Milei entrega soberanía y nos condena a la periferia
Las declaraciones del embajador estadounidense Peter Lamelas exceden un episodio diplomático. Cuando un representante extranjero presiona a una cooperativa argentina para que no contrate a Huawei, advierte sobre visas, vincula la presencia de empresas chinas con inversiones en Vaca Muerta y pretende hablar de nuestra seguridad nacional, estamos frente a un problema de soberanía.
Estados Unidos tiene derecho a definir su estrategia de seguridad y defender sus intereses. China también. Lo inadmisible es que una estrategia diseñada en Washington determine qué entiende la Argentina por su seguridad nacional. La seguridad nacional estadounidense la define Washington; la seguridad nacional argentina la definimos los argentinos. Frente a esto, el silencio del Gobierno es alarmante: Lamelas defiende los intereses de su país; la pregunta es quién defiende los nuestros.
Estas intervenciones deben comprenderse en el marco de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense y del Corolario Trump de la Doctrina Monroe, que busca reafirmar la preeminencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental y limitar la presencia estratégica de potencias extrarregionales. Hoy la competencia con China se extiende a telecomunicaciones, inteligencia artificial, puertos, energía, minerales críticos, infraestructura y cadenas de suministro.
Existe, sin embargo, una enorme paradoja. Mientras Milei asume como propia la rivalidad de Washington con Beijing, Estados Unidos y China están creando mecanismos para administrar esa misma rivalidad. La visita de Donald Trump a Beijing y su encuentro con Xi Jinping en mayo establecieron una “relación constructiva de estabilidad estratégica”.
El Fact Sheet de la Casa Blanca del 17 de mayo confirmó además la creación de una Junta de Comercio entre Estados Unidos y China y una Junta de Inversiones. Las dos superpotencias compiten mientras institucionalizan mecanismos para gobernar su interdependencia. Según datos oficiales chinos, alrededor de 80.000 empresas estadounidenses han invertido en China. Washington se reserva así el pragmatismo frente a Beijing mientras Milei parece dispuesto a que Argentina asuma los costos de una confrontación que ni siquiera Estados Unidos lleva hasta sus últimas consecuencias.
Para nuestro país esto resulta especialmente peligroso. Brasil y China son nuestros dos principales socios comerciales por intercambio total y existen complementariedades estructurales con ambos. Brasil es nuestro principal socio industrial y el Mercosur una plataforma fundamental para nuestras manufacturas. China es un mercado decisivo para productos agroindustriales, energía y minerales y, además, una fuente potencial de infraestructura, inversiones y cooperación científica y tecnológica.
Sin embargo, el Gobierno deteriora simultáneamente ambos vínculos. Con Brasil, mediante una diplomacia presidencial ideologizada que interviene en su política interna; con China, combinando prejuicios ideológicos con restricciones promovidas desde Washington. Pelearse con nuestros principales socios para demostrar fidelidad a una potencia no es política exterior: es reducir voluntariamente nuestras alternativas.
Así aparece el riesgo de una doble dependencia: subordinación financiera y geopolítica respecto de Estados Unidos y dependencia comercial y productiva respecto de China. Nos alineamos políticamente con Washington mientras nuestra economía continúa necesitando el mercado chino.
El swap desnuda esa contradicción. Milei llegó prometiendo dolarizar la economía y afirmando que no promovería relaciones con gobiernos comunistas, pero terminó necesitando renovar el swap con el Banco Popular de China. El instrumento está denominado en renminbi y forma parte de una arquitectura financiera que contribuye a ampliar el uso internacional de la moneda china. Milei prometió dolarizar y terminó necesitando un swap en renminbi. China mantuvo su estrategia; quien cambió fue Milei.
Pero el problema más profundo es productivo. Sin una estrategia nacional de desarrollo, nuestra relación con China puede profundizar una matriz primarizada: exportar alimentos, energía y minerales estratégicos e importar manufacturas y tecnología. China sabe qué quiere de Argentina; la pregunta es qué quiere Argentina de China.
La cooperación podría orientarse hacia infraestructura, inversión industrial, transferencia tecnológica, energía nuclear, cooperación espacial, inteligencia artificial, electromovilidad y renovables. Para aprovecharla hacen falta planificación, política industrial y capacidad negociadora. Brasil ofrece un contraste: articula su vínculo político con Beijing con inversiones productivas y cooperación tecnológica. China tiene paciencia estratégica; Brasil tiene estrategia nacional. Argentina hoy carece de la segunda.
Excluir empresas chinas de licitaciones estratégicas por presiones externas, y no como resultado de evaluaciones técnicas y regulatorias argentinas, puede reducir la competencia, encarecer inversiones y debilitar nuestra capacidad negociadora. Todas las empresas deben cumplir nuestras leyes y estándares de seguridad, cualquiera sea su origen. Pero las reglas en Argentina deben establecerlas las instituciones argentinas, no las embajadas extranjeras.
El retroceso también es diplomático. Un reciente informe del CARI sobre las votaciones argentinas en Naciones Unidas advierte sobre alineamiento ideológico, pérdida de autonomía diplomática y riesgos de aislamiento. La votación argentina junto con Estados Unidos e Israel contra una resolución impulsada por Ghana y países africanos sobre esclavitud y trata transatlántica muestra los costos posibles. África ha sido históricamente importante para nuestros apoyos en la cuestión Malvinas. No podemos dilapidar capital diplomático construido durante décadas para acompañar automáticamente posiciones ajenas.
Por eso resulta preocupante relativizar la soberanía, como ha hecho el canciller Pablo Quirno. En un mundo donde las potencias compiten por inteligencia artificial, semiconductores, energía, minerales críticos, alimentos y capacidad industrial, la soberanía no es un concepto antiguo: es más importante que nunca.
La alternativa tampoco consiste en reemplazar Washington por Beijing. Sería cambiar una dependencia por otra. Argentina necesita autonomía para relacionarse con Estados Unidos, China, Brasil, Europa y el Sur Global desde sus propios intereses. La competencia entre potencias debería servirnos para atraer inversiones, desarrollar infraestructura, incorporar tecnología y agregar valor a nuestros recursos. Sin estrategia ocurre lo contrario: nos subordinamos políticamente a una potencia y nos primarizamos económicamente frente a la otra. Esa es la doble dependencia que consolida Milei.
Argentina necesita recuperar consensos de Estado en política exterior. Brasil preserva en Itamaraty una institucionalidad profesional capaz de sostener intereses nacionales más allá de los gobiernos. Malvinas, integración regional, desarrollo productivo, ciencia y tecnología, diversificación de mercados y autonomía estratégica deberían ser también políticas permanentes para nuestro país.
Los desafíos de nuestra época –inteligencia artificial, cambio climático, transición energética, seguridad alimentaria o pandemias– exigen además identificar y administrar bienes públicos globales mediante un nuevo concierto de naciones con mayor participación del Sur Global. Pero para contribuir a construir ese orden primero debemos recuperar nuestra capacidad de decidir. Estados Unidos tiene una estrategia. China tiene una estrategia. Brasil tiene una estrategia. Argentina necesita volver a tener una propia. Sin soberanía no hay autonomía y sin autonomía no hay proyecto nacional de desarrollo.