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clarin.com · hace 11 horas · Clarin.com - Home

¿Por qué la inflación sigue siendo una piedra en el zapato?

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Antes de ser presidente, Javier Milei recorría radios, estudios de televisión y escribía artículos sobre “los males” de la economía de la Argentina. Siempre repetía dos conceptos: “Hay que arrasar con la inflación y lograr superávit fiscal”.

La marketinera motosierra fue clave para lograr el “cambio cultural” cueste lo que cueste. Es decir, gastar menos de lo que el Estado recauda. Hoy hasta gobernadores e intendentes de partidos opositores incorporaron el discurso de Milei sin las formas de Milei. Hablan de recortar gastos, de tener superávit, pero sin histrionismo.

Para frenar la inflación, el Gobierno tuvo una herramienta básica y difícil de sostener en épocas electorales: dio de baja la emisión de pesos.

En un primer momento, el resultado se reflejó en números positivos. De casi estar en una híper, cuando comenzó el mandato, a tener en pocos meses una inflación de cerca del 2% mensual.

Sin embargo, “arrasar con la inflación” como anunció el Gobierno, aún sigue siendo una promesa.

En julio los precios subieron 2,1% y cortaron tres meses de desaceleración. El resultado no sorprendió al mercado.

Minutos antes a la difusión del dato, el ministro de Economía, Luis Caputo, señaló en la conferencia de prensa en la que anunció una flexibilización de los créditos en dólares para empresas, que “es un tema de tiempo hasta que la inflación converja a los niveles internacionales”.

El ministro aclaró que julio es un mes estacionalmente alto y advirtió que “todos los países están sufriendo una mayor inflación y un menor crecimiento” como consecuencia de la suba del precio global del petróleo por la guerra en Medio Oriente. En ese sentido, el Índice de precios al consumidor de los Estados Unidos que se publicó la semana pasada evidenció que el salto de 24% en lo que va de 2026 en el costo de los combustibles empujó la inflación de julio a 4,2% interanual, el nivel más alto en los últimos tres años.

Pero en la Argentina comienza a preocupar que la inflación siga en niveles altos. Cuesta bajarla, tal vez, porque frenar la emisión y cerrar el déficit son condiciones necesarias, pero no suficientes. La inflación argentina tiene mucha inercia, poca credibilidad acumulada y varios precios todavía ajustándose.

Si se hace un resumen de lo que piensan economistas y analistas, se puede decir que, después de años de inflación alta, empresas, sindicatos, alquileres, tarifas y contratos ajustan “mirando hacia atrás”. Aunque hoy haya menos emisión, muchos precios siguen corrigiendo por la inflación pasada.

También hay una cuestión de confianza. Si la gente cree que el programa puede revertirse y que en algún momento volverá la emisión o que habrá otra devaluación, el comercio seguirá remarcando precios o cubriéndose en dólares. La credibilidad no se gana en semanas: requiere meses o años de consistencia.

Otro dato a tener en cuenta es que, como el peso no es una reserva de valor confiable, la economía se dolariza informalmente. Eso limita la capacidad del Banco Central para anclar expectativas como sucede en países con moneda más creíble. A esto se suma que la recesión no baja todos los precios rápido y que la Argentina ya tuvo muchos intentos de estabilización. Esa memoria pesa.

En definitiva, el déficit cero y la emisión cero atacan el motor principal, pero todavía quedan “ruedas girando”: inflación pasada, contratos indexados, precios atrasados, dudas cambiarias y falta de confianza. Por eso la baja puede ser más lenta de lo que sugiere una mirada puramente monetaria.

Varios países lograron bajar inflaciones altas, pero casi nunca fue gratis: hubo ajuste fiscal, tasas altas, atraso o uso del tipo de cambio como ancla, caída del consumo, recesión inicial en algunos casos y costos sociales.

Los ejemplos más conocidos son el de Israel en 1985, que venía de una inflación superior al 400% anual. Aplicó un plan de shock con fuerte ajuste fiscal, control de salarios y precios por un período, devaluación inicial, ancla cambiaria y coordinación política. Logró bajar en menos de un año la inflación, pero estabilizarla por completo con un solo dígito anual le llevó cerca de 10 años.

Brasil en 1994 puso en práctica uno de los programas más exitosos: el Plan Real. Venía de hiperinflación. Creó una unidad de cuenta previa a la nueva moneda, cortó la indexación, lanzó el real, ordenó parcialmente las cuentas públicas y usó tasas altas y ancla cambiaria. La inflación bajó drásticamente y se estabilizó en 3 años.

Hay otros países como Chile, Perú y México que también lograron bajar la inflación y estabilizarla con diferentes planes.

La diferencia central parece estar en que para terminar con la hiperinflación se suelen necesitar shocks fuertes, mientras que los países con inflación alta, pero manejable, pueden bajarla de forma gradual, siempre que haya credibilidad fiscal y monetaria.

El costo social siempre es alto, porque la inflación genera daño a largo plazo y la recesión es sinónimo de menos dinero y menos empleo.

La inflación de julio es otra piedra en el zapato para un Gobierno que logró corregir varios ítems de la macro, pero que todavía está en deuda con la micro.

Horacio Riggi

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