La huella de la incertidumbre
Durante mucho tiempo se asoció a la ansiedad, la angustia, el insomnio o la irritabilidad a fenómenos principalmente individuales. Sin embargo, en los últimos años, las neurociencias demostraron que el cerebro no funciona aislado del ambiente. En cambio, percibe, interpreta y responde permanentemente a las condiciones en las que una persona desarrolla su vida.
Cuando la incertidumbre económica forma parte de la realidad cotidiana de una persona, su organismo no recibe una alerta únicamente de orden económico: aparece una señal de amenaza generalizada.
Por eso, la percepción de incertidumbre tiene un costo cerebral determinado: Según la neuroeconomía, las decisiones bajo incertidumbre involucran circuitos cerebrales vinculados con la valoración, el riesgo y la anticipación de resultados, y obligan al cerebro a realizar un esfuerzo permanente para predecir qué puede ocurrir y decidir cómo actuar en consecuencia.
Zavala Goitia señaló en “Toma de decisiones en condiciones de incertidumbre” (publicado en 2025) que las decisiones muchas veces se producen en escenarios donde la información es incompleta y los resultados futuros inciertos. La respuesta saludable no consiste en eliminar toda incertidumbre —algo imposible— sino en desarrollar estrategias que permitan actuar frente a ella. El problema aparece cuando esa incertidumbre deja de ser excepcional y se transforma en una condición permanente.
La investigación neurocientífica sostiene que el estrés modifica la actividad de regiones cerebrales implicadas en la toma de decisiones. La investigadora Salvochea demostró en 2025 que el estrés afecta regiones involucradas en este tipo de procesos y que, especialmente bajo condiciones de incertidumbre, puede favorecer respuestas menos adaptativas como: gastar dinero de forma impulsiva, bloquearse ante un examen o un problema.
Si bien es cierto que no cualquier persona que atraviesa dificultades económicas desarrolla un trastorno de ansiedad o depresión, y que existen factores biológicos, psicológicos y personales particulares, hay que reconocer que la subjetividad se construye en interacción con el ambiente y que las condiciones sociales pueden aumentar o disminuir la carga que soporta nuestro sistema nervioso.
La American Psychological Association también resalta que cuando las demandas se mantienen durante períodos prolongados, la respuesta de estrés puede afectar el bienestar físico y psicológico. Y la evidencia sobre inseguridad laboral vuelve a mostrar que el temor a perder el empleo puede constituir por sí mismo una fuente significativa de estrés, incluso cuando la persona continúa trabajando. Por esto considero que existe una responsabilidad social que excede al rol individual del consultorio.
La psicoterapia es fundamental. Los tratamientos farmacológicos pueden ser necesarios y, para muchas personas, constituyen una herramienta indispensable. Pero ninguno puede responder de manera aislada al peso de una sociedad que vive bajo estrés crónico.
Tampoco se le puede pedir a cada persona que “aprenda a manejar la ansiedad” si las condiciones que la generan o mantienen permanecen intactas. Sí podemos enseñar estrategias de regulación emocional, trabajar pensamientos anticipatorios, fortalecer recursos cognitivos y acompañar procesos terapéuticos. Pero también debemos preguntarnos sobre cómo se están abordando las condiciones sociales que producen incertidumbre, inseguridad y agotamiento. Porque cuando una sociedad vive demasiado tiempo en estado de alerta, no alcanza con preguntarnos qué le pasa a cada persona.
La huella de una época queda inscripta en los hábitos de sueño, en la capacidad de concentración, en los vínculos y hasta en la manera en que imaginamos el futuro. Por eso, hablar de salud mental en la Argentina actual exige una mirada más amplia. No para psicologizar la crisis social, sino para comprender que aquello que sucede en la sociedad también puede tener una expresión en el cerebro.