado pronto para evaluar sus consecuencias, la catástrofe constituye una inesperada y muy temprana prueba de capacidad y liderazgo.
Caída revolucionaria en Nicaragua, apertura democrática gradual en México, consolidación autoritaria en Venezuela después de 1999 y desenlace todavía indeterminado en 2026: una catástrofe abre una coyuntura crítica, pero no decide necesariamente ni su dirección ni su resultado.
Una golondrina no hace verano y una catástrofe no provoca por sí sola un cambio de régimen. Pero las experiencias de Managua en 1972, México en 1985 y Venezuela en 1999 nos sugieren que, cuando las fuerzas de la naturaleza coinciden con las fracturas políticas, la historia puede acelerarse. La última tragedia venezolana aún no permite anticipar un desenlace. Sí obliga a preguntarnos si, una vez que la tierra deje de temblar, también habrán cambiado los cimientos del poder.
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