La mula Malacara y los animales no humanos
“Todas las cosas de la creación son hijos del Padre y hermanos del hombre. Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho de ser protegida”, San Francisco de Asís.
Dijo Francisco sobre el cura Brochero: “Pastor con olor a oveja, que se hizo pobre entre los pobres”... “Que finalmente el cura Brochero esté entre los beatos -dijo el papa Francisco- es una alegría y una bendición muy grande para los argentinos y devotos de este pastor con olor a oveja, que se hizo pobre entre los pobres, que luchó siempre por estar bien cerca de Dios y de la gente, que hizo y continúa haciendo tanto bien como caricia de Dios a nuestro pueblo sufrido” (...) “El cura Brochero -añadió- tiene la actualidad del Evangelio. Es un pionero en salir a las periferias geográficas y existenciales para llevar a todos el amor, la misericordia de Dios. No se quedó en el despacho parroquial, se desgastó sobre la mula y acabó enfermando de lepra, a fuerza de salir a buscar a la gente, como un sacerdote callejero de la fe”. (En ocasión de la beatificación del cura Brochero).
Tres años después, en el día de su canonización, el papa Francisco destacó cómo el sacerdote argentino supo salir “de la cueva del egoísmo mezquino que todos tenemos” y pudo “conquistar también para Dios a personas de mala vida y paisanos difíciles”. (Día de la canonización del cura Brochero, Roma, 19 de octubre de 2016). Más entonces fue cuando sucedió algo inédito.
Malacara fue incluida en la imagen que llevaba al cura que sería santo y, en un fuera de protocolo en la ceremonia de su canonización, además se agregó una escultura del santo y la mula.
En verdad, dado que esta nota apunta a los animales no humanos, queríamos iniciarla con una anécdota que recibimos del papa Francisco sobre un diálogo íntimo entre el cura Brochero y su mula Malacara. Pero no podíamos hacerlo sin antes transcribir unas pocas palabras del Santo Padre en oportunidad de la beatificación y canonización del santo.
Según relata Francisco, mientras el cura se trasladaba montado en su mula por las sierras cordobesas, cuando esta se empacaba, él le decía: “Vamos, vamos Malacara, te prometo que un día vamos a entrar juntos a los altares de Roma” y así fue que cuando el Papa vio el lienzo en el frente de la Catedral de San Pedro con la imagen del cura Brochero y no la de Malacara, hizo suspender la celebración y ordenó que se incluyera a la mula, y así se hizo de inmediato.
Patrón de los perros en América Latina, nació en la ciudad francesa de Montpellier. Después de vender la herencia familiar y entregársela a los pobres, inició un peregrinaje a Roma. En aquella época una epidemia de peste asolaba la Toscana y Roque se dedicaba a cuidar enfermos allí por donde pasaba.
Al llegar a Piacenza, contrajo la peste y, para evitar infectar a otros vecinos, se retiró a una cueva en el bosque. Hasta allí iba cada día un perro a llevarle pan y lamerle las heridas. El perro, llamado Melampo, pertenecía a un rico hombre del pueblo llamado Gottardo Pallastrelli, quien, al ver cómo el animal tomaba cada día un pan de la mesa, decidió seguirlo.
El perro lo llevó hasta el lugar donde estaba Roque moribundo. Pallastrelli se conmovió al ver cómo Melampo le daba el pan a Roque y le lamía las llagas y decidió acogerlo en su casa, adonde lo condujo y cuidó. Cuando se restableció, el dueño de casa, enternecido por la bondad del santo y sus relatos sobre el Evangelio, decidió peregrinar a Tierra Santa y así Roque, Gottardo y Melampo peregrinaron juntos.
Por eso San Roque siempre se representa acompañado de Melampo, su perro salvador.
San Antonio Abad (251-356) suele aparecer ilustrado en estampas con un cerdo a su lado. El cochino lleva una campana al cuello. El sonido de la campana anunciaba la llegada de la Orden de los Antonianos. Estos criaban cerdos y los llevaban como servicio para asistir a los enfermos de ergotismo o “fuego de San Antonio”.
Esta era una plaga y la cura milagrosa sucedió cuando el eremita, con su jabalina, hembra del jabalí que lo acompañaba, se acercó a un enfermo y cuidó de él. Al mismo tiempo, dejó de darle pan de centeno y lo sustituyó por otro pan, y el enfermo se curó. La curación se atribuyó a la presencia de don Antón y de su jabalina.
Desde entonces, el monje, cuando se trataba de hacer una curación de la enfermedad, iba acompañado de la bestia y prescribía no ingerir ese pan sino cualquier otro, y de ese modo se curaba. El pan de centeno contenía el hongo parásito llamado cornezuelo de centeno, causante de la peste que podía llegar a ser mortal.
Desde la Apología de Sócrates, según relata Platón, aparecen las imágenes de los animales no humanos como metáforas de la vida humana. El tábano, como el pensar de los filósofos, da vueltas alrededor de un caballo que representa la ciudad o el ciudadano. Lo molesta. Lo quiere obligar a pensar.
Aristóteles reflexionaba sobre la singularidad humana y sus diferencias con los animales no humanos, es decir, las bestias y aves del cielo. Todos sabemos que anunció que el hombre era un animal político, zoon politikon, el cual ostentaba la capacidad de razonar y de diferenciar entre lo justo y lo injusto. Según sus escritos, los animales son dignos de admirar, admitiendo que fueran usados para el beneficio humano, y que los animales no humanos percibían el dolor y el placer.
Sostuvo que el centro del universo es el hombre, aunque existe una conexión entre los animales no humanos y el ser humano, caracterizada por una relación de dominio (Ética a Nicómaco). Y anticipó que los animales no humanos, como muchos de los humanos no pudientes, están para servir al hombre pudiente (Política, I, 8), y que eso se funda en la propia jerarquía de la naturaleza o por la fuerza.
Aún más extremo fue el antropocentrismo del francés René Descartes, para quien los animales no humanos eran simples seres mecánicos y su sufrimiento no era real, sino simulado. Kant afirmó que tanto la actividad política como los derechos eran propios y exclusivos de los hombres pudientes.
Esta visión “racional” y “desalmada” venía dada por los conceptos de autonomía, libertad y dignidad del hombre. La racionalidad y la libertad atribuían una agencia moral exclusiva.
Cuando en el pensamiento filosófico aparecen el antropocentrismo, el ecocentrismo, el biocentrismo fuerte y el biocentrismo débil, aparece también la consideración moral desde el concepto de dignidad humana y dignidad animal.
En el especismo, Aristóteles afirmaba que “hay una relación entre género y especie: la especie es al género como el sujeto al predicado, pues género (lo general o el género: por ejemplo, equus, engloba a lo particular de la especie: que específicamente abarca el grupo cabra, caballo y burro), mientras que la especie no puede ser predicado del género..... hay una prioridad de la especie -especifidad, con respecto al género y a la diferencia”.
De otro lado, se alude al término especismo a razón de toda diferenciación no justificada entre el ser humano y otro ser sintiente, ya que ambos tienen la misma capacidad de sufrir y sentir placer, dolor, de desenvolverse intencionalmente y experimentar (preferencias y deseos) en su medio, es decir son seres “sintientes”, que es la capacidad de tener experiencias subjetivas. Hay muchas pruebas científicas, tanto observaciones de comportamiento como marcadores fisiológicos, que han establecido que los animales tienen reacciones fuertemente negativas ante las pérdidas de libertad” (Bekoff y Pierce, 2018, p. 17), del mismo modo que ocurre con los seres humanos.
De hecho, se ha comprobado que los animales sufren y desarrollan estrés postraumático, estereotipias y otras patologías físicas y psíquicas debidas al trato que reciben (Joy, 2013, p. 49; Bekoff y Pierce, 2018, pp. 29, 37, 56, 72, 99 y 118). El especismo sería, en resumen, la discriminación por no pertenecer a una especie determinada.
En 1975 se publica la obra titulada Liberación Animal, de Peter Singer, para que la cuestión tenga un enfoque distinto en la teoría y en la práctica social.
Entre un cierto igualitarismo entre los seres vivos pregonado por Singer y la actualidad emergen nuevas teorías como la tesis negacionista, la tesis utilitarista, la tesis abolicionista, la tesis deontológica de Regan y posiciones mixtas o intermedias.
Los que sostienen la tesis negacionista aseveran que los animales no humanos no poseen “intereses”, “autoconsciencia” o “sentido trágico” sobre su propia muerte, entre otras razones.
La tesis utilitarista de Singer propone un debate en la cuestión animal que, si bien no sostiene una postura a favor de los derechos, argumenta una defensa de los animales en base a un “utilitarismo de preferencia”. Como ya señaló Jeremy Bentham, lo vital -dice- en la consideración moral es la capacidad de sufrir y no la capacidad intelectual, maximizando el bienestar de los seres sintientes.
Reclama que causar dolor gratuitamente es un acto inmoral. Además, añade, superando las ideas del utilitarismo clásico, que dado que los animales que cohabitan con nosotros el planeta tienen sus propios deseos y preferencias, preferencia de seguir viviendo, por ejemplo, esta ética debe ser tenida en cuenta en la organización social, aunque eso no significa que debamos reconocerles a todas las especies la misma protección o similares necesidades. En definitiva, aboga por el vegetarianismo como el modo de vida más coherente hacia los animales no humanos.
La tesis abolicionista sostiene que los animales tienen un solo derecho: “no ser tratados como propiedad de los humanos” (Gary Francione, 2010, p. 1). Claro que no se trata de liberar a todos los perros, por ejemplo, para que la libertad ponga las cosas en su sitio. Cansado del desorden mental de un can mediano y feroz de su propiedad, lo dejó ir libremente a la calle, donde mordió a cuanto semejante se le cruzó en el camino, dejando una reguera de sangre. Hasta que un humano le apuntó con su pistola y lo mató.
La tesis deontológica tiene como mayor exponente a Tom Regan, que en 1983 publicó The Case for Animal Rights (En defensa de los derechos de los animales). Según Tom, los animales son pacientes morales, y los humanos adultos tienen un deber directo de no causarles daño a seres que tienen un valor en sí mismos. Y esta protección debida se traduce en derechos que hay que legislar con mucho cuidado.
Algunos autores proponen extender el ámbito de la ciudadanía a los animales que conviven con los seres humanos, sin dejar de lado los derechos de soberanía de los animales salvajes. Por ende, establecen una clasificación de tres tipos de animales con relación a la comunidad de la que forman parte: domesticados, liminales y salvajes, dando un tratamiento especial según el tipo de delito llevado a cabo por los individuos de estos subgrupos y sus cuidadores morales. (Ver Donaldson y Kymlicka, 2018, p. 43).
“Dios -según relata el libro del Génesis- dijo: “Produzca la tierra seres vivos según su especie: ganado, reptiles y bestias salvajes según su especie”. Y así sucedió: Dios hizo a las bestias salvajes según su especie, y al ganado según su especie, y a todos los reptiles de la tierra según su especie. Y Dios vio que era bueno”.
Y en el Evangelio se nos recuerda que Jesús entró en Jerusalén montado en un burro. Como señaló Benedicto XVI el 9 de abril de 2006 durante la celebración del Domingo de Ramos, Jesús “no llega en un suntuoso carruaje real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno prestado”, un animal propio de “la sencilla gente común del campo”.
En pocos meses más llegará la Navidad. Y este milagro se repetirá en uno de los lugares más pobres. En todos los hogares. Y nos hará reencontrar junto a los nuestros en Belén, con José, María y el Niño recién nacido. Y en el pesebre representaremos junto al árbol a los animalillos que, con la fuerza de su aliento... servirán una vez más para crear un clima cálido, en el pesebre donde el Niño Jesús tenga el calor necesario que merece, Aquel, el más pobre, que nació y vuelve a renacer para la Salvación de la Humanidad.
¿Y por qué la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos no fue hecha en una litera imperial sostenida y transportada en hombros de esclavos y en cambio fue un burro el que condujo al Señor entre la multitud? Un burro con un cuerpo y una psique. ¿Quién puede afirmar que ese burro no sabía quién era el mismo?