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perfil.com · hace 2 horas · Santiago Novoa *

La libertad impuesta

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Naturalmente asociamos la pérdida de libertad con la prohibición, al impedimento de actuar conforme a la propia voluntad. Sin embargo, se dael absurdo cuando quien limita nuestra libertad afirma que, en realidad, está ayudándonos a ser verdaderamente libres.

El filósofo Isaiah Berlin advirtió que esa es la gran paradoja de la libertad positiva:mientras la libertad negativa consiste en la ausencia de coerción –la posibilidad de actuar sin interferencias arbitrarias–, la libertad positiva entiende que ser libre significa gobernarse racionalmente y actuar conforme al deber. ¿Qué ocurre cuando alguien pretende definir por nosotros cuál es ese deber?

La libertad positiva posee una larga tradición filosófica. Séneca afirmaba que “la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que se debe”, sosteniendo que el hombre solo es libre cuando domina sus pasiones. Immanuel Kant definió la libertad como autonomía racional: quien simplemente sigue sus impulsos o deseos inmediatos no actúa libremente, sino como esclavo de sus propias inclinaciones biológicas.

Entendida como una exigencia ética individual, esta concepción resulta profundamente valiosa. Pero cuando el concepto de “hacer lo que se debe” deja de pertenecer a la conciencia de cada persona y pasa a ser monopolizado por el Estado, nos enfrentamos a un problema político.

Berlin prevenía que, si el gobernante concluye que los ciudadanos son demasiado ignorantes para comprender cuál es su verdadero bien, termina adjudicándose el derecho de obligarlos a actuar en nombre de una libertad que ellos mismos serían incapaces de reconocer. Así, el coartador de la libertad se convierte en libertador de ella. Cuando esa construcción se consolida, la persecución, la censura o la coerción dejan de verse como actos de opresión, y el poder comienza a afirmar que simplemente está obligando al individuo a convertirse en quien realmente debería ser.

El marxismo-leninismo se expresó en un sentido similar al sostener que el trabajador alienado por el capitalismo desconoce sus verdaderos intereses y que su auténtica libertad consiste en emanciparse como clase, construyendo la sociedad comunista. Como el proletariado no comprende plenamente esa misión histórica, el Partido Comunista se atribuye la responsabilidad de pensar y decidir en su nombre.

El fascismo recorrió un camino diferente, aunque llegó a un resultado similar. Allí la libertad dejó de ser un derecho individual para transformarse en un deber hacia la Nación o la raza, donde el individuo solo alcanzaba su plenitud fundiéndose con la voluntad del líder, considerado como la expresión del espíritu del pueblo.

Paradójicamente, esta misma estructura argumentativa puede reaparecer en discursos contemporáneos de signo muy distinto. Cuando un dirigente sostiene que el Estado se encuentra capturado y que la sociedad vive alienada por determinadas instituciones, termina concluyendo que sólo un liderazgo excepcional puede devolverle su verdadera libertad. Si la mayoría desconoce el verdadero significado de la libertad, entonces se justifica la necesidad de una figura providencial que rompa el sistema y obligue a la sociedad a regresar al supuesto orden natural.

La diferencia es que hoy ya no hace falta convencer a las personas de cuál es su verdadero interés, basta con modelar lentamente las decisiones que creen tomar por sí mismas. Las nuevas formas de control político agregan hoy un componente que los grandes totalitarismos del siglo XX jamás imaginaron yya no siempre resulta necesario recurrir a la violencia física para orientar el comportamiento de la sociedad.

La tecnología digital permite ejercer un control mucho más silencioso, sofisticado y preventivo. Por caso, a través del big data y los algoritmos, nuestros hábitos son registrados, nuestros deseos anticipados y nuestras decisiones sutilmente orientadas, y terminamos creyendo que actuamos libremente porque hacemos aquello que “queremos”. Una dinámica de manipulación de la que aún perduran los ecos del escándalo de Cambridge Analytica.

La inteligencia artificial amplía todavía más esas capacidades. Algunos Estados manipulan tendencias en redes sociales, bloquean cuentas o inundan el espacio digital con determinadas narrativas para que los ciudadanos incorporen “naturalmente” aquello que el poder considera verdadero. De esta manera, el control deja de imponerse mediante el miedo y comienza a ejercerse mediante la predicción y la persuasión.

La batalla por la libertad ya no se libra únicamente en las calles o en los parlamentos. También se disputa en los algoritmos que organizan la información que consumimos y en las normas que regulan la privacidad de nuestros datos.

La leyenda del Golem ilustra esta paradoja con extraordinaria claridad: el rabino Loew creó al Golem, una criatura de barro destinada a proteger a la comunidad de Praga. Para darle vida colocó en su interior un pergamino con uno de los nombres secretos de Dios. El Golem no tenía voluntad propia: únicamente obedecía las órdenes recibidas. Pero esa obediencia absoluta terminó convirtiéndose en un problema. Incapaz de distinguir matices, compasión o circunstancias excepcionales, comenzó a ejecutar sus instrucciones con una rigidez que terminó amenazando a la misma ciudad que debía proteger.

La analogía resulta evidente: el Golem representa al Estado burocrático, al algoritmo de control social o a cualquier dogma político que pretende automatizar el deber. Todos nacen prometiendo proteger a la sociedad de algún enemigo –el caos, la pobreza, la corrupción, la casta o la injusticia–. Sin embargo, cuando olvidan que la libertad pertenece al individuo y no al poder, terminan destruyendo aquello que decían defender.

La mayor amenaza para la libertad proviene de quienes aseguran conocer su verdadera esencia y deciden imponer qué significa ser libres.

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